10/22/08 6:53 AM - 4 comentarios
Publicado en revista Día Siete, el domingo 19 de octubre, 2008
Jean Marie Le Clézio no es como todo el mundo. Es un hombre bastante alto, delgado, de espalda ancha y pelo de paja, con el rostro huesudo surcado de marcas de la vida. Con sombrero y un cigarro en la boca podría ser el perfecto vaquero Malboro; y en uniforme castrense podría mimetizarse en oficial de la Gestapo. Pero cuando lo escuchas te das cuenta que Le Clézio no se parece a nadie. Y cuando lo lees, lo confirmas.
Los libros del nuevo nobel de literatura son demasiado variados, más de cincuenta, para poder encasillarlo fácilmente. Él mismo no parece ser de alguna parte. De padre francés y madre inglesa, creció entre Niza, la Isla Mauricio en África, Tailandia e Inglaterra. Vivió en México, en Panamá y otra media docena de países. Actualemente reside en Nuevo México aunque nunca ha parado de viajar.
Lo conocí hace veinte años en Zamora, en El Colegio de Michoacán, dónde llegó a impartir algún seminario durante su estancia de varios años en la región Purépecha. Residía con su familia en una casa grande y arbolada en las afueras de Jacona, una especie de Coyoacán zamorano. Jean Marie solía evitar toda reunión social mayor de cuatro entre la pequeña babelia de investigadores del Colmich, pero gustaba de cenar en parejas en la cocina amplia y acogedora de Jemia, su esposa marroquí.
Fue allí donde le comentamos que pasaríamos un año en París y nos hizo prometerle que le visitaríamos en Niza, su ciudad natal, a donde pensaba regresar proximamente. Tiempo después, fieles a la promesa, en diciembre de 1989, Gladys, mi esposa entonces, Camila de cinco años y yo tomamos un tren en París que nos llevaría a la Costa Azul. Para entonces llevabámos suficiente tiempo en Francia para saber que Le Clezio era un autor de culto en Europa. Al que había tomado por un colega enigmático y excéntrico resultó ser un escritor reverenciado por las élites culturales parisinas, entre otras cosas por su renuencia a dejarse ver por ellas.
En las semanas previas yo había intentado leer Le Procès-verbal, su primera novela, que a los 23 años lo había hecho célebre. Me parecía una descortesía pasarme varios días en su casa sin conocer otra cosa que algunos ensayos de antropología purépecha, para mi gusto un tanto oscuros y oníricos, de su época michoacana. Pero encontré el libro aún más esotérico e intimista. Por fortuna cayó en mis manos Desierto, una maravillosa novela sobre los hombres azules del Sahara, que terminé en el vagón del tren. Cuando arribamos a la estación de Niza estaba un poco intimidado.
Pero nos encontramos a un Jean Marie tan genuinamente halagado de que le hubiésemos visitado que inmediatamente nos sentimos en casa. Esa noche me preguntó si podía ayudarle en algunos trabajos caseros que había prometido a Jemia desahogar durante las vacaciones de fin de año. Aprobé su plan, encantado de olvidarme por un rato de los libros del doctorado.
Los siguientes días nos propusimos construir un obstáculo para evitar que los perros invadieran una especie de huerto familiar que Jemia venía trabajando en el traspatio. Concebimos el proyecto la primera noche reunidos en torno a la mesa de la cocina, que parecía ser el centro de la vida de los Le Clézio. Consistía básicamente en imitar un dibujo que su hija Anna había hecho en el jardín de niños. Se trataba de una casa de techo triangular, rodeada por una cerca de estacas terminadas en punta, pintadas de un rojo brillante. Era una imagen sencilla que reproducía muy bien el estilo rústico, y algo cándido, que nos habíamos propuesto. Anna, la improvisada arquitecta de ocho años de edad, estaba exultante.
Mis habilidades manuales son inexistentes, pero el atuendo menonita con el que apareció el escritor al día siguiente, sugerían capacidades suficientes para construir graneros y cabañas a partir de un bosque virgen. Las herramientas pre industriales de Jean Marie reforzaban esa impresión.
Los problemas comenzaron de inmediato. Nos tomó media mañana afilar el extremo de una media docena de tablas. Primero trabajamos por separado, cada quien con su tabla, pero éstas se resistían a quedarse quietas mientras intentábamos mejorarles el perfil. Entonces decidimos atacarlas juntos, una por una, hasta que los machucones mutuamente inflingidos nos llevaron a concluir que las cercas terminadas en punta estaban sobreestimadas por los cuentos infantiles.
Optamos por hundir las tablas tal como venían, confiando en que su punta cuadrada y dispareja fuese percibida como una muestra de rusticidad sofisticada y no como una señal de incompetencia.
Habíamos pensado unir las estacas verticales con dos sendos tablones horizontales, paralelos al suelo, pero resultaron mucho más cortos que el perímetro de cinco metros que intentábamos encerrar. Así es que asimos las estacas con alambre y clavos en un lastimero rosario, como Dios nos dio entender. Por el resultado nadie dudaría que fuesemos ateos. Al final del día la cerca no era precisamente un Muro de Berlín. Más bien podía tomarse por la valla de una cárcel tercemundista. Nos consolamos con la esperanza de que la aplicación de un poco de pintura al día siguiente alegraría nuestra obra. Esa noche dormimos fatigados y felices, con la satisfacción que debieron experimentar los constructores de pirámides.
A la mañana siguiente la cerca había desaparecido. No es sólo que estuviera caída; los perros habían desenterrado buena parte de las estacas y las habían dispersado por el huerto. Lo tomamos como una ofensa personal y decidimos modificar el método de trabajo. El resto del día lo pasamos serruchando, lijando y atornillando. Hacia las cinco de la tarde contemplamos lo que parecía una cerca razonablemente profesional. Fuimos a la cocina a lavarnos y a informar ufanos que habíamos concluido la tarea. Abrimos un vino y con la familia en pleno regresamos al jardín para festejarlo. Encontramos a los perros destrozando lo que quedaba del huerto; se habían colado por debajo de la cerca –demasiado alta- mediante el simple recurso de escarbar ligeramente en la tierra blanda.
Esa noche vieja recibimos el año 1990 y brindamos por una vida llena de libros, periódicos y teclados, ausente de pinzas y serruchos. Al día siguiente nos dedicamos a rodar la costa en su viejo auto.
Nunca más lo he vuelto a ver. Su nomadismo y mis desarraigos desfavorecen los encuentros. Pero de vez en vez me sorprende el insomnio sospesando sobre la almohada nuevas y mejores técnicas para terminar la cerca inconclusa. www.jorgezepeda.net
09/3/08 10:44 AM - 2 comentarios
Sin duda Raúl Padilla, el jefe político de la Universidad de Guadalajara, ha sido un hombre de intensos claroscuros. Cuando ha sido malo, ha sido bastante malo; pero cuando ha sido bueno ha sido mucho mejor, diría Mae West de haberlo conocido. Arrastra en su pasado la afrenta de haber sido presidente de la FEG cuando esa organización era poco menos que una mafia dedicada al control y a la represión de estudiantes, pero tiene en su haber la notable proeza de haberla despistolizado y neutralizado. Durante casi veinte años Raúl ha controlado la Universidad de Guadalajara con métodos que tienen mucho de corporativistas y clientelares, pero también es indudable que ha conseguido logros notables.
Y no me refiero sólo a la FIL y al Festival de Cine, que pusieron a Guadalajara en el panorama cultural del planeta. El proyecto de descentralización de la UdeG, con sus numerosos campus regionales es un modelo de referencia y no sólo en México. Sólo una voluntad política unificada como la que ejerce Padilla pudo romper las inercias centralizadoras de Guadalajara. Basta decir que, aparte de la educación superior, prácticamente todas las esferas de la vida pública han sido incapaces de sacudirse el monopolio asfixiante que ejerce el poder tapatío sobre su región. El liderazgo “transquinquenal” de Padilla permitió una estrategia de largo plazo de la que carecen los políticos, esclavos de la inmediatez electoral.
Pero los mayores aciertos de Raúl residen en “lo que no vemos”. Más
07/23/08 12:48 PM - 5 comentarios
Publicado en la revista DIA SIETE número 414
Europa se está quedando sin niños. Dentro de 200 años las Kournikovas y los David Beckhams, las rubias y los rubios, podrían encontrarse en vías de extinción. Los europeos han dejado de multiplicarse. Hace unos años llegaron a la tasa de fertilidad de 2.1 (niños por mujer), es decir, la cifra ideal de “reemplazo” de la población, pero ahora se aproximan a 1.3, que los demógrafos consideran el inicio de una caída libre, sin retorno.
Entre otras cosas significa que en 45 años la población se habrá reducido a la mitad. De hecho, los países del sur y del este de Europa ya han alcanzado la cifra negra. Hace 40 años los europeos representaban el 12.5 por ciento de la población; hoy son el 7.2 y descontando. Por primera vez en la historia de la humanidad las ciudades están perdiendo población, al menos las europeas.
Hay todo tipo de explicaciones al respecto, pero la mayor parte tiene que ver con la modernidad, los cambios en los patrones familiares, la contraconcepción y un largo etcétera. La noción más extendida es que la decisión de las mujeres de no tener un segundo o tercer hijo está directamente relacionada con su inserción en el mercado laboral. Suena lógico, pero es falso.
En un extenso artículo publicado en The New York Times Magazine, intitulado “No babies?” (junio 29, 2008), Russell Shorto afirma que sucede exactamente lo contrario. En Europa, al menos. España y Grecia, países de culturas consideradas como amigables a la noción de lo familiar, poseen las tasas de fertilidad más bajas. En el otro extremo, el norte de Europa y en particular los países escandinavos, que poseen el porcentaje de participación de mujeres en el trabajo más alto del mundo, tienen las tasas de fertilidad más elevadas del continente. En palabras de Shorto: “las mujeres que trabajan están teniendo más bebés que las mujeres que se quedan en casa”. ¿Cómo puede ser posible?, se pregunta el autor. Más
03/8/07 6:09 PM - 3 comentarios
Transcripcion del Blog publicado los jueves en El Universal.
Las inoportunas intervenciones de Fox ya han desencadenado una reacción de parte de Los Pinos. Parecería que la clase política está perdiendo la paciencia con el activismo incómodo del ex presidente.
Por un lado, el poder legislativo determinó volver a convocar a una comisión para que investigue a los hijos de Marta Sahagún bajo la presunción de que podría haber ilícitos en su enriquecimiento “inexplicable. Si bien eso no es novedoso, porque es la tercera ocasión que se designa una comisión para ese efecto, lo curioso es que incluso los panistas votaron a favor de la iniciativa en esta ocasión: en las anteriores la habían rechazado. Por otra parte, la Suprema Corte decidió no conceder derecho de amparo a los Bibriesca quienes buscaban protegerse de esta investigación.
De entrada, parecería que el gobierno de Calderón quisiera mandarle un mensaje a Fox para que deje de incordiar. Una especie de “tate quieto”. Pero la intención podría incluso ir más lejos: preparar el terreno para un quinazo en contra del ex presidente, en caso de que Calderón necesite un recurso de emergencia en caso de crisis de legitimidad.
Marcelo Ebrard en competencia con Calderón
El operativo de Marcelo Ebrard para expropiar y demoler La Fortaleza en el barrio de Tepito con el argumento de que era un centro de narcomenudeo, contrabando y piratería, tiene varias lecturas. ¿Por cuál te inclinarías?
A) Es un esfuerzo legítimo para comenzar a atacar a la delincuencia del DF
B) Es una operación de impacto mediático para competir con el gobierno federal y con Felipe Calderón en popularidad. No deja que el Presidente se lleva en solitario el éxito de opinión pública que han dejado los operativos militares federales contra la droga.
C) Se apresura a combatir al “narco” con fuerzas locales del Distrito Federal para impedir que el gobierno Federal programe un operativo en la Ciudad de México que le quite espacio de maniobra propio.
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03/8/07 6:00 PM - 1 comentario
Los primeros 100 días de Calderón
Jorge Zepeda Patterson, articulista de EL UNIVERSAL, y Adam Thomson, corresponsal en jefe del Financial Times en México
08 de marzo 2007 13:00
Los especialistas opinaron sobre los primeros 100 días de la administración del presidente Felipe Calderón Hinojosa.
¿Cómo ha sido hasta el momento la gestión del actual gobierno y cuál es la visión hacia el futuro?
144 PREGUNTAS
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48 RESPUESTAS
Comentario Hora del mensaje: 13:10
Adam Thomson. Buenas tardes a todos los lectores en linea de El Universal. Ya estamos listos a iniciar esta sesion de chat. Asi que adelante con las preguntas.
Jorge: Buenas tardes a todos los blogers. Bienvenidos a una sesión amigable pero crítica sobre los aciertos y desaciertos de Calderón en sus primeros cien días. Que algunos les ha parecido un suspiro y a otros una condena.
Carlos Fernandez Hora del mensaje: 13:13
Pregunta
Señor Zepeda, felicidades por su amplia trayectoria periodistica, desde su atinada perspectiva cúal será el rumbo de nuestra economía?
Respuesta
Jorge: Dicen que un pesimista no es más que un optimista bien informado. En tal caso soy un pesimista sobre las perspectivas del país. El ptróleo va a la baja, la economía de USA vamina al estancamiento y las reformas fiscales no se ven cercanas. Creo que el gobierno de Calderón va a tener un arranque complicado para cumplir cualquier promesa de fondo. Y del asunto del “presidente del emepleo” mejor ni hablamos.
Karina Cedillo Hora del mensaje: 13:15
Pregunta
Sr. Jorge Zepeda: ¿Cree usted que en 100 días es factible notar un cambio sustancial?
Respuesta
Jorge: Cambios sustanciales no hay, pero de forma podemos ver algunos. Por ejemplo, la figura de Margarita Zavala es mucho más estimulante que la de Marta Sahagún. Bueno no me refiero a la figura física, que conste, sino a al desempeño público. También habría que destacar que Calderón ha buscado mostrar signos de firmeza y un activismo que no se le vió a Fox. Eso ha sido lo mejor. Pero aun está muy lejos de mostrar alcances para pensar que tenemos presidente para todos los mexicanos.
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