09/28/08 3:29 AM - 5 comentarios
Puede ser una crisis peor que la del 29, dijo el secretario de Hacienda. Y no es poca cosa pues se refiere a la peor depresión económica que el mundo haya conocido. La frase de Agustín Carstens tendría que tener sumido al Presidente y a su gabinete económico en una encerrona de urgencia, que derivase en un plan de emergencia para paliar las consecuencias del desplome financiero mundial. No obstante, el mismo día que Carstens vislumbraba la magnitud de la catástrofe, Felipe Calderón se ufanaba en Nueva York de que México ya no contraía neumonía cuando a Estados Unidos le daba una gripe. Alguien tendría que preguntarle al Presidente ¿y qué pasa con México cuando a Estados Unidos le da una neumonía?
Lo cierto es que la crisis de Wall Street de 1929 dejó a México en estado de coma, pese a que era un mundo mucho menos globalizado. Según estudios de Nacional Financiera, el nivel de vida del mexicano promedio en 1932 volvió a ser el de 1910, es decir, un retroceso de 22 años (citado por Lorenzo Meyer). Sólo de 1929 a 1932 el PIB disminuyó 16 por ciento y la producción manufacturera se desplomó a poco más de la mitad.
De boca para afuera las autoridades insisten en que México está blindado. Pero debe ser un blindaje de aluminio si consideramos que en enero se estimaba un crecimiento de 3.7% para 2008 y esta semana lo bajaron a 2.4%, y eso que la crisis apenas comienza. Las corredurías señalan que podría ser de 1.9% y quizá aun menos. En julio, último mes del que Inegi ofrece reportes, decreció la producción industrial del país, anticipando lo que podría ser una recesión.
Es comprensible que el gobierno quiera evitar el pánico de la opinión pública y la zozobra entre los actores económicos. Pero frente a la magnitud de los hechos, pretender que no pasa nada puede ser tan irresponsable como pedir calma a pobladores ribereños ante la inminencia de un tsunami.
Lo que no está haciendo el gabinete lo han comenzado a hacer las empresas cúpula de la economía mexicana. Lorenzo Zambrano, presidente de Cemex, circuló la semana pasada un memorándum entre su personal para introducir medidas draconianas frente a la crisis que se avecina (paralizar fábricas y recortes sustanciales). Otras grandes empresas se están inclinando por no pagar impuestos para mantener liquidez en los próximos meses. Prefieren afrontar el eventual pago de recargos y multas, que desafiar el futuro inmediato con las chequeras vacías. También saben que si muchas empresas no pagan impuestos por la crisis, el gobierno tendrá que negociar condonaciones tarde o temprano. Es decir, una vez más como en el Fobaproa, desarrollan estrategias para “socializar” las pérdidas con cargo al erario, mientras que las ganancias siempre son privadas.
El problema es que estas son soluciones individuales de “sálvese quien pueda”. Justamente lo que hace la población frente a un desastre climatológico cuando la autoridad está ausente.
Calderón tendría que dejar a su secretario de gobernación el manejo de la crisis de inseguridad y concentrar sus esfuerzos en la debacle económica. Pero primero tendría que cambiar de secretario, porque el actual, Camilo Mouriño, es incapaz de imponer orden entre las cabezas de la PGR, la SSP, el Cisen y el ejército, dedicados todos ellos a pelearse entre sí y ningunear al supuesto coordinador de seguridad. Pero esa es otra historia. www.jorgezepeda.net
09/21/08 3:53 AM - 12 comentarios
La verdadera explicación del baño de sangre que padecemos reside tanto en el subdesarrollo de nuestras policías como en el de nuestros delincuentes. La mayor tragedia es que el llamado crimen organizado es más bien un crimen absolutamente desorganizado. Hay momentos en que veríamos con cierta envidia y no poca nostalgia a la Mafia italiana de Estados Unidos, o incluso la siciliana, capaz de conducir sus negocios con el mínimo derramamiento de sangre. Un poco de Tony Soprano y mucho menos de Chapo Guzmán no nos vendría mal.
Hay evidencias de que la mayoría de los 24 asesinados en La Marquesa eran albañiles y no estaban relacionados con el narcotráfico. Todo indica que sicarios del Cártel de Sinaloa llegaron a una zona del estado de México en la que La Familia, un cártel rival, está introduciéndose, y buscaron escarmentar a la población. Algo que hace recordar las siniestras represalias de la Gestapo durante la ocupación.
Hace poco más de un mes, otros sicarios liquidaron a 13 personas, incluyendo a un bebé, en Creel, Chihuahua. El comando que buscaba a dos cabecillas rivales irrumpió entre la muchedumbre con estrategias más propias del genocidio que de una ejecución puntual.
Las granadas de fragmentación lanzadas en contra de “civiles” durante la ceremonia del Grito en Morelia, obedecen a otro tipo de subdesarrollo. Lo de Creel o lo de La Marquesa se inscriben en la lógica de la lucha por espacios y la guerra entre bandas que se disputan territorios. Además de cruentos se trata de operativos mal planeados e ineficaces, pero buscaban golpear a su enemigo frontal. Una versión brutal de la ley de la selva. Lo de Morelia, en cambio, responde a una estrategia de varias bandas y tiene un propósito político.
Los actos terroristas en contra de civiles (y no en contra de policías) buscan precipitar el pánico entre la población y desencadenar actitudes represivas de parte del Estado. Hay movimientos políticos radicales que llegan a considerar que un régimen represor es algo que conviene a sus intereses. La idea es muy discutible, pero escapa a los límites de este espacio. Lo que resulta evidente es que las granadas en contra de civiles sólo pueden traducirse en malas noticias para los narcos. Otorgan al gobierno un espaldarazo de la población para recrudecer la guerra en contra de los cárteles. En los próximos días veremos una andanada de leyes más severas y mayores recursos económicos orientados en su contra.
La única lógica que podría encontrar es que uno de los cárteles creyese que con que esta acción podría desencadenar la furia del Estado en contra de un cártel rival. Por ejemplo, hacer creer que se trata de una acción de La Familia, afincada en Michoacán, de allí la idea de un atentado salvaje en Morelia. Desde luego es una estrategia absurda, porque la opinión pública y las fuerzas federales han reaccionado en contra del “Narco” en su conjunto y no sólo en contra del cártel La Familia, que dicho sea de paso, se apresuró a deslindarse de los hechos.
Desde luego cabe otra posibilidad mucho más terrible y preocupante: que alguien, ajeno al crimen organizado, esté buscando una coartada para que la opinión pública, los medios de comunicación, los legisladores y las fuerzas políticas entreguen un cheque en blanco a los aparatos de seguridad y, en general, favorezcan un régimen autoritario. Una hipótesis infame, que por desgracia tampoco podemos descartar.
09/14/08 3:22 AM - 15 comentarios
Súbitamente nuestra policía se ha convertido en la más eficiente fuerza antisecuestros del mundo. En las últimas dos semanas cada tres días ha caído una banda de secuestradores, y sus víctimas rescatadas.
Algo raro está pasando. En todas estas bandas desarticuladas había policías y ex policías involucrados. Todo indica que el método de captura debe más a la búsqueda al interior de los propios cuerpos de seguridad, que a la investigación profesional.
En los años ochentas, cada vez que se indignaba la opinión pública por la inseguridad, se decía que el director de la policía de entonces, “El Negro” Durazo, recurría a un método infalible y científico para dar resultados: simplemente examinaba la nómina de las bandas existentes y palomeaba aquellas que debían ser sacrificadas.
Un judicial con más de diez años de experiencia me confió que entre los cuadros veteranos no hay muchos secretos. Aunque se desconozcan los detalles, cada uno sabe en qué anda metido el otro. En mayor o menor medida, todo agente sabe que es imposible cruzar el pantano sin mojarse. Pero también aprende a detectar el nivel al que cada uno está dispuesto a sumergirse. De hecho, la posibilidad de sobrevivir y progresar de todo judicial reside en su habilidad para saber en qué están involucrados sus colegas y hasta donde están dispuestos a llegar. La rapidez con que se han ofrecido resultados permite pensar que se ha echado mano de ese recurso.
Hace dos semanas, a propósito del acuerdo contra la inseguridad firmado con bombo y platillo, escribí en este espacio que podíamos estar seguros que la delincuencia no iba a disminuir, salvo lo relativo al secuestro. Y es justamente lo que ha sucedido. Tendríamos que preguntarnos, ¿Y por qué hace un mes no se capturaban bandas de secuestradores? O peor aún ¿Por qué ahora sólo están cayendo secuestradores y no otros delincuentes?
Fiel a sí mismo, Calderón dirá que el rescate de víctimas y la aprehensión de secuestradores debe ser bienvenida “haiga sido como haiga sido”. Ojala que en esta prisa por calmar la molestia del empresariado, el “haiga sido” no esté incluyendo chivos expiatorios. Entre los agentes veteranos existen algunas dudas sobre la responsabilidad fincada a Lorena González Hernández, como presunta organizadora del secuestro y asesinato de Fernando Martí. A Lorena se le conoce en el medio como una agente federal “tranquila”, que solía mantenerse distante de las profundidades del pantano. Hacía más de un año que estaba dedicada a tareas administrativas en la PFP. Sus familiares han afirmado que el día del secuestro del adolescente ella estaba en Cancún y que pueden probarlo. Tendrán que hacerlo. Para cualquiera de nosotros resulta imposible saber si esta mujer es inocente o no; sólo podemos exigir que no se fabriquen culpables o que no se reduzca a un ajuste de cuentas entre policías.
La lucha contra el crimen organizado se ha convertido en una guerra de policías contra policías, y de soldados contra ex soldados. Cada año desertan decenas de miles de militares y sabemos que muchos de ellos pasan a engrosar las filas de los cárteles. Antes de canalizar más dinero y poder a los cuerpos de seguridad, tendríamos que preguntarnos si el policía reclutado hoy no es el secuestrador de mañana. Transparencia, rendición de cuentas y participación de la sociedad es lo único que puede ayudarnos a clarificar esa guerra intergremial, en la que cada vez es más difícil de saber cuáles son los policías buenos y cuáles los malos. www.jorgezepeda.net
09/3/08 10:48 PM - 25 comentarios
Felipe Calderón se quejó el jueves de que los periodistas sólo damos malas noticias. Y tiene razón: nota roja, pleitos entre políticos, ineptitudes de las autoridades e infamias similares. Pero los periodistas nos preguntamos ¿podemos escribir y hablar de otras cosas sin caer en la frivolidad o la irresponsabilidad? ¿Hay manera de difundir los discursos sin transparentar el escepticismo que inspiran?
Hace unos meses difundimos las declaraciones triunfalistas de Calderón en el sentido de que estábamos ganando la guerra en contra del crimen organizado. Recibieron despliegue de ocho columnas, de la misma forma que las contundentes declaraciones de Fox hace cuatro años, y las de Zedillo hace once, que anunciaban la erradicación de la inseguridad ¿Qué se supone que debamos de hacer la próxima ocasión que el Presidente asegure, como ya lo hizo, que defenderá la canasta básica, mejorará la economía o vencerá a los cárteles de la droga? ¿Es mala leche hablarle de desempleo al ex candidato que se declaró “el presidente del empleo”?
Las autoridades acusan a los periodistas de ser cínicos y escépticos, de buscar por fuerza “los negros del arroz” en toda acción del poder público. Es posible que así sea. Pero puedo asegurar que no hay posibilidad de ser ingenuo o mantener en alta estima la condición humana luego de algunos meses de cubrir a la clase política. Se aprende pronto que la autoridad sólo dice lo que conviene a sus intereses. En el mejor de los casos es parcial al resaltar ciertos temas y obviar otros; en el peor, simplemente miente. Luego de algún tiempo el reportero no tiene sino dos caminos: corromperse y divulgar la idílica versión oficial, o buscar “los negritos del arroz”.
Ciertamente los periodistas somos malos fiscales a la hora de investigar los vicios públicos. Carecemos de los instrumentos jurídicos y la calificación necesaria. Pero al menos podemos detectarla. Y tenemos que hacerlo porque los fiscales autorizados no están sirviendo. Mario Villanueva, ex gobernador de Quintana Roo, fue el último miembro de la alta clase política que cayó en prisión. Eso fue hace nueve años. Usted escoja: ¿ya no hay corrupción o aumentó la impunidad?
Los lectores piden que los medios hablemos de otras cosas; de los casos de éxito de la sociedad civil, de todo aquello que la comunidad está haciendo. Hay que hacerlo, sí, pero no podemos olvidar que nuestra mayor responsabilidad es evitar que la vida pública sea patrimonio de la autoridad. No podemos dejar los asuntos que atañen a todos en las manos exclusivas de una clase política que nos muestra, una y otra vez, que actúa para su beneficio y, en muchas ocasiones, en detrimento de todos.
Nos encantaría que las autoridades nos dieran motivos para sentirnos orgullos de difundir lo que hacen o dicen. Sería formidable aplaudir la llegada al gabinete de algún personaje con prestigio, y no sólo jóvenes desconocidos sin mayor mérito que la incondicionalidad que le deben a su jefe. Festejaríamos la destitución del “gober precioso”, el enjuiciamiento de los Bribiesca o el fin de los privilegios de los monopolios.
El Presidente aseguró que difundir malas noticias de forma sistemática equivale a renunciar a la esperanza. Por el contrario, no publicarlas equivale a resignarse, a vivir en espejismos, a encerrarse en la negación, hasta que el destino nos alcance. Mostrar los vicios públicos y las incongruencias de los poderosos representa la única esperanza de que algún día los políticos cambien, aunque sólo lo hagan para no ser exhibidos en la prensa. www.jorgezepeda.net
09/3/08 10:44 AM - 2 comentarios
Sin duda Raúl Padilla, el jefe político de la Universidad de Guadalajara, ha sido un hombre de intensos claroscuros. Cuando ha sido malo, ha sido bastante malo; pero cuando ha sido bueno ha sido mucho mejor, diría Mae West de haberlo conocido. Arrastra en su pasado la afrenta de haber sido presidente de la FEG cuando esa organización era poco menos que una mafia dedicada al control y a la represión de estudiantes, pero tiene en su haber la notable proeza de haberla despistolizado y neutralizado. Durante casi veinte años Raúl ha controlado la Universidad de Guadalajara con métodos que tienen mucho de corporativistas y clientelares, pero también es indudable que ha conseguido logros notables.
Y no me refiero sólo a la FIL y al Festival de Cine, que pusieron a Guadalajara en el panorama cultural del planeta. El proyecto de descentralización de la UdeG, con sus numerosos campus regionales es un modelo de referencia y no sólo en México. Sólo una voluntad política unificada como la que ejerce Padilla pudo romper las inercias centralizadoras de Guadalajara. Basta decir que, aparte de la educación superior, prácticamente todas las esferas de la vida pública han sido incapaces de sacudirse el monopolio asfixiante que ejerce el poder tapatío sobre su región. El liderazgo “transquinquenal” de Padilla permitió una estrategia de largo plazo de la que carecen los políticos, esclavos de la inmediatez electoral.
Pero los mayores aciertos de Raúl residen en “lo que no vemos”. Más
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