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Le Clézio, la cerca inconclusa

Publicado en revista Día Siete, el domingo 19 de octubre, 2008

Jean Marie Le Clézio no es como todo el mundo. Es un hombre bastante alto, delgado, de espalda ancha y pelo de paja, con el rostro huesudo surcado de marcas de la vida. Con sombrero y un cigarro en la boca podría ser el perfecto vaquero Malboro; y en uniforme castrense podría mimetizarse en oficial de la Gestapo. Pero cuando lo escuchas te das cuenta que Le Clézio no se parece a nadie. Y cuando lo lees, lo confirmas.

Los libros del nuevo nobel de literatura son demasiado variados, más de cincuenta, para poder encasillarlo fácilmente. Él mismo no parece ser de alguna parte. De padre francés y madre inglesa, creció entre Niza, la Isla Mauricio en África, Tailandia e Inglaterra. Vivió en México, en Panamá y otra media docena de países. Actualemente reside en Nuevo México aunque nunca ha parado de viajar.

Lo conocí hace veinte años en Zamora, en El Colegio de Michoacán, dónde llegó a impartir algún seminario durante su estancia de varios años en la región Purépecha. Residía con su familia en una casa grande y arbolada en las afueras de Jacona, una especie de Coyoacán zamorano. Jean Marie solía evitar toda reunión social mayor de cuatro entre la pequeña babelia de investigadores del Colmich, pero gustaba de cenar en parejas en la cocina amplia y acogedora de Jemia, su esposa marroquí.

Fue allí donde le comentamos que pasaríamos un año en París y nos hizo prometerle que le visitaríamos en Niza, su ciudad natal, a donde pensaba regresar proximamente. Tiempo después, fieles a la promesa, en diciembre de 1989, Gladys, mi esposa entonces, Camila de cinco años y yo tomamos un tren en París que nos llevaría a la Costa Azul. Para entonces llevabámos suficiente tiempo en Francia para saber que Le Clezio era un autor de culto en Europa. Al que había tomado por un colega enigmático y excéntrico resultó ser un escritor reverenciado por las élites culturales parisinas, entre otras cosas por su renuencia a dejarse ver por ellas.

En las semanas previas yo había intentado leer Le Procès-verbal, su primera novela, que a los 23 años lo había hecho célebre. Me parecía una descortesía pasarme varios días en su casa sin conocer otra cosa que algunos ensayos de antropología purépecha, para mi gusto un tanto oscuros y oníricos, de su época michoacana. Pero encontré el libro aún más esotérico e intimista. Por fortuna cayó en mis manos Desierto, una maravillosa novela sobre los hombres azules del Sahara, que terminé en el vagón del tren. Cuando arribamos a la estación de Niza estaba un poco intimidado.

Pero nos encontramos a un Jean Marie tan genuinamente halagado de que le hubiésemos visitado que inmediatamente nos sentimos en casa. Esa noche me preguntó si podía ayudarle en algunos trabajos caseros que había prometido a Jemia desahogar durante las vacaciones de fin de año. Aprobé su plan, encantado de olvidarme por un rato de los libros del doctorado.

Los siguientes días nos propusimos construir un obstáculo para evitar que los perros invadieran una especie de huerto familiar que Jemia venía trabajando en el traspatio. Concebimos el proyecto la primera noche reunidos en torno a la mesa de la cocina, que parecía ser el centro de la vida de los Le Clézio. Consistía básicamente en imitar un dibujo que su hija Anna había hecho en el jardín de niños. Se trataba de una casa de techo triangular, rodeada por una cerca de estacas terminadas en punta, pintadas de un rojo brillante. Era una imagen sencilla que reproducía muy bien el estilo rústico, y algo cándido, que nos habíamos propuesto. Anna, la improvisada arquitecta de ocho años de edad, estaba exultante.

Mis habilidades manuales son inexistentes, pero el atuendo menonita con el que apareció el escritor al día siguiente, sugerían capacidades suficientes para construir graneros y cabañas a partir de un bosque virgen. Las herramientas pre industriales de Jean Marie reforzaban esa impresión.

Los problemas comenzaron de inmediato. Nos tomó media mañana afilar el extremo de una media docena de tablas. Primero trabajamos por separado, cada quien con su tabla, pero éstas se resistían a quedarse quietas mientras intentábamos mejorarles el perfil. Entonces decidimos atacarlas juntos, una por una, hasta que los machucones mutuamente inflingidos nos llevaron a concluir que las cercas terminadas en punta estaban sobreestimadas por los cuentos infantiles.

Optamos por hundir las tablas tal como venían, confiando en que su punta cuadrada y dispareja fuese percibida como una muestra de rusticidad sofisticada y no como una señal de incompetencia.

Habíamos pensado unir las estacas verticales con dos sendos tablones horizontales, paralelos al suelo, pero resultaron mucho más cortos que el perímetro de cinco metros que intentábamos encerrar. Así es que asimos las estacas con alambre y clavos en un lastimero rosario, como Dios nos dio entender. Por el resultado nadie dudaría que fuesemos ateos. Al final del día la cerca no era precisamente un Muro de Berlín. Más bien podía tomarse por la valla de una cárcel tercemundista. Nos consolamos con la esperanza de que la aplicación de un poco de pintura al día siguiente alegraría nuestra obra. Esa noche dormimos fatigados y felices, con la satisfacción que debieron experimentar los constructores de pirámides.

A la mañana siguiente la cerca había desaparecido. No es sólo que estuviera caída; los perros habían desenterrado buena parte de las estacas y las habían dispersado por el huerto. Lo tomamos como una ofensa personal y decidimos modificar el método de trabajo. El resto del día lo pasamos serruchando, lijando y atornillando. Hacia las cinco de la tarde contemplamos lo que parecía una cerca razonablemente profesional. Fuimos a la cocina a lavarnos y a informar ufanos que habíamos concluido la tarea. Abrimos un vino y con la familia en pleno regresamos al jardín para festejarlo. Encontramos a los perros destrozando lo que quedaba del huerto; se habían colado por debajo de la cerca –demasiado alta- mediante el simple recurso de escarbar ligeramente en la tierra blanda.

Esa noche vieja recibimos el año 1990 y brindamos por una vida llena de libros, periódicos y teclados, ausente de pinzas y serruchos. Al día siguiente nos dedicamos a rodar la costa en su viejo auto.

Nunca más lo he vuelto a ver. Su nomadismo y mis desarraigos desfavorecen los encuentros. Pero de vez en vez me sorprende el insomnio sospesando sobre la almohada nuevas y mejores técnicas para terminar la cerca inconclusa. www.jorgezepeda.net

» Archivado en Artículos, Otros artículos por Jorge Zepeda Patterson a las 10/22/08 6:53 AM.

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4 comentarios
en Le Clézio, la cerca inconclusa

  1. María Teresa

    Miércoles, 22 de Octubre, 2008 a las 12:12 pm:

    Sr. Zepeda, me encanto el relato de su vivencia ( al fin mujer, sensible por naturaleza) e influirá para que busque y lea algo del actual premio nobel. Saludos

  2. victor adrian trujillo

    Sábado, 25 de Octubre, 2008 a las 8:59 pm:

    No bromeo, creo que omitieron orinar al pie de la cerca cuando la acabaron. Si el tramo era largo, con la ingestión de media docena de Kronembourgs 1664 Se arreglaba el asunto.

    Saludos

  3. Enrique Muro Bañuelos.

    Sábado, 25 de Octubre, 2008 a las 9:55 pm:

    Que triste Victor Adrian Trujillo Muñoz, siempre tienes que criticar de esa manera. Primero mejora tu ortografía para que madures, pues no entiendo como escribes tu nombre con minúsculas, creo que no eres tan común como parece; solo ciertos miembros de la especie… se escriben con letras pequeñas al principio del nombre.
    Sí de verdad quieres mejorar, se culto y no ofendas a la gente de esa manera, de seguro tu origen es de algún partido que busca reivindicar a las clases sociales más desprótegidas, pero no se vale, sí es que te expulsaron de algún partido, que vengas a molestar a gente que desea hacer el rato amable. Lástima que seas originario de un estado tan bello, pero con esas actitudes lo denigras.
    Hasta pronto.

  4. victor adrian trujillo

    Domingo, 26 de Octubre, 2008 a las 10:17 am:

    Estimado Enrique Muro

    Entiendo que mi precisión se prestara a malas interpretaciones. Lo siento. El objeto de construir la cerca era evitar el acceso de los perros al huerto. Los perros delimitan sus territorios orinando. Esto no es ni bueno, ni malo, ni ofensivo, ni muestra de ignorancia. Así es, punto. Quiero suponerse que al detectar el olor en la cerca, los perros hubieran desistido, al menos temporalmente de derribarla. Mi sugerencia era estrictamente pragmática, quizá una involuntaria proyección tuya la percibió como ofensiva, pero no era el caso. Le tengo un especial aprecio a Jorge y me inquietaría que el hiciera la misma interpretación porque no es el caso.
    Mi nombre con minúsculas es un ejercicio ego reductor. Lo que de plano no entiendo en tu comentario es lo de los partidos, una pretendida expulsión de alguno de ellos y que tiene que ver mi supuesta mala actitud con la belleza territorial del estado del que me crees originario. Te sugiero darle cierta coherencia a tu pensar y me disculpo una vez más. Que tengas un feliz domingo Enrique.

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