05/11/08 3:38 AM - 35 comentarios

Narco: el Irak de Calderón

Los asesinatos de altos funcionarios federales a lo largo de los últimos días muestran lo que ya intuíamos: luego de 18 meses de fracasos es evidente que estamos en una guerra que no vamos a ganar pero de la cual tampoco hay manera de salir. El narcotráfico se está convirtiendo en el Irak de Felipe Calderón.

Al arranque de su gobierno el nuevo presidente utilizó el argumento del combate a los carteles como una estrategia fast track para afincarse en Los Pinos. Fue la táctica ideal para mostrarle a los mexicanos que ya había piloto en la nave. Al igual que a Bush, la convocatoria a esta guerra le reportó a Calderón beneficios políticos inmediatos, pues propinó una artificiosa sensación de firmeza y liderazgo.

El problema es que desencadenó una guerra sin estar preparado siquiera para la primera batalla, y lo hizo por los peores motivos. Durante su campaña electoral y en los meses previos a la toma de posesión, en muy pocas ocasiones Calderón se refirió al narcotráfico. Todo indica que no formaba parte significativa de su agenda. Pero las necesidades políticas precipitaron ir al combate una semana después de llegar al poder, sin tener la más remota idea de las consecuencias. Bush y sus generales nunca pensaron en “el día siguiente”; nosotros ni siquiera hemos salido del Día “D”; nuestros cuerpos policíacos siguen siendo acribillados en la playa Omaha del desembarco sin saber cómo ni dónde responder.

Fuimos a una guerra sin conocer cabalmente al enemigo, (y encima) a pesar de que sabíamos que nuestras propias filas estaban totalmente penetradas por el adversario. De manera irresponsable lanzamos al cuerpo enorme y desmañado del ejército a dar palos de ciego a una piñata que se hace escurridiza a todo lo largo del territorio nacional. Año y medio más tarde estamos tan lejos de ganar la batalla como Bush de pacificar a Irak.

A juzgar por sus declaraciones, Calderón pretende salir del atolladero mediante el absurdo de profundizar el error. Al igual que Bush ha exigido más recursos para la guerra. Como si dos mozalbetes con los ojos vendados tuvieran más posibilidades que uno solo de romper la piñata, cuando en realidad simplemente incrementan la probabilidad de romperse la crisma mutuamente o rompérnosla al resto de la concurrencia (como en efecto ha estado sucediendo con la población civil).

El gobierno está intentando utilizar el fracaso del combate al narcotráfico como un argumento a favor del pánico para justificar las bases de un Estado autoritario: mayores márgenes para los cuerpos de seguridad frente a la población, ampliación de presupuestos, necesidad de mano más firme. Bush utilizó durante tres años la noción de la guerra al terrorismo para justificar leyes contra sus propios ciudadanos y para ampliar el presupuesto militar a niveles inimaginables. Su pueblo lo recompensó reeligiéndolo en el 2004.

Ahora Calderón intentará hacer lo mismo. Utilizar su fracaso como trampolín para consolidar un gobierno con los recursos legales y policíacos para enfrentar cualquier muestra de inestabilidad social. La única salida de esta trampa consiste en impedir que las estrategias para implantar el miedo que difunden los medios de comunicación se impongan entre los ciudadanos. Una sociedad atemorizada siempre termina siendo víctima del populismo de derecha, pues éste cercena libertades y disidencias en nombre de la seguridad.

La guerra contra el narcotráfico, como la de Irak, no se podrá ganar a punta de balazos. Sería mucho más prudente disminuir “la crispación” en el campo de batalla y comenzar a trabajar en otros frentes. Tres en lo inmediato:

1.- El tráfico y lavado de dinero. Un kilo de billetes hace más bulto que su equivalente en cocaína. A un flujo de drogas corresponde un reflujo de dinero de volumen físico similar o superior. Para detectar a los verdaderos líderes del narcotráfico habría que investigar los flujos financieros, las multimillonarias inversiones hoteleras en la Ribera Maya y en Baja California, las transferencias de carácter sospechoso. Pero nadie quiere hacerlo porque allí nos encontraremos los enormes blanqueos de dinero de la propia clase política y empresarial que no pasan por Hacienda.

2.- El tráfico de armas. Las armas automáticas y semiautomáticas que convierten a los narcos en un verdadero ejército, proceden de Estados Unidos. El gobierno mexicano no ha tenido la entereza para exigir a su contraparte mayor responsabilidad en esta franja oculta de la criminalidad. Así como Estados Unidos nos hace responsables de “intoxicar” a su juventud con nuestras drogas, nosotros tendríamos que exigirles cuentas por todos los asesinados gracias a sus armas introducidas ilegalmente en el país.

3.- Inteligencia militar y policíaca. No podemos ganar una batalla cuando desconocemos al rival y, peor aún, si nos encontramos tan intensamente infiltrados por “el enemigo”. Nuestros policías son carne de cañón en la medida en que buena parte de sus propios jefes están en la nómina de los cárteles. Ir a una guerra así es la mejor garantía de que Mambrú no habrá de regresar.

Son tres tareas necesarias, aunque insuficientes. Para ganar la batalla contra las drogas habríamos de recordar los errores estratégicos de la guerra contra el alcohol. Podríamos paliarla o acotarla, pero no ganarla. Sin duda lo peor que podemos hacer es incendiar al país con el pretexto de esta lucha y ofrecer un cheque en blanco al gobierno para dar rienda suelta a sus inclinaciones autoritarias. (www.jorgezepeda.net)

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05/4/08 3:52 AM - 37 comentarios

Pan con lo mismo

Cada semana nos enteramos de algún nuevo capítulo vinculado a la corrupción. Una fechoría más de los Bribiesca, un nuevo abuso de los viajes de Sergio Vela, el director de CONACULTA, datos adicionales sobre las obras mal habidas en el aeropuerto de la capital o en la Magna Biblioteca, o simplemente la fortuna que habrá de regresarse a Unefón con intereses por errores de un funcionario. Desde luego no es un panorama nuevo. Los priistas nos acostumbraron a convivir con el cohecho y a asumir la corrupción como el telón de fondo de la vida nacional. Pero esperábamos más de los panistas y sus gobiernos de alternancia.

Vamos, los priistas nunca presumieron de honestidad. Los panistas, en cambio, hicieron de la crítica a la corrupción la columna vertebral de su plataforma a lo largo de seis décadas como partido de oposición. Sabíamos que el PAN carecía del oficio político de su rival y dábamos por descontado que cometerían novatadas de diversa índole. Pero al menos suponíamos que pondrían en práctica algún programa más o menos radical de renovación moral.

Sin embargo, resultaron iguales o peores. Muchos tenemos la sensación, incluso, que los gobiernos de Fox y de Calderón son más tolerantes con los abusos de los suyos, que el último gobierno priista. Ernesto Zedillo terminó metiendo a la cárcel al hermano del presidente a quien le debía el puesto y prácticamente mandó al exilio político a su antecesor. En términos comparativos lo que hizo Zedillo equivaldría al procesamiento judicial de Marta Sahagún y sus hijos por las muchas evidencias de desviación de fondos y enriquecimiento inexplicable.

Ciertamente los priistas cobijaban a los suyos, pero solían dar prioridad a la eficacia política. Es decir, estaban dispuestos a sacrificar a un correligionario si eso beneficiaba sus propias causas, incluyendo la estabilidad o las necesidades electorales. Calderón, en cambio, prefiere mantener a su secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño, porque es su delfín, o a Sergio Vela porque es su amigo, o nombrar como Procurador del Medio Ambiente al ex gobernador Patrón Laviada, conocido anti ecologista, por el pago de favores. El combate a la corrupción no parece estar entre sus prioridades.

Los gobiernos panistas han hecho una caricatura de la Secodam. Transformada en Secretaría de la Función Pública, es un elefante blanco tan ineficaz como la fiscalía de periodistas o la fiscalía de protección a las mujeres. Son instituciones que existen con el simple propósito de presumir volunta política, pero en realidad constituyen una fachada para prohijar la impunidad y la pasividad. Los periodistas siguen siendo asesinados, los feminicidios no disminuyen y la corrupción campea como en sus mejores tiempos.

Cuando Felipe Calderón dijo como candidato que lo importante era llegar al poder “haiga sido como haiga sido” dejó establecido una valoración moral de lo que sería su gobierno. Hace unos meses, cuando un interlocutor le mencionó en privado al Presidente que Juan Bueno Tenorio, el senador panista, se había enriquecido de manera sospechosa, Calderón simplemente comentó que Bueno Tenorio quería ser gobernador. Debemos entender que el Presidente justifica el “haiga sido como haiga sido” en todos los niveles de gobierno. En otras palabras, que la necesidad política está por encima de la honestidad y la moral.

Podría entenderse, aunque no justificarse, que el gobierno de Calderón haya tenido que apechugar alianzas vergonzosas con el grupo político de Elba Esther Gordillo o tolerar a gobernadores impresentables como Mario Marín y Ulises Ruiz. La debilidad de su arribo al poder y su escaso margen de maniobra supuestamente lo habrían obligado a “mojarse” en el pantano de la real politik. Pero sigue siendo injustificable la tolerancia ante los malos manejos de sus propios correligionarios en diversos puestos de la jerarquía oficial.

El caso del primer presidente municipal panista que tuvo Zapopan, a mediados de la década de los noventa, lo ilustra perfectamente. Un empresario exitoso que amplió el número de patrullas adquiriendo autos en la concesionaria de su compadre, violando todos los códigos de normatividad vigentes en el municipio. Interrogado al respecto, el empresario se defendió afirmando que tal normatividad aplicaba cuando había políticos corruptos, pero no aplicaba tratándose de ciudadanos de buenas costumbres. En otras palabras, “yo puedo violar la ley porque soy buena persona”.

Justamente, el problema con los panistas es que se autodefinen como “buenas personas” frente al resto de la clase política. Creen que el hecho de compartir los valores moralinos de la clase media, ir a misa, pertenecer al empresariado y privilegiar a la familia, los dispensa de sus excesos. Se conciben a sí mismos como ciudadanos empoderados, y como una especie distinta al resto de los políticos. No se han dado cuenta de que poco a poco el poder está convirtiendo a muchos de ellos en ladrones y en cómplices de nuevas formas de corrupción. El compadrazgo que otorga a una clase social y una colección de valores compartidos, propician una cofradía que se permite inaugurar nuevos tipos de abusos. Desde el gobernador que traslada recursos públicos a su cardenal y se mofa de ello, hasta el gobierno en su conjunto que eleva a rango de seguridad nacional los intereses del empresariado o convierte a la televisión privada en el verdadero ministerio de educación nacional. En lugar de una renovación moral de la política, la alternancia no ha dado pan con lo mismo. (www.jorgezepeda.net)

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04/27/08 3:45 AM - 25 comentarios

El Partido partido o el divorcio imposible

Por desgracia no existen consejeros matrimoniales que ofrezcan terapia a las contrapartes dentro de un partido político. El PRD ha pasado de ser un matrimonio de conveniencia entre cónyuges que no se profesaban cariño, a convertirse en una relación enferma, de agresiones mutuas y odios enconados.

Para muchos comentaristas y medios de comunicación el pleito demencial que protagonizan la corriente de los Chuchos y la de López Obrador, constituye la demostración inequívoca de la naturaleza perversa e irresponsable de esta izquierda. Pero a mí me parece que la intensidad de su odio no obedece tanto a una escasa calidad moral, como al hecho de que han prolongado demasiado su imposible convivencia bajo el mismo techo. Hay parejas que ya no pueden seguirlo siendo; no entenderlo termina tarde o temprano por hacer aflorar lo peor de ellas.

Y es que las diferencias dentro del PRD van mucho más allá de una lucha por el poder entre camarillas diferentes. Hay en juego dos proyectos políticos claramente distintos, imposibles de reconciliar bajo la misma plataforma ideológica. La conversación difundida entre López Obrador y Carlos Navarrete (lider en el Senado de los perredistas y miembro de Los Chuchos) muestra claramente que ambos están jugando a algo distinto sobre el mismo tablero: uno piensa en ajedrez mientras el otro juega a las damas.

La corriente encabezada por Jesús Ortega, tiene como referente los partidos socialdemócratas europeos que priorizan el espacio parlamentario para influir en las políticas públicas y buscan acceder al poder por vía electoral.

Por su parte, la de López Obrador es más heterogénea, pero está claramente dominada por la figura del líder carismático. Su referente son los movimientos de carácter populista que han proliferado a lo largo de la historia en América Latina. No están aquí para participar en la mesa de juego con los otros protagonistas (PRI y PAN) con la esperanza de ganar el torneo de ajedrez, como podría ser el caso de Los Chuchos. Están aquí para obligar a los participantes a jugar a otra cosa. Convencidos del fraude electoral del que fueron víctimas en 2006, los lopezobradoristas ya no están por la tarea de convencer al electorado a votar por ellos, porque creen que los que controlan la mesa volverán a derrotarlos. Su objetivo por ahora es obligar a las cúpulas a modificar el modelo vigente por la vía rápida de la presión de la calle.

El problema es que ambos derroteros son mutuamente incompatibles. Las acciones de López Obrador dan al traste con los esfuerzos electorales y parlamentarios de Los Chuchos. La toma del Congreso, por ejemplo, ha disminuido el apoyo de los votantes al PRD, lo cual seguramente reducirá sus escaños en la legislatura que será elegida el año próximo. Un suicidio político a juicio de Jesús Ortega y Ruth Zavaleta. Pero a AMLO eso no le quita el sueño. El tabasqueño logró imponer al gobierno la agenda y los tiempos para discutir la futura reforma energética y, a su juicio, evitó que se cocinara en lo oscurito la apertura indiscriminada de PEMEX. Lo cierto es que el éxito de la estrategia de López Obrador ha socavado las posibilidades de triunfo del PRD en el terreno electoral.

A mi juicio, el país necesita ambas corrientes, ambas maneras de operar. Se requiere de un partido socialdemócrata moderno capaz de impulsar, por vía institucional y democrática, una sociedad más equilibrada. Pero la desigualdad es taly el control de los poderes de facto es tan cerrado, que el país requiere la presión de la calle. Los riesgos son muchos, sin duda, pero a mi juicio es una opción imprescindible para obligar a las élites a introducir cambios.

Ambas corrientes son necesarias, pero sólo una puede dominar el partido. No pueden vivir juntas; y tampoco separadas. Así como hay parejas que alargan hasta el infierno una relación imposible con el pretexto de no separar a los hijos, las fracciones del PRD no encuentran como dividir “la patria potestad” del registro del partido político. Y es que sin las prerrogativas ($) y la infraestructura que ofrece el membrete, cualquier corriente política se queda en la orfandad. Vivir fuera del registro es vivir en el error.

Sin duda, AMLO y su corriente están mejor dotados para sobrevivir sin el edificio perredista. Como un marido que pierde el hogar en el divorcio, pero mantiene intacto el potencial económico para comenzar otro a partir de cero. No es el caso de Los Chuchos. De consumarse su derrota no tendrán otra opción que someterse. Ciertamente seguirán disfrutando el ejercicio de sus posiciones mayoritarias en el Congreso pero tal ventaja tiene fecha de caducidad (2009). Recordemos que Los Chuchos lograron más candidaturas porque los cuadros de AMLO estaban destinados a ser funcionarios bajo la nueva Presidencia que nunca llegó.

López Obrador tenía preparado el surgimiento de otro partido en caso de perder el control del PRD. No será necesario. En el transcurso de los próximos dos años veremos la reorientación del partido hacia una mayor militancia de oposición. Más cerca de sus adelitas y más lejos de Ruth Zavaleta.

La disputa entre estas dos corrientes ha sido objeto de un linchamiento mediático, como si se tratase de una mera rivalidad de vanidades y ambiciones personales. No es así. El PRD se encuentra en la encrucijada entre dos concepciones distintas y la intensidad de la confrontación refleja lo mucho que está en juego. Conviene no perderlo de vista. (www.jorgezepeda.net)

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04/20/08 4:00 AM - 115 comentarios

¿Qué hacemos con López Obrador?

Ciertamente no es Hitler o Mussolini, pero es sorprendente la capacidad que tiene López Obrador para provocar ronchas a muchos ciudadanos, particularmente entre los sectores conservadores. Una y otra vez reaccionan de tal manera que terminan por vigorizar la figura pública de El Peje.

El spot de televisión transmitido en horario triple A en que se le compara a Victoriano Huerta, Pinochet y similar calaña por haber ordenado tomar el salón de sesiones de la Cámara, es tan desproporcionado y abusivo que ha resultado contraproducente. Para El Peje ha sido oro molido, pues confirma la noción de que existe una suerte de conspiración de odio en su contra. De verdugo del Congreso ha pasado a ser víctima de la derecha todopoderosa.

No coincido con varias decisiones de López Obrador y me parece que su estilo de liderazgo deja mucho que desear. Pero estoy convencido de que AMLO y las causas que representa son absolutamente indispensables para la salud de la República. Cada vez que el tabasqueño habla en contra de las instituciones y convoca a la movilización, una legión de analistas y comentaristas se queja de su irresponsabilidad y primitivismo político. Como si se tratase de una anomalía trasnochada en una sociedad democrática. “Hay problemas pero estos deben resolverse mediante el diálogo”, se dice; “los bloqueos y tomas de instituciones no caben en una sociedad con Estado de Derecho”, se afirma, con la convicción que sólo podría tener un alemán o un sueco.

El problema es que no vivimos en un Estado de Derecho, ni los problemas se resuelven con el diálogo, salvo que usted pertenezca al 20 por ciento de la población de mayores ingresos. Todos los días miles de mexicanos humildes son víctimas de tribunales y autoridades que operan a favor del poderoso o del que ofrece más. Háblenle del Estado de Derecho a Lydia Cacho, a las víctimas de Ulises Ruiz en Oaxaca, a los campesinos que suplican a un funcionario que ya vendió su caso. Más que un Estado de Derecho lo que padecemos es “el derecho al Estado” del que gozan algunos sectores privilegiados. ¿Cómo podemos hablar de “someterse al imperio de la ley” cuando los que se enriquecieron con el Fobaproa, el mayor robo en la historia de la Nación, lo hicieron legalmente?
La reforma energética ofrece el mejor ejemplo. Si López Obrador y sus contingentes no hubieran irrumpido con sus sudores y malas maneras (cito a un crítico) la reforma habría sido acordada entre futuros beneficiarios, funcionarios federales y legisladores priistas. Fueron los gritos y sombrerazos, las denuncias fundadas e infundadas de El Peje, lo que obligó a definir esta reforma en un espacio verdaderamente público.

No se si al final de todo esto tendremos una buena reforma, pero estoy convencido de que será mejor de la que podría haberse firmado tras bambalinas. En todo caso habrá de ser más representativa del sentimiento de la comunidad en su conjunto y mucho menos cupular de la que tenían cocinada. ¿Qué no trata de eso la democracia ? Desde luego, los métodos de AMLO no son democráticos, pero son comprensibles si consideramos que los acuerdos “democráticos” son los que tienen que pasar y ser resueltos por Manlio Fabio Beltrones y Emilio Gamboa a partir de los intereses muy poco democráticos que ellos representan.

Insisto en que los mexicanos tenemos todo el derecho de desconfiar de la apertura al capital privado, habida cuenta de la cantidad de abusos que han generado privatizaciones y concesiones en el pasado. Eso no significa que debamos satanizarlas per se. Podrían ser la única solución para el quebranto energético que se avecina. Pero el Estado mexicano hasta ahora ha sido incapaz de impedir los excesos y abusos de los grupos privilegiados cada vez que ha abierto al mercado ámbitos de la esfera pública. No es posible encarar la apertura de Pemex sin antes agotar la discusión de las maneras en que habremos de asegurarnos de que no se multipliquen los Carlos Slim o Roberto Hernández, o peor aún, los Bribiescas. Que tome 50 días o 100 ventilar estos asuntos es irrelevante si consideramos lo mucho que está en juego.

Es desagradable ver a los perredistas convertir la tribuna máxima en un tianguis. Pero, bien mirado, es un costo menor si ello obligó a examinar con atención el futuro del petróleo, nada más y nada menos que el mayor patrimonio de este país.

Hay un linchamiento mediático de López Obrador que muchos están “comprando”. Algunos se preguntan qué hacer con esta piedra en el zapato que constituye su movimiento. Yo diría que pese a su retórica y su populismo, López Obrador es imprescindible. No empareja el marcador pero impide la goliza. Lo peor que podemos hacer es pretender que la inconformidad social no existe. ¿Nos parecen de mal gusto sus expresiones? ¿Y de que gusto son las inequidades e injusticias que padece la mitad más pobre del país? ¿Qué creíamos, que iban a votar cada seis años y sentarse a esperar a que llegue un empleo, un abogado honesto o un programa de gobierno?

López Obrador no representa a los verdaderos pobres del país, se dice con frecuencia. Quizá. Pero canaliza la irritación que entre muchos mexicanos genera esa pobreza. Su desconfianza hacia la apertura al capital privado es la desconfianza de muchos. Antes de lincharlo y repudiar sus métodos habría que escuchar lo que nos está tratando de decir esa república olvidada que intenta hacerse presente. (www.jorgezepeda.net)

115 comentarios » Archivado en Artículos, Artículos dominicales por Jorge Zepeda Partterson a las 04/20/08 4:00 AM.

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04/14/08 12:29 PM - 8 comentarios

Reforma, ganadores y perdedores

Nos hemos convertido en un país de fobias. Son tantos los ascos, las manías, las alergias y las repulsas del organismo social que la única reforma energética asimilable resultó una versión light, descremada, deslactosada y pasteurizada que sigue siendo leche pero sabe a agua. Los cuerpos y anticuerpos se neutralizaron de tal forma que la dichosa reforma energética habrá de limitarse al tema de PEMEX (y no al sector energético) y tiene que ver más con reglamentos internos que con una solución de largo plazo.

Con todo, ha sido tal la intensidad de la confrontación entre programas contrapuestos y actores políticos rivales, que el recuento de daños y beneficios que dejará el saldo de las batallas libradas merece ser anotado. Aun cuando no ha terminado del todo, es evidente que la mini reforma será aprobada en período extraordinario, tan pronto los legisladores encuentren la forma de burlar el ultimátum presentado por el PRD y sus brigadas. Pero sin duda lo conseguirán, de la misma forma que consiguieron que Calderón tomara posesión o rindiera su primer informe de gobierno, pese a la amenaza de los perredistas de impedirlo.

El mayor “ganón” de toda esta gesta es el PRI, sin duda. Una vez más logró convertirse en el fiel de la balanza en materia de los votos decisivos para la aprobación en las cámaras (de la misma forma en que lo ha sido en las reformas anteriores). Consiguió además presentarse ante la opinión pública como la fuerza “moderada y sensata”, ajena a la confrontación entre los “rijosos” del PAN y el PRD. Cuan trastocadas estarán las cosas que personajes siniestros como Emilio Gamboa y Manlio Fabio Beltrones terminan convertidos en supuestos paladines de la democracia. Más

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