10/26/08 3:21 AM - 7 comentarios
Se habla mucho de los suicidios políticos de Andrés Manuel López Obrador y de su tendencia a pegarse balazos en el pie. Ya “lo perdimos”, se afirma luego de su fallido cerco en el Senado para impedir la aprobación de la reforma petrolera. “Hay que partirle el queso”, dijo este viernes Vicente Fox, solazándose con la posibilidad de darle por fin un tiro de gracia político.
Yo creo más bien que López Obrador es el Carlos Slim de la política. Sus reservas son prácticamente ilimitadas. Y no tanto por mérito del tabasqueño, sino porque está colocado justo donde soplan los vientos históricos. Slim y Andrés Manuel son los dos mexicanos que habrán de salir más “beneficiados” de la crisis económica. Slim padecerá la caída del valor de sus acciones, pero acabará adquiriendo muchas empresas a precios regalados.
Algo similar sucederá con AMLO. Se afirma que ya sólo es seguido por un grupo de resentidos sociales. Puede ser, pero si quitamos el matiz peyorativo, lamento decir que el país está a punto de colmarse, literalmente, de “resentidos” sociales como resultado de las penurias económicas que se avecinan.
En este espacio he insistido que la crisis de los dos próximos años asolará a los sectores más desprotegidos, a diferencia de la crisis del 95 que castigó duramente a las clases medias. La diferencia es que hace trece años Estados Unidos experimentaba una bonanza, hoy está en recesión. Eso significa caída de remesas, regreso de paisanos, cierre de maquiladoras, desplome del precio de petróleo, caída de exportaciones y, en cascada, cierre de fuentes de trabajo en México. El precio internacional de los alimentos seguirá subiendo.
Todo lo anterior significa que muchos que no eran pobres, comenzarán a serlo; y peor aún, aquellos que ya lo eran descenderán varios escalones en el infierno de la miseria. Del otro lado, el subsidio a la pobreza por parte del gobierno disminuirá debido al achicamiento de la recaudación fiscal producto de la caída de los ingresos petroleros y, en general, del decrecimiento de la actividad económica. Los programas de asistencia social habrán de ser recortados, pues la mayor parte del gasto público está amarrado (sueldos y deuda pública).
En resumen, mucha gente tendrá motivos para estar resentida con el sistema y en contra de instituciones incapaces de ofrecer respuestas. No creo que eso se traduzca en alguna posibilidad electoral encarnada en López Obrador de cara al 2009 o al 2012. Por el contrario, la insatisfacción en el “mundo institucional” habrá de cosecharla el PRI en ambos comicios. Pero la molestia social de los estratos sociales más pobres habrá de radicalizarse y constituirá una reserva permanente de capital político para AMLO.
¿Qué va hacer López Obrador con ese patrimonio? Se convertirá en un reventador crónico e irresponsable, como dicen sus detractores, o en un Alter Ego o Defensor del Pueblo contra los abusos del sistema y de la clase política? Su actuación en la reforma petrolera da pie para ambas versiones. Su oposición a la “privatización” evitó que hace seis meses se firmara un acuerdo entre cúpulas. Pero su exabrupto de esta semana, para añadir 12 palabras al acuerdo petrolero que ya había ganado, revela que aún opera desde el resentimiento.
AMLO puede convertirse en cualquiera de las dos cosas: caudillo de la ruptura, o verdadero Ombudsman de los intereses populares. Una cosa es cierta, contra los que ya los suicidaron políticamente, hay que decir que, para bien o para mal, hay Peje para buen rato. www.jorgezepeda.net
10/22/08 6:53 AM - 4 comentarios
Publicado en revista Día Siete, el domingo 19 de octubre, 2008
Jean Marie Le Clézio no es como todo el mundo. Es un hombre bastante alto, delgado, de espalda ancha y pelo de paja, con el rostro huesudo surcado de marcas de la vida. Con sombrero y un cigarro en la boca podría ser el perfecto vaquero Malboro; y en uniforme castrense podría mimetizarse en oficial de la Gestapo. Pero cuando lo escuchas te das cuenta que Le Clézio no se parece a nadie. Y cuando lo lees, lo confirmas.
Los libros del nuevo nobel de literatura son demasiado variados, más de cincuenta, para poder encasillarlo fácilmente. Él mismo no parece ser de alguna parte. De padre francés y madre inglesa, creció entre Niza, la Isla Mauricio en África, Tailandia e Inglaterra. Vivió en México, en Panamá y otra media docena de países. Actualemente reside en Nuevo México aunque nunca ha parado de viajar.
Lo conocí hace veinte años en Zamora, en El Colegio de Michoacán, dónde llegó a impartir algún seminario durante su estancia de varios años en la región Purépecha. Residía con su familia en una casa grande y arbolada en las afueras de Jacona, una especie de Coyoacán zamorano. Jean Marie solía evitar toda reunión social mayor de cuatro entre la pequeña babelia de investigadores del Colmich, pero gustaba de cenar en parejas en la cocina amplia y acogedora de Jemia, su esposa marroquí.
Fue allí donde le comentamos que pasaríamos un año en París y nos hizo prometerle que le visitaríamos en Niza, su ciudad natal, a donde pensaba regresar proximamente. Tiempo después, fieles a la promesa, en diciembre de 1989, Gladys, mi esposa entonces, Camila de cinco años y yo tomamos un tren en París que nos llevaría a la Costa Azul. Para entonces llevabámos suficiente tiempo en Francia para saber que Le Clezio era un autor de culto en Europa. Al que había tomado por un colega enigmático y excéntrico resultó ser un escritor reverenciado por las élites culturales parisinas, entre otras cosas por su renuencia a dejarse ver por ellas.
En las semanas previas yo había intentado leer Le Procès-verbal, su primera novela, que a los 23 años lo había hecho célebre. Me parecía una descortesía pasarme varios días en su casa sin conocer otra cosa que algunos ensayos de antropología purépecha, para mi gusto un tanto oscuros y oníricos, de su época michoacana. Pero encontré el libro aún más esotérico e intimista. Por fortuna cayó en mis manos Desierto, una maravillosa novela sobre los hombres azules del Sahara, que terminé en el vagón del tren. Cuando arribamos a la estación de Niza estaba un poco intimidado.
Pero nos encontramos a un Jean Marie tan genuinamente halagado de que le hubiésemos visitado que inmediatamente nos sentimos en casa. Esa noche me preguntó si podía ayudarle en algunos trabajos caseros que había prometido a Jemia desahogar durante las vacaciones de fin de año. Aprobé su plan, encantado de olvidarme por un rato de los libros del doctorado.
Los siguientes días nos propusimos construir un obstáculo para evitar que los perros invadieran una especie de huerto familiar que Jemia venía trabajando en el traspatio. Concebimos el proyecto la primera noche reunidos en torno a la mesa de la cocina, que parecía ser el centro de la vida de los Le Clézio. Consistía básicamente en imitar un dibujo que su hija Anna había hecho en el jardín de niños. Se trataba de una casa de techo triangular, rodeada por una cerca de estacas terminadas en punta, pintadas de un rojo brillante. Era una imagen sencilla que reproducía muy bien el estilo rústico, y algo cándido, que nos habíamos propuesto. Anna, la improvisada arquitecta de ocho años de edad, estaba exultante.
Mis habilidades manuales son inexistentes, pero el atuendo menonita con el que apareció el escritor al día siguiente, sugerían capacidades suficientes para construir graneros y cabañas a partir de un bosque virgen. Las herramientas pre industriales de Jean Marie reforzaban esa impresión.
Los problemas comenzaron de inmediato. Nos tomó media mañana afilar el extremo de una media docena de tablas. Primero trabajamos por separado, cada quien con su tabla, pero éstas se resistían a quedarse quietas mientras intentábamos mejorarles el perfil. Entonces decidimos atacarlas juntos, una por una, hasta que los machucones mutuamente inflingidos nos llevaron a concluir que las cercas terminadas en punta estaban sobreestimadas por los cuentos infantiles.
Optamos por hundir las tablas tal como venían, confiando en que su punta cuadrada y dispareja fuese percibida como una muestra de rusticidad sofisticada y no como una señal de incompetencia.
Habíamos pensado unir las estacas verticales con dos sendos tablones horizontales, paralelos al suelo, pero resultaron mucho más cortos que el perímetro de cinco metros que intentábamos encerrar. Así es que asimos las estacas con alambre y clavos en un lastimero rosario, como Dios nos dio entender. Por el resultado nadie dudaría que fuesemos ateos. Al final del día la cerca no era precisamente un Muro de Berlín. Más bien podía tomarse por la valla de una cárcel tercemundista. Nos consolamos con la esperanza de que la aplicación de un poco de pintura al día siguiente alegraría nuestra obra. Esa noche dormimos fatigados y felices, con la satisfacción que debieron experimentar los constructores de pirámides.
A la mañana siguiente la cerca había desaparecido. No es sólo que estuviera caída; los perros habían desenterrado buena parte de las estacas y las habían dispersado por el huerto. Lo tomamos como una ofensa personal y decidimos modificar el método de trabajo. El resto del día lo pasamos serruchando, lijando y atornillando. Hacia las cinco de la tarde contemplamos lo que parecía una cerca razonablemente profesional. Fuimos a la cocina a lavarnos y a informar ufanos que habíamos concluido la tarea. Abrimos un vino y con la familia en pleno regresamos al jardín para festejarlo. Encontramos a los perros destrozando lo que quedaba del huerto; se habían colado por debajo de la cerca –demasiado alta- mediante el simple recurso de escarbar ligeramente en la tierra blanda.
Esa noche vieja recibimos el año 1990 y brindamos por una vida llena de libros, periódicos y teclados, ausente de pinzas y serruchos. Al día siguiente nos dedicamos a rodar la costa en su viejo auto.
Nunca más lo he vuelto a ver. Su nomadismo y mis desarraigos desfavorecen los encuentros. Pero de vez en vez me sorprende el insomnio sospesando sobre la almohada nuevas y mejores técnicas para terminar la cerca inconclusa. www.jorgezepeda.net
10/19/08 4:17 AM - 3 comentarios
Nuestra justicia forense nunca ha tenido la calidad que exhiben los investigadores de CSI, o lo documentales de Discovery Channel capaces de describir lo que había comido Billy the Kid el día que fue asesinado, hace 137 años. Los peritajes nunca habían sido nuestro fuerte, pero hoy en día, contaminados por necesidades políticas, están peor que nunca.
Después de dos años de la muerte del periodista norteamericano Bradley Will en Oaxaca, la PGR ha logrado “descubrir”, repentinamente, una versión diametralmente opuesta a la que se conocía hasta ahora. Resulta que los disparos no fueron hechos desde más de 30 metros de distancia como lo habían demostrado videos, testimonios y reportes forenses del cuerpo y la ropa de la víctima, sino que fue liquidado prácticamente a quemarropa, a no más de dos metros de distancia. La media cuadra de diferencia no es un asunto menor, porque de allí se deriva que el asesino no fue un esbirro de la policía de Ulises Ruiz, gobernador de Oaxaca, sino uno de los manifestantes entre los que se encontraba el periodista. En suma, la PGR ha concluido que lo asesinó la propia APPO.
Lo menos que se puede decir de una conclusión tan extemporánea y tan conveniente políticamente para los intereses del PRI oaxaqueño, es que inspira desconfianza. Particularmente cuando nos enteramos que la PGR agradece haber contado con la valiosa colaboración de los cuerpos policíacos y autoridades del gobierno oaxaqueño, principales sospechosos antes del conveniente dictamen.
Justamente hace una semana, la CNDH emitió una recomendación en sentido contrario a las indagatorias de la procuraduría oaxaqueña, pues estas presentaban graves inconsistencias, eran incompletas y desechaban versiones y datos relevantes para conocer quién estuvo detrás del homicidio. A partir de sus propios peritajes, entre otros el análisis de la demora entre el sonido del disparo y el grito de dolor de Brad Will que se escucha en el video, la CNDH concluye categóricamente que fueron dos proyectiles lejanos y que no se originaron entre el grupo que lo rodeaba.
Esperemos que la CNDH sostenga su dictamen, aunque no hay garantía al respecto. No hace mucho, en el caso de la anciana indígena de Zongolica, modificó el peritaje inicial que establecía una violación tumultuaria de parte de militares, por otra que atribuía la muerte a causas naturales (gastritis), para coincidir con la versión de Felipe Calderón, urgido de descartar cualquier sospecha sobre el ejército. Eliminar 30 metros es un mero detalle, si se consideran las modificaciones radicales que se hicieron a la autopsia de la anciana.
Los periodistas no tenemos herramientas de análisis forense o peritajes ajenos a las versiones institucionales. Lo que si tenemos es un largo recuento de casos en que las conclusiones terminan coincidiendo con las necesidades políticas del momento. La tragedia de Oaxaca tiene todos los visos de haberse resuelto por la vía de un chivo expiatorio a modo. Un miembro de la APPO ha sido detenido y podemos estar seguros de que la (in) justicia oaxaqueña habrá de cebarse en su contra con todo el peso del dictamen de la PGR.
Pero la mayor injusticia es contra el propio Bradley Will. A juzgar por las evidencias que ofrece la CNDH no sólo habría muerto a manos de las fuerzas cuya represión intentaba denunciar periodísticamente. Peor aún, su asesinato habrá sido imputado al movimiento al que intentaba comprender y dar voz para el resto del mundo. Pobre Brad, asesinados dos veces. www.jorgezepeda.net
10/12/08 3:12 AM - 12 comentarios
La crisis de 1995 se ensañó en gran medida contra la clase media. La crisis que se avecina, en cambio, será devastadora para los más pobres. En el 95 la crisis bancaria se llevó “entre las patas” a las personas que habían contraído créditos para autos y viviendas; a los empresarios con deudas en dólares. El Barzón estaba formado por quienes tenían algo que perder. Desde luego, el encarecimiento de la vida afectó también a los que menos tenían. Pero Estados Unidos crecía a buen ritmo, lo cual significó que las remesas arreciaran, la depreciación del peso inundó de maquiladoras a la frontera y el exilio masivo al norte despobló las zonas más deprimidas de Zacatecas, Guerrero y Oaxaca. Mal que bien, los desposeídos pudieron echar mano de estrategias de sobrevivencia (entre ellas la siembra de marihuana ante la inviabilidad del cultivo del maíz).
La crisis que padeceremos a lo largo de los próximos dos años es de naturaleza distinta. No hay riesgo inminente de que algún banco se declare en quiebra, y tampoco nos acecha la amenaza de un Fobaproa II.
Pero no es el caso de la economía “real”, la que tiene que ver con el empleo y la producción. El jueves Hacienda informó que este año se crearían sólo 300 mil empleos en lugar de los 800 mil que se tenían contemplados. No es un dato económico, es una tragedia social. ¿Qué hará el medio millón de personas que iba a ocupar esos empleos? La recesión en Estados Unidos es un estremecimiento ondulatorio que provocará tsunamis sucesivos en la economía de los mexicanos de manera lenta pero implacable. No sólo porque dejará de absorber gran parte de los 400 mil mexicanos que solían irse cada año, también porque cerrarán maquiladoras, disminuirán los ingresos turísticos y descenderá el envío de remesas: verdadero subsidio a la pobreza.
El 40 por ciento de los beneficiarios de remesas son pobres, según la Sedesol. Pero con la disminución de envíos una porción importante del 60 por ciento restante engrosará las filas de los menesterosos.
En beneficio de Calderón y su gobierno habrá que decir que la crisis actual procede del exterior, mientras que la del 95 fue producto de errores de las autoridades de aquél entonces. Sin embargo las consecuencias políticas ahora pueden ser infinitamente mayores.
Lo que sucede en Morelos con la rebelión magisterial es un fenómeno complejo, imposible de abordar en este breve espacio, pero un indicio de lo que puede suceder con la creciente exasperación de actores sociales frente a la disminución de un pastel pequeño y mal repartido. La tentación de reprimir para salir del problema será enorme. En un contexto de tal explosividad social enfrentar la disidencia a golpes es la manera más rápida de incendiar la pradera.
Podemos no estar de acuerdo con Guillermo Ortiz o con Carstens, pero nadie puede negar que sean expertos en la materia.Sin embargo no puede decirse lo mismo de los operadores políticos de Calderón. Carecen de habilidades para negociar acuerdos estructurales, ya no digamos para desmantelar el campo minado en que habrá de convertirse la geografía nacional.
La pregunta del memorable libro de Julieta Campos, ¿Qué hacemos con los pobres? Es hoy más pertinente que nunca. Aunque esa pregunta bien podría trocarse en otra más dramática: ¿Qué van a hacer los pobres con el país que les desprecia? www.jorgezepeda.net
10/5/08 4:07 AM - 10 comentarios
A muchos extraña que Felipe Calderón pida la despenalización del consumo de drogas, tratándose de un presidente de filiación conservadora. Pero todo indica que la guerra civil en la que se ha convertido la lucha contra el Narco rebasa consideraciones ideológicas y exige medidas prácticas.
A mi juicio, el proyecto de ley que el Presidente presentó al Senado es provechoso, a condición de quitarle autocontenciones y mojigaterías.
Ciertamente, estábamos en el limbo con respecto al consumo. La ley vigente no castiga a un consumidor si se le considera adicto, pero tampoco establece las cantidades mínimas de posesión de uso personal, ni define con claridad la “dependencia”. Ello introduce una enorme discrecionalidad de parte de los jueces, con la consiguiente inequidad y corrupción. Peor aún, permite que muchos narcomenudistas apelen a su adicción para quedar libres, pese a ser capturados con sendos paquetes de drogas. La nueva ley define con precisión las cantidades que permiten diferenciar a un consumidor de un traficante.
El problema es que las dosis estipuladas en el proyecto de Calderón convierte en delincuentes a la mayoría de los consumidores. El límite de dos gramos de marihuana, inferior a un cigarro, condenaría a cualquier preparatoriano que antes podía acogerse a la evaluación de un juez prudente. Parece que los panistas se asustaron de su propia temeridad y a golpes de severidad decidieron inhabilitar su propio proyecto.
Esperemos que durante la discusión en el Congreso se reajusten estas minidosis de manera realista. Cuando Vicente Fox pasó un proyecto similar, los legisladores ampliaron los límites de manera significativa pero el mandatario terminó vetando la ley (todo indica que por presiones de Estados Unidos). Me parece que, con ese antecedente, Calderón decidió proponer dosis menores que el proyecto original de Fox (bajó el límite de 5 a 2 gramos de marihuana), bajo la consideración de que se trataba de niveles ya aprobados por los panistas y sectores conservadores. El Presidente esperaría que fuese el Congreso el que ampliara las dosis a límites razonables, de tal manera que la nueva ley fuese de responsabilidad compartida. Ojala así sea.
Con todo, la iniciativa es importante. El consumo de drogas es un problema de salud pública, no de justicia. Si bien el consumo de drogas es perjudicial, carece de sentido llevar a la cárcel a alguien para protegerlo de sí mismo. Sostener una ley que no se puede aplicar es absurdo, además de que favorece la corrupción: según la última encuesta difundida por la Secretaría de Salud 4.5 millones de habitantes admiten haber consumido alguna droga en México (la cantidad real debe ser aún mayor). No hay cárceles suficientes para encerrar al equivalente de la población de Guadalajara. Peor aún, el paso por la prisión es la manera más rápida de convertir en criminal a un adicto o un consumidor.
Sacar de la clandestinidad al consumo de drogas, y dejar de ver a los “usuarios” como delincuentes permitirá ampliar los programas de apoyo en contra de la adicción. Despenalizar el consumo es importante para concentrar la lucha en los narcotraficantes. La solución real pasa por legalizar la venta y no sólo el consumo, y regularlos como al alcohol. Pero es claro que la correlación de fuerzas y el poder de Estados Unidos, impiden una decisión netamente mexicana. El proyecto de Calderón puede ser útil, a condición de modificarlo para hacerlo realista y práctico. www.jorgezepeda.net
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