02/24/08 4:18 AM - 10 comentarios

El boxeador versátil

Nadie puede acusar a Jorge Kahwagi de ser un holgazán. Es el joven con más oficios que se recuerde: boxeador, diputado federal, coordinador de fracción del Partido Verde, actor, integrante de Big Brother, dueño del periódico Crónica de Ciudad de México, empresario de distintos negocios, presidente del PANAL, ex hijastro de Elba Esther Gordillo, rival del luchador el Cibernético, cortejador de actrices y modelos y … beneficiario multimillonario de la Lotería Nacional “para la asistencia pública”.

Nadie puede acusarlo de holgazán, pero sí de algunas otras cosas. Diversas notas periodísticas publicadas a lo largo de la semana dan cuenta de la reciente asignación por parte de la Lotería Nacional de un sospechoso contrato a un negocio de Kahwagi, la clínica Médica Londres, por valores de 16 y 40 millones de pesos.

El asunto no tendría mayores consecuencias si no fuera porque se sabe que el director de la Lotería Nacional, Francisco Javier Yáñez, y el propio Kahwagi pertenecen al grupo político de Elba Esther Gordillo. Yáñez fue secretario particular de la Maestra y ocupa la dirección de la Lotería a partir de este sexenio. Como se sabe Elba Esther habría recibido de Calderón varias posiciones a cambio de su apoyo electoral: el ISSSTE, dirigido por Migue Ángel Yunes, y la subsecretaría de la SEP, encabezada por su yerno, además de Lotería Nacional.

Por su parte, las relaciones de Jorge Kahwagi con la Maestra son longevas y profundas. Durante mucho tiempo el padre de Jorge y ella fueron pareja sentimental. La propia Elba Esther afirma “Lo quiero mucho desde hace muchos años. Pretendí no ser su madrastra, sino su mamá postiza”. Su padre, el empresario Jorge Kahwagi Gastine, de origen libanés, acrecentó su fortuna al hacer negocios con el sector público en la implementación de programas para la emisión de documentos oficiales, digitalización de imágenes, y chips de seguridad a identificaciones.

El joven entró a la política gracias a Elba Esther, quien le gestionó una diputación plurinominal por el Partido Verde en 2003. Una vez convertido en diputado, la Maestra, jefa de la bancada priista en esa legislatura (2003-2006), consiguió hacerlo coordinador de los diputados verdes. Cuando ella solicitó licencia, luego de su pleito con Madrazo a propósito del IVA, el Partido Verde aprovechó la desaparición de su tutora para cambiarlo.

El año pasado Elba Esther decidió convertirlo en el tercer presidente que ha tenido el PANAL, el partido de los maestros (aunque ninguno de sus presidentes haya sido profesor). A juzgar por los entuertos de la Lotería Nacional, la Maestra está decidida a seguir enriqueciendo arcas y curriculum de su “hijo postizo”.

Kahwagi se ha defendido asegurando que el contrato recibido por su hospital es fruto de una invitación ganada a pulso. Para su desgracia, tal defensa resulta ingenua luego de conocerse la manera en que la Lotería Nacional hace tales invitaciones. La Secretaría de la Función Pública amonestó a diversos funcionarios de esta institución por convocar a varios hospitales el año pasado a “una licitación” pero estableciendo exigencias tales como tener habitaciones de nombre “Esmeralda”, lo que sólo cumplía el Hospital Ángeles Metropolitano. Cabría preguntarse qué requisitos exigió para otorgar 40 millones a un pequeño hospital ubicado cerca de Toluca: ¿Qué el nombre de su propietario empezará con K?

Más allá de esta transferencia de dineros supuestamente destinados a la beneficencia pública, la trayectoria toda de Kahwagi es un fiel reflejo del deplorable estado de cosas entre la clase política actual. Puntualmente no podemos esperar gran cosa de la investigación. Si simplemente fueron amonestados y aún conservan sus puestos funcionarios que amañan concursos con nombres de habitaciones, ¿qué podemos esperar en contra del presidente de un partido, ahijado de la mujer más poderosa de la administración calderonista.

El problema no es simplemente la desviación de recursos o el enriquecimiento inexplicable. Sí sólo fuera eso nos daríamos por bien servidos. Los mexicanos tenemos siglos de entrenamiento como para que nos asusten 40 millones desviados o las canonjías económicas que recibe el sindicato de maestros. Se trata de algo mucho más grave: la sensación de que los dueños de poder pueden hacer impune y absolutamente lo que les plazca con los intereses de todos.

No tengo ningún inconveniente de que los poderosos enriquezcan a sus vástagos hasta que los hinchen de lujos y placeres. Pero no encuentro motivos para que los pongan en la escena pública en la que se define el destinos del resto de los mexicanos. Ni siquiera las viejas monarquías ponían al reino en las manos del vástago frívolo e irresponsable.

Felipe Caderón y en general los panistas caminan por la vida señalando con dedo flamígero la pobreza moral de sus rivales priistas y perredistas. Aseguran que su partido instalará la decencia y el orden moral. Pero el pago de favores con cargo a la Nación que ha conseguido el grupo de Elba Esther a cambio de los votos otorgados a Calderón constituye una de los pasajes de corrupción más escandalosos en muchas décadas.
¿Con que cara puede Calderón denunciar la irresponsabilidad de la clase política que rechaza las reformas? ¿Qué solvencia moral tienen sus reclamos al egoísmo de los empresarios? Para saldar los adeudos de la vergüenza el presidente está dispuesto a entregar la educación básica del país, el futuro de la niñez, a un grupo político corrupto y consentir que el playboy de Big Borther se convierta en uno de los actores políticos más importantes del país.

Es explicable que los padres del joven díscolo que se encaprichó con el boxeo y las actrices hayan conseguido un título mundial con rivales de bulto y lo festejen con yates y viajes. Pero convertirlo en coordinador de diputados, presidente de partido y dueño de periódico, simplemente porque el presidente les debe favores es deplorable, aunque el amor filial sea ciego. Por lo que respecta a Caderón esta doble moral resulta simple y llanamente imperdonable. (www.jorgezepeda.net)

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02/17/08 3:51 AM - 9 comentarios

La “traición” de Cárdenas y Zavaleta

Alguna vez un alto funcionario de Gobernación me dijo que la guerrilla campesina en México había sufrido más bajas por purgas internas que por la acción del ejército o los aparatos de seguridad. Me aseguró también que la estadística demostraba que si un militante llegaba a liquidar a alguien, lo más probable es que la víctima fuese un disidente o correligionario, no un policía o un soldado.
No tengo manera de comprobar el dicho, pero ciertamente hay muchas evidencias de esta extraña animadversión que suele afectar a la izquierda en contra de sí misma. He vuelto a pensarlo luego de presenciar los virulentos ataques de muchos perredista en contra de Cuauhtémoc Cárdenas y de Ruth Zavaleta, por distintos motivos, en los últimos días.
El “pecado” de ambos fue separarse de la línea marcada por López Obrador. Columnistas y moneros de la prensa de izquierda dejaron en paz a los “sospechosos usuales”, para concentrar su crítica en el fundador del PRD, otrora líder moral, y en la actual presidenta de la mesa directiva de la Cámara de Diputados. Cárdenas se ha deslindado de las denuncias de López Obrador en el sentido de que el gobierno está preparando la privatización de Pemex. Por su parte, Ruth Zavaleta afirmó que El Peje parecía “un busca pleito de taberna”, luego de que el tabasqueño aseguró que Juan Camilo Mouriño gustaba de “agarrarle la pierna a quien se dejara”, en clara referencia a la reunión que el funcionario sostuvo con Zavaleta.
No tengo espacio para comentar si la estrategia de López Obrador es la correcta o, incluso, si podría ser diferente. Tampoco me interesa aquí dilucidar quiénes son “los buenos” y quiénes los “malos” en estos pleitos. Basta decir que Ruth Zavaleta, pareja sentimental de René Arce, líder de una de las llamadas “tribus”, pertenece a la corriente de Los Chuchos, pero cultiva profundos rencores hacia Carlos Navarrete, otro líder de esa corriente y coordinador del partido en el Senado.
Lo que me interesa señalar es que este virus autodestructivo suele cebarse en particular entre la izquierda, aunque eso no es privativo de México. Son legendarias las purgas entre los movimientos revolucionarios de toda índole. Hace unos años se decía en sorna que toda agrupación trotskista de tres miembros tarde o temprano terminaba escindida en cuatro fracciones. Trotsky mismo y su grupo fueron exterminados no por el enemigo de clase contra el que se habían rebelado, sino por los estalinistas, compañeros de gesta política.
Por alguna razón las derechas suelen arreglar sus diferencias sin pasar por la guerra civil. No es que no las tengan, pero parecería que las tensiones con el “enemigo interno” terminan subordinándose a la lucha contra el enemigo externo. No así en las organizaciones de izquierda aquejada de un verdadero canibalismo político.
Ciertamente es notorio que Los Caballeros de Colón nunca se hayan ido a la yugular de los Legionarios de Cristo. El PAN ha sufrido cualquier cantidad de escisiones desde su fundación, pero sus confrontaciones han carecido de la intensidad que han reservado a sus rivales externos. Por su parte, los priistas no permiten que sus convicciones (o la ausencia de ellas) les lleve a “matarse” por razones políticas. Pueden hacerse trizas en razón del botín, pero carecen de la entereza moral para profesar una militancia que justifique pasiones y fervores. La negociación y el reparto suelen ser el colofón de toda confrontación priista.
¿De dónde viene la fascinación de la izquierda por las purgas implacables? Sin duda tiene mucho que ver el hecho de que lleva inscrita en sus códigos genéticos todas las versiones de la derrota desde tiempos inmemoriales. Buscar el cambio o la subversión en contra de los poderes establecidos es una actividad con escaso porcentaje de éxito (de entrada, la confrontación es desigual).
Al margen de la sinceridad de las convicciones, militar en la derecha suele ser infinitamente más cómodo que militar en la izquierda. Ambos compromisos pueden ser sinceros y entrañar sacrificios, pero estar del lado de los poderosos tiene muchas compensaciones. En la izquierda, en cambio, la preservación de los ideales adquiere una valoración decisiva, porque es el motor del compromiso político y la razón misma de la militancia. De allí la necesidad de “cuidar” la lealtad y la pureza de los ideales.
Militar en la izquierda es saberse en el límite de la legalidad. Ya sea porque el movimiento violente las normas deliberadamente para conseguir sus fines, o sea porque el sistema “desplace” la interpretación de las leyes para castigar a los inconformes. Lo cierto es que aquellos que quieren cambiar el status quo, se saben vulnerables y están a la defensiva. El precio personal a pagar puede llegar a ser enorme; en tales circunstancias el daño que provoca la traición también lo es.
De allí que toda disidencia es considerada una infidelidad a los ideales originales y, eventualmente, una traición literal al movimiento. El abandono de las posiciones ideológicas siempre entraña la sospecha de haberse prostituido. No hay espacio para admitir el error. El disidente es alguien que ha caído en las redes del enemigo. Disentir de las posiciones de El Peje es lo mismo que estar con Calderón, significa haber sido cooptado por el oro o las posiciones que ofrece el sistema. El odio mostrado a Cuauhtémoc Cárdenas o a Ruth Zavaleta no es el que se dispensa a un colega con el que se comparten muchas cosas aunque se difiera en algunas coyunturas. Es el resentimiento con el que se distingue al traidor.
La izquierda radical no ve ningún problema en echarse en brazos de Porfirio Muñoz Ledo, Marcelo Ebrard, Manuel Camacho, Dante Delgado y otros ex priistas con los cuales debatieron durante décadas. Pero encuentra natural linchar a Amalia García, a Los Chuchos, a Cuauhtémoc, fundadores todos ellos de los partidos de izquierda, por el crimen imperdonable de no coincidir con el jefe actual. Al margen de cuál de las facciones tenga la razón (no es el tema), el hecho es que el canibalismo político de la izquierda, como tanta otras veces, se ha convertido en el mejor aliado de sus adversarios. No comparto la frase clásica, pero podría entenderla: “with this left, I better left”. (www.jorgezepeda.net)

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02/10/08 4:15 AM - 8 comentarios

Leonardo Valdés, el sommelier

En las últimas 48 horas he preguntado a diestra y siniestra a especialistas electorales y actores políticos su parecer sobre las nuevas designaciones del IFE. ¿A quien beneficia su nombramiento? ¿Cómo queda la correlación de fuerzas entre los tres partidos? ¿Mejora o empeora el desempeño del IFE? ¿Quién es en realidad Leonardo Valdés Zurita? Durante semanas los legisladores habían deshojado margaritas con nombres mucho más conspicuos (Góngora, Ezra Shabot, Mauricio Merino, Diego Valadez, entre otros), de tal manera que la anticlimática designación de estos tres casi desconocidos ha provocado desconcierto. Salvo la inmediata descalificación por parte de López Obrador, quien de inmediato aseguró que eran más de lo mismo, el resto de las fuerzas políticas apenas comienza a hacer el recuento de posiciones.

Leonardo Valdés Zurita está vinculado a la corriente de José Woldenberg tanto en términos de su experiencia dentro del Instituto en calidad de director ejecutivo de organización del IFE, como a su militancia política en el Partido Mexicano de los trabajadores y en el Partido Mexicano Socialista, a los que representó ante la Comisión Federal en los comicios de 1985 y 1986. De esa época data un matrimonio previo con Itzel Castillo, hija de Heberto Castillo. Es licenciado en economía por la Universidad Anáhuac y doctor en ciencias sociales por el Colegio de México. Valdés pasaba por un período de “vacas flacas” que lo había llevado a instalarse en León como profesor de tiempo completo en la escuela de Derecho la Universidad de Guanajuato, desde hace casi tres años. Él y su esposa, Beatriz Calderón, invirtieron sus ahorros para fundar en aquella ciudad una academia de gastronomía, Agatha, para formar a chefs y sommeliers (en León se considera a Valdés como un experto catador de vinos finos).

La llegada de Valdés a la presidencia del IFE es resultado de la accidentada rebatinga entre los partidos que llevó a vetar a los candidatos más fuertes. La virtud de Valdés reside en los justos medios. Nadie podía objetar sus credenciales académicas y su amplia experiencia electoral y todas las fuerzas políticas podían encontrarle alguna virtud. El PRD lo propuso porque proviene de la misma izquierda democrática de donde proceden algunos miembros de la corriente de “Los Chuchos”, fracción dominante del PRD en las cámaras. El PAN habría de reconocerle que como consejero del Distrito Federal votó a favor de Santiago Creel cuando éste rebasó sus cuentas de campaña en la elección del 2000. El PRI y el PAN aún recuerdan que votó en contra de aceptar la candidatura de López Obrador porque a su juicio no cumplía los requisitos de residencia para contender por el gobierno de la ciudad de México.

Con tales antecedentes Valdés resultó la única posibilidad de destrabar las mutuas desconfianzas entre los partidos; permitía “darle” al PRD la presidencia del IFE sin que PAN y PRI sintieran que estaban poniendo en riesgo sus propios intereses. Los lopezobradoristas, única fuerza que podía objetar tal nombramiento, carecían del poder numérico para revertir la decisión de la mayoría de sus colegas perredistas.

En realidad de los tres nuevos consejeros, la relación de Valdés con el partido que lo propuso, el PRD, es la más laxa o distante. Los otros dos, Marco Antonio Baños y Benito Nacif, mantienen vínculos más cercanos con el PRI y el PAN respectivamente. De los tres nuevos consejeros sin duda el más cuestionado es Baños tanto por su trayectoria profesional como su parcialidad política. La actual consejera electoral, Lourdes López, ahora colega de Baños, presionó su salida como funcionario del IFE en 2003 justamente por el uso faccioso de la organización electoral. Baños trabajó para la institución durante 17 años y se le considera parte de los remanentes de la secretaría de Gobernación, ministerio al que antes pertenecían los organismos electorales. Es un hombre cercano a Felipe Solís Acero, para quien trabajó en Gobernación y a Manlio Fabio Beltrones.

Benito Nacif, doctor en ciencia política de Oxford y académico del CIDE, fue asesor de Diódoro Carrasco en el gobierno de Oaxaca (ahora diputado panista y presidente de la comisión que filtró los candidatos al IFE), y asesor de la alcaldía de Naucalpan. Se le considera un conservador ilustrado, “a quien le provocan ronchas todo lo que suene a izquierda o a populismo”, me confió un amigo común. Pero en los últimos años ha ganado prestigio como director del proyecto “Monitor Legislativo” que evalúa el desempeño de los legisladores sin importar su militancia.

¿Qué partido ganó con la designación de estos tres consejeros? El primer corte de caja resultaría favorable al PRI. Todo indica que ni Valdés ni Benito Nacif estarían dispuestos a hacer por los partidos que los “apadrinaron”, PRD y PAN, lo que Baños haría incondicionalmente por el PRI. Por otro lado, los dos consejeros que ahora salen Rodrigo Morales y Alejandra Latapí no eran considerados activos del tricolor. Rodrigo Morales fue vetado por Germán Martínez, el nuevo presidente del PAN, por diferencias personales y Alejandra Latapí recibió tarjeta roja de parte de los priistas, quienes se consideraban engañados: ellos la habían postulado al IFE pero la ahora ex consejera no escondió sus simpatías por el PAN. Sin embargo, el partido de Calderón tampoco queda desprotegido. Logró conservar a Arturo Sánchez, su principal activo en el instituto y habría un acuerdo tácito de que en la siguiente tanda gozaría de “primeras selecciones”.

Más allá de estos avances y retrocesos, me parece que algo ganamos todos con el cambio neto que representa Lorenzo Valdés sobre Luis Carlos Ugalde. El nuevo presidente ciudadano está muy lejos de tener el prestigio de aquella camada de notables como Woldenberg, Granados Chapa u Ortiz Pinchetti, por mencionar algunos. Pero goza de una trayectoria limpia y carece de padrinos políticos señalables. No es mucho para arrancar, pero tendrá que alcanzar. Es tal el descrédito del IFE y tan profundas sus divisiones internas que el sommelier Valdés tendrá que sacar vino de las piedras para que los ciudadanos vuelvan a confiar en esa institución. (www.jorgezepeda.net)

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02/3/08 10:14 AM - 23 comentarios

Y venimos a contradecir

Podemos esgrimir argumentos de aquí al Tricentenario y seguiríamos sin convencernos unos a otros en materia de apertura alimentaria. El problema del maíz justifica con cifras lo mismo un barrido que un regado. Cifras que moralmente invitarían a algunos a buscar la salida con un levantamiento armado y estadísticas contundentes que ruborizarían de placer al FMI o al Chase Manhattan Bank.

Tienen razón quienes afirman que el sector agropecuario ha crecido más con el TLC que sin él. En lo setentas México producía alrededor de 9 millones de toneladas de maíz, hoy supera los 20 millones, prácticamente con la misma superficie dedicada a ese cultivo (7.4 millones de hectáreas). No sólo eso, en el mismo lapso, las importaciones de maíz amarillo para forrajes que propició el TLC hicieron de México el cuarto productor de huevo y pollo del mundo y el sexto de cerdo.

Pero también tienen la razón los que afirman que los cambios introducidos por el TLC hicieron del campo una fábrica de pobres y desempleados. En el sexenio de Fox, según sus propios informes de gobierno, las personas ocupadas en el sector primario pasaron de 7.1 millones a 5.2 millones, es decir una pérdida neta de casi dos millones de empleos. Un promedio de más de 300 mil empleos perdidos por año. No es de extrañar que la cifra anual de personas que intentan entrar a Estados Unidos sea superior a 400 mil.

Las cifras de producción remiten al éxito, las cifras de población a la vergüenza. La pobreza en México es desproporcionadamente rural. Casi la mitad de la población del campo vive en la pobreza extrema, y casi 90 por ciento se encuentra debajo de la línea de pobreza moderada. Los economistas oficiales afirman, con razón, que la miseria de los campesinos no es una creación del TLC sino un fenómeno crónico y secular. Allí estaba antes de que la filmara el Indio Fernández y la Época de Oro del cine mexicano, y allí estaba durante y después de la Revolución que se hizo en su nombre.

Pero tampoco hay duda de que el TLC ha sido el Dr Kavorkian del campesinado. Basta decir que según la Encuesta Nacional de Ingreso y Gasto de los Hogares, la pobreza rural extrema aumentó en más de un millón de personas de 2004 a 2005. El TLC disparó el crecimiento de algunos islotes vinculados a la exportación, ciertamente, pero también propició el empobrecimiento del océano campesino, incapaz de competir con el mercado externo.

El debate ha sido confuso no sólo por la “bipolaridad” de las cifras, que se presta a toda suerte de esquizofrenias, sino por la escasa autoridad de aquellos que las enuncian. La calidad moral de los líderes del PRI y de la CNC que hoy se desgarran vestiduras en defensa de los campesinos y en contra del TLC provoca resquemor. Hay escenarios de box en los que basta ver a los que están en una esquina del ring para enlistarse en automático en la esquina contraria. Salvo que al acudir a esta esquina nos encontramos a otro buen número de impresentables. De un lado Manlio Fabio, Emilio Gamboa, Porfirio Muñoz Ledo y una caterva de líderes agrarios que hoy repudian lo que ayer ellos mismos nos impusieron. Del otro, funcionarios, gobernadores y empresarios vinculados a los oasis de agricultura de exportación y a la actividad pecuaria, para quienes la miseria campesina es un efecto secundario, un daño colateral, un mal menor de la globalización. La decisión no debería tomarse por los intereses de los actores políticos que manipula en su provecho la negociación, sino por el bienestar de los actores sociales.

A mi juicio el TLC era ineludible, pero se aceptó en condiciones lamentables. México no obtuvo concesiones a pesar de que 25 millones de personas vivían en el campo y su actividad representaba 8 por ciento del PIB (hoy apenas el 3.4%). Ambas cifras eran proporcionalmente muy inferiores en Estados Unidos y en Canadá y, no obstante, ambos países conservaron políticas proteccionistas con respecto a sus agricultores. Los funcionarios mexicanos tenían argumentos de peso para haber desarrollado una especie de Plan Marshall de los tres países para conjurar el efecto devastador en un sector tan vulnerable a la apertura. Pero no les importó. Salinas y su gabinete de Princeton y Harvard decidieron que los campesinos no cabían en el México globalizado que habían diseñado: o cambiaban o desaparecían. El TLC no fue firmado en su nombre, sino en la presunción de su futura inexistencia. Los que inundaron el Zócalo el jueves pasado no deberían existir quince años después del Tratado, pero aquí están para contradecir.

El desdén hacia el campo no ha cambiado con los gobiernos de “alternancia”. Desde el arranque del sexenio Felipe Calderón ubicó a la Secretaría de Agricultura dentro del gabinete social, y no en el productivo. La agricultura de temporal es inventariada en los temas de pobreza mucho más que en los de crecimiento económico. No existen estrategias para hacer viable la agricultura tradicional y las economías campesinas. Los programas rurales tienen mucho más que ver con la caridad que con la eficacia productiva. Los técnicos asumen que de alguna manera todos habrán de convertirse en braceros, albañiles o simplemente tendrán el decoro de desaparecer convenientemente de la faz de la tierra. Lo cierto es que los planes de desarrollo no los contemplan.

Habría que insistir en que la decisiones económicas no pueden tomarse al margen de las personas. Los gobiernos están allí para representar los intereses de la población existente. Quizás no sea lo más rentable, desde el punto de vista estrictamente económico, el impulso de subsidios y políticas públicas para sanear la economía campesina, pero a la larga será mucho más conveniente que canalizar fortunas ingentes para paliar la pobreza y la desigualdad que deriven del desmantelamiento de la economía rural. En última instancia no es un asunto de rentabilidad sino de justicia. Son mexicanos, con toda razón exigen que su gobierno defienda su derecho a existir. www.jorgezepeda.net

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