12/30/07 2:34 AM - 9 comentarios
Ser una persona decente no es cosa sencilla. Hace una semana sugerí la lectura de una media docena de libros para el paréntesis navideño. Ahora sólo hablaré de un volumen aún cuando no estoy seguro de recomendar su lectura. Se trata de un libro sobre la maldad, no obstante llevar por título Las Benévolas, escrito por Jonathan Littell.
No es casual que esta novela se haya convertido en el libro del año en Europa y recibido el premio Goncourt, máximo galardón literario francés. Relata las memorias de Maximilian Aue, un funcionario de la SS a quien “le tocó” exterminar y torturar a enemigos políticos del régimen Nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Pero no se trata de una obra más sobre el Holocausto. Se trata más bien, y de allí la conmoción que este libro ha causado, de la manera en que el ser humano puede cometer las mayores atrocidades en nombre de la fe, el bien común o simplemente por la legítima necesidad de hacer su trabajo de manera correcta y eficiente.
O como el propio autor lo señala en una entrevista al diario El País: “ocurre que muchos chicos y chicas de cualquier Estado americano eligen marcharse a Irak a torturar gente. Éticamente están muy confundidos, está claro. Pero se puede entender esta confusión cuando existen juristas que en ese país legitiman la tortura, ¿qué puedes esperar? Cuando se les da una formación militar con arreglo a eso, ¿qué esperas? No puedes esperar que alguien no te torture porque sea un buen tipo y se apiade, debes exigir que nadie torture a nadie, sencillamente porque existen leyes que lo prohíben y que eso se castigue”.
La verdadera maldad no se encuentra en el comportamiento de los sicópatas, sino en la aceptación activa del hombre común y corriente que se convierte en una máquina trituradora de otros hombres. Así lo explica el propio torturador: “en el programa de exterminio de los enfermos, seleccionados mediante disposiciones legales, los recibían en un edificio unas enfermeras profesionales que registraban la entrada y los desnudaban; unos médicos los examinaban y los llevaban a un cuarto cerrado; un operario abría el gas; otros, limpiaban; un policía extendía el certificado de defunción. Cuando, después de la guerra, interrogaron a esas personas, todas dijeron: ¿Culpable yo? La enfermera no mató a nadie, se limitó a desnudar y a tranquilizar a unos enfermos, gestos habituales en su profesión. El médico tampoco mató a nadie; sencillamente confirmó un diagnóstico, ateniéndose a criterios fijados por otras instancias. El peón que abre la llave del gas, esa persona que es, pues, la que se halla más próxima en el tiempo y en el espacio al asesinato, realiza una operación técnica bajo el control de sus superiores y de los médicos. ¿Quién es culpable, pues? ¿Todos o nadie? ¿Por qué iba a ser más culpable el operario encargado del gas que el operario encargado de las calderas, el jardín o los vehículos?”
Esto es válido incluso para el soldado que dispara su fusil en la sien de otro hombre. El condenado fue puesto allí por otros hombres. El que aprieta el gatillo no es más que el último eslabón de la cadena de quien se espera no se haga más preguntas. “Como la mayor parte de la gente, no pedí convertirme en asesino, Si hubiera estado en mi mano, me habría dedicado a la literatura”, concluye el oficial nazi.
Ciertamente hay sicópatas en la guerra que se solazan con la crueldad. Pero las atrocidades masivas son cometidas por hombres y mujeres que siguen haciendo en la guerra lo mismo que hacían durante los tiempos de paz: obedecer órdenes. “Los hombres corrientes que forman el Estado son el auténtico peligro. El auténtico peligro para el hombre soy yo, y sois vosotros”, dice el personaje.
Él no escogió estar allí de la misma forma que la víctima tampoco lo hizo, argumenta el torturador. ¿De veras? ¿No hay elección? ¿Lo único que nos separa de convertirnos en un asesino –peor aún en un torturador- son las circunstancias? Creer eso y aceptarlo es la verdadera maldad, y esa es en el fondo, la tesis de este libro terrible y desesperanzador.
Cientos de miles de iraquíes inocentes han muerto “por culpa de nadie”. Ellos no participaron en el ataque a las torres de Nueva York y la mayoría no habían tenido alguna relación con norteamericanos como los que oprimieron el gatillo que cegó sus vidas. No es “culpable” el académico neoconservador que en calidad de asesor impulsó la tesis del “castigo preventivo contra los enemigos de Norteamérica”, ni el presidente reconvertido al evangelio urgido en dar un golpe por razones de Estado, ni el general eficiente que optimiza el número de víctimas. Y desde luego tampoco es culpable el soldado que dispara a un turbante amenazador. Ni el oficial que “interroga” prisioneros, convencido de que la información que arranque salvara vidas de compatriotas. Todos “hacen” su deber. Sólo son personas cumpliendo con su trabajo, es decir, desencadenando el mal, de manera sistemática, atroz y devastadora.
Es exactamente el mismo mecanismo que permite la reproducción de la corrupción o la injusticia en México. Eso es lo que lleva a muchas personas a dormir con tranquilidad a pesar de trabajar en juzgados y prisiones de Chiapas que han condenado a chivos expiatorios por la matanza de Acteal; o lo que conduce a ministras de la Suprema Corte como Olga Sánchez Cordero a votar a favor del “gober precioso” y su procuradora, a pesar de que eso abrirá la impunidad de otros gobernadores para torturar y victimizar. La verdadera maldad no reside en el pederasta que atormenta a menores, el funcionario que urde corruptelas o el judicial que secuestra personas en sus ratos libres. El corazón del mal consiste en creer que eso no tiene que ver con nosotros, y que, cuando lo tiene, creer que el hecho de obedecer órdenes nos exime de toda responsabilidad. El verdadero mal consiste en vivir de rodillas. www.jorgezepeda.net
12/23/07 3:17 AM - 8 comentarios
No es fácil dejar de hablar de los pecados capitales de la clase política y de los “sospechosos usuales” de la escena pública. De alguna forma las Gordillo y los “gober preciosos” se dan maña para inquietarnos aun en vacaciones. Pero haciendo a un lado lo que los villanos confabulen mientras festeja el resto de los mexicanos, me permito sugerir algunas lecturas para procurar el sosiego en el compás de espera navideño.
Comienzo con La Carretera, del norteamericano Cormac McCarthy (Literatura Mondadori), autor del afamado libro Todos los hermosos caballos. Es un poderoso relato de sobrevivencia en un mundo destruido por la hecatombe nuclear, en el que un padre y su pequeño hijo marchan hacia el mar en busca de un posible paraíso. En el camino deben sortear toda suerte de penurias y a las bandas depredadoras en que se ha convertido una sociedad exclusivamente dedicada al despojo. Con todo, es un texto luminoso por la inquebrantable bondad del niño que impide a su padre ceder a la maldad a la que todos los seres humanos parecerían estar condenados. Un libro duro pero esperanzador, que nos recuerda el sencillo heroísmo que entraña mantenerse del lado de “los buenos”.
Unos años antes, la recién galardonada con el Nobel Doris Lessing escribió un libro hermoso con un tema similar: Mara y Dann. Ella de nueve y él de cinco años de edad, emprenden una larga travesía por tierras de un planeta devastado por una sequía atroz. Los niños viajan acompañados por adultos desconocidos pero amigables que les toleran y protegen ante los incesantes peligros. Los dos hermanos (y el propio lector) poco a poco comenzarán a entender el papel que ellos tienen en el destino de esas extrañas tierras. Lo mejor del texto es la habilidad de la autora para contarnos este exótico relato de amor y compasión exclusivamente desde la mirada peculiar de esta niña convertida en protectora de su hermano.
El que haya disfrutado la serie de televisión Roma, habrá de interesarle la novela Imperium, del inglés Robert Harris, sobre la vida de Cicerón, el extraordinario tribuno y orador, justamente uno de los personajes centrales de la serie de HBO. La novela está escrita a manera de supuestas memorias del legendario Tiro, esclavo secretario de Cicerón, a quien se atribuye la invención de la taquigrafía. La novela describe a uno de los “animales políticos” más talentosos que ha generado la historia mundial. Sin partido , fortuna o padrino, Cicerón, un ferviente republicano, se las ingenió para imponerse a los poderosos una y otra vez gracias a su poderosa labia y su conocimiento de la naturaleza humana.
Irvine Welsh es una persona con quien seguramente usted no dejaría salir a su hija, pero escribe libros tan divertidos como astutos. Autor del famoso Trainspotting, llevada al cine, este escocés se ha colado en la “alta literatura” escribiendo sobre la escoria del Reino Unido (justamente uno de sus libros se intitula Escoria; otros, Acid House, Éxtasis, Cola, Porno). El más reciente, publicado por Anagrama, tiene un título intrigante. Secretos de alcoba de los grandes Chefs. Es la zaga de un joven funcionario, juerguista irredento, carcomido por la duda de conocer la identidad de su padre, de quien sólo sabe que en la actualidad es una gran chef de cocina. En el caso de Irvine Welsh el pretexto es lo de menos; también esta trama le sirve para ofrecernos frases punzantes y viñetas hilarantes sobre la sociedad de consumo, el futbol, el rock bueno y la lenta pero inexorable destrucción del hígado que propicia la adicción a un pub inglés.
Desde el otro extremo, pero no menos divertida, es la novela El curioso incidente del perro a medianoche”, de Mark Haddon, un libro que, como indica su promocional, no se parece a ninguno otro. Es un relato aparentemente ingenuo e inocente sobre un chico de quince años, que padece una forma de autismo, que si bien lo convierte en genio matemático le inhabilita para percibir las sensaciones, mentiras y dobles sentidos de los adultos. Christopher es amante de Sherlock Holmes y de los poderes de la deducción racional, y aplicará su virtuosismo para descubrir quién mató al perro de su vecina. Pero en el camino descubrirá los secretos más íntimos de los adultos condescendientes que le rodean, para espanto de éstos, y de paso mostrará al lector las miles de pequeñas incongruencias que entretejen nuestra vida cotidiana. Un libro soberbio e inolvidable.
Si de plano no tiene interés en explorar nuevos autores y quiere algo seguro, capaz de hacerle ignorar la música banda de los que acampan al lado, Stephen King, el amo del terror, sigue siendo infalible. La historia de Lisey, de Plaza Janés, con sus 600 páginas le asegurará varias noches en vela. Lisey es la viuda de un afamado autor de novelas que además de una cuantiosa herencia deja un último manuscrito… Lo demás corre por cuenta suya.
Ahora bien, si usted encuentra que las novelas no son lo suyo y no quiere darle vacaciones a “los malosos”, entonces le sugiero Los Amos de México, de editorial Planeta, un libro que acabo de publicar como coordinador de un grupo de colegas periodistas. Es una investigación de la vida de once multimillonarios mexicanos: Carlos Slim, Emilio Azcárraga, Alberto Bailleres, Lorenzo Zambrano, María Asunción Aramuruzabala, Lorenzo Servitje, Roberto Hernández, Olegario Vázquez Raña, Jorge Vergara, Roberto González, Los Ramírez de Cinépolis. Conocer quiénes son, más allá de las notas y fotos de sociales, es una manera mucho más efectiva para empezar a conocer el verdadero México. Por lo demás, estas once biografías contienen un poco de los temas tratados en los libros reseñados arriba: mucho de terror, algunos vicios que no envidiaría un hooligan inglés, disputas por el poder de maneras tan sicilianas como romanas, y apetitos empresariales como si el mundo se fuera acabar mañana. Once realidades que no le piden nada a la ficción. (www.jorgezepeda.net)
12/16/07 9:17 AM - 6 comentarios
Hace unos días un reportero preguntó a Lydia Cacho si la decisión de la Suprema Corte a favor del “gober precioso” Mario Marín constituía una muestra palpable de que había que enviar al diablo a las instituciones. Lydia respondió que a su parecer el problema principal no estaba en las instituciones (aunque eran perfectibles) sino en las personas que dentro de ellas prostituyen su tarea.
En otras palabras, no son las normas sino las personas (buenas y malas) quienes definen la calidad moral de las instituciones. Pero a la luz del hedor que desprenden órganos como el Congreso, la Suprema Corte o el IFE, uno tendría que preguntarse: ¿Hay condiciones para que una o un legislador honrado, un juez honesto, un ciudadano bien intencionado pueda hacer alguna diferencia? ¿Hay condiciones, incluso, para que se mantenga en su trinchera o el sistema termina por botarlo o cambiarlo?
Alicia Elena Pérez Duarte la Fiscal Especial para la Atención de Delitos contra las Mujeres de la PGR, acaba de ofrecernos una respuesta. Renunció el viernes pasado por vergüenza profesional, luego de la decisión de la Corte. En el texto de su renuncia afirma: “La respuesta de los Ministros y Ministras en el caso de Lydia María Cacho Ribeiro, es un atentado a la dignidad y nos deja con la amarga sensación de que todavía estamos sometidos a poderes de grupos y redes que prevalecen sobre la justicia, que tienen la capacidad de prostituirla; que, a pesar de los avances y compromisos que nuestro país ha hecho en materia de Derechos Humanos, los principios éticos en que estos se sustentan siguen sometidos a dichos poderes. (…) En estos días he recibido a muchas de las mujeres a las hemos atendido y apoyado, todas, invariablemente, expresan su angustia diciendo “si a esa señora tan importante le hicieron lo que le hicieron, qué no harán conmigo”. Y añade, “Frente a ello, hoy me siento impotente, no tengo respuesta, ni elementos para protegerlas, no sólo por los efectos de la decisión de la Corte. A ello se suman elementos internos que no entiendo y que debilitan nuestra presencia y autoridad.”
Esta última línea hace alusión, entre otras cosas, a las múltiples trabas de la PGR para evitar que las investigaciones de la Fiscalía terminaran en una orden de aprehensión en contra de los judiciales poblanos, pese a la acumulación de pruebas. Cuando el caso estaba consolidado para proceder en el ministerio público, el Procurador decidió quitárselo a la Fiscalía “de mujeres” y pasarlo al de “periodistas” en donde duerme el sueño de los justos.
Frente a eso, a Pérez Duarte sólo le quedaba la posibilidad de un fallo favorable en la Suprema Corte como argumento moral para impulsar la ejecución de las órdenes de aprehensión. Pero luego de la decisión exculpatoria de la Corte, que a su parecer habría sido amañada, como se desprende de su carta, sólo le quedaba presentar su renuncia. Una última entrevista con Felipe Caderón la semana pasada apenas sirvió para recibir una oferta de trabajo como asesora en Los Pinos, lo cual rechazó por la obvia razón de que su noción sobre derechos humanos y justicia no es compatible con la que se ejerce en este gobierno.
Pérez Duarte es un caso extraordinario de coherencia y valentía. Pero también una muestra de que el sistema tritura a sus mejores hombres y mujeres cuando éstos obstaculizan a las redes de poder. Doctora en Derecho por la UNAM, fue la mejor estudiante de su generación. Fue Consejera en la Misión Permanente de México ante Organismos Internacionales, con sede en Ginebra, Suiza, encargada del área de derechos humanos. Fungió como directora del Ministerio Público Familiar y Civil en la Procuraduría General de Justicia y Magistrada en el Tribunal Superior de Justicia del D.F. Ha sido investigadora del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y autora de diversos textos jurídicos. Delegada para América Latina de la Organización Mundial Contra la Tortura. Pérez Duarte es considerada una autoridad mundial en materia de derechos humanos y ha sido consultora de diversos organismos internacionales sobre la materia.
En resumen, Pérez Duarte es un “cuadro” profesional de primer nivel en términos internacionales con una trayectoria moral intachable. Es decir, una persona que el entramado institucional simple y sencillamente no puede digerir. El sistema necesita profesionales prestigiados para legitimar a sus instituciones, pero a condición de que no se acerquen demasiado al poder. Cuando lo hacen, termina por corromperlos o expulsarlos.
El IFE ciudadano de los primeros años dejó pasar a personajes de la talla de José Woldenberg y Miguel Ángel Granados Chapa, por mencionar a algunos. Pero los poderes se percataron de que habían perdido el control de los comicios. Pronto repararon su error. Esta semana a propósito de la designación de nuevos consejeros del IFE por parte del Congreso los partidos no han permitido “transitar” a candidatos como los que representan los woldenbergs o las perezduarte. Prefieren colocar a notables que tengan buenas credenciales, por supuesto, pero con los que se pueda negociar las “razones de Estado” (un eufemismo para designar situaciones en las que no se admiten consideraciones éticas).
Se anticipa que la nueva Fiscal para delitos contra Mujeres será Guadalupe Morfín, quien en el sexenio pasado dirigió una comisión sobre los asesinatos de Ciudad Juárez. Fue una tarea que la dejó frustrada y dolida por la falta de apoyo y las incongruencias del sistema. Resulta sorprendente su aceptación luego de la renuncia de Pérez Duarte. Morfín es cercana a la corriente panista que hoy gobierna y quiero suponer que ello le hace pensar que habrá de contar con el apoyo del que careció en su anterior asignación. Ojalá que así sea. A menos claro, que se atraviesen “razones de Estado”.
En los primeros días del sexenio la hoy primera dama hizo una confesión en privado “el hombre con quien me casé nunca dejaría impune una barbaridad como la que se cometió en Puebla”. Su interlocutor sólo pudo pensar “el hombre con quien te casaste entonces no era presidente”. www.jorgezepeda.net
12/9/07 3:49 AM - 5 comentarios
Da la impresión de que el gobierno de Fox no dejó contento a nadie, o a muy pocos, pero por razones que difieren en cada caso. Con el libro La Diferencia de Jorge Castañeda y Rubén Aguilar, sucede exactamente lo mismo.
La izquierda lo ha repudiado por la procedencia de los autores, colaboradores ambos del ex presidente, y por la lógica presunción de que se trata de una “defensa de Fox”. Por su parte, la derecha ha mostrado resquemores por la cantidad de trapos sucios sobre los modos de gobernar del presidente con botas. Ambos, izquierdas y derechas, tienen razón para justificar sus recelos, y eso resulta ya una razón para revisar este libro con atención.
No considero que La Diferencia sea un libro dedicado esencialmente a justificar a Fox. En todo caso me parece que es un texto para justificar a sus autores. Ciertamente, a ratos parece un ajuste de cuentas de Castañeda y Aguilar con algunos personajes contra los que descargan fobias o resentimientos.
En realidad, muchos pasajes me parecen más bien incriminatorios para el gobierno de Fox. Hay datos que no se conocían, o sólo se sospechaban, que confirman la manera en que el ex presidente boicoteo su propio proyecto por inconsistencia, frivolidad, por la incompetencia de sus colaboradores y/o la competencia entre ellos.
El que busque chismes sobre los políticos no saldrá defraudado. El libro puede ser leído como una especie de “Ventaneando” de la clase política. Por ejemplo, al revisar el fracaso en el incremento del IVA, señalan la hipótesis de que haya sido negligencia de Arturo Montiel, quien fue incapaz de asegurar el voto de sus 21 diputados que al parecer había garantizado. “Pero debido a sus líos matrimoniales, patrimoniales y anímicos se fue a refugiar a San Diego para reconquistar a su esposa francesa”. Ella había sido objeto de una golpiza mayúscula por parte de presuntos guardaespaldas de Montiel y el daño fue reparado mediante la compra de una fastuosa casa de playa en la isla francesa de San Bartolomé, pagada con maletín de efectivo.
En ese sentido el libro va de revelación en revelación. Que Fox buscó al empresario Roberto Hernández para financiar la campaña de Madrazo y de Gordillo, y asegurar así la derrota de Beatriz Paredes en la disputa por la presidencia del PRI en 2002.
O que Alfonso Romo, un millonario regiomontano, se opuso a que Sabina Berman fuera la titular de Conaculta por ser demasiado “liberal”, los cual confirma que la influencia de los empresarios fue mucho más allá de los ámbitos económicos.
O que el teléfono del presidente del Trife fue intervenido ilegalmente por parte del PRI del gobierno del estado de México, días antes de que los magistrados dieran su fallo sobre le elección.
O que Cerisola no podía ver a Gil Díaz, y éste no tragaba a Derbez, quien a su vez le tenía muina a Castañeda, quien terminó enemistándose con Adolfo Aguilar. Y con este Borondongo le dio a Bernabé y Bernabé le pegó a Muchilanga, que Fox toleraba, podría explicarse un par de proyectos frustrados del sexenio.
Algunos pasajes del libro merecerían mayor atención por parte de la izquierda. Constituyen música para sus oídos. Los autores reconocen que Fox habló con los grandes empresarios para que le metieran dinero a la campaña de Calderón y/o a la campaña negativa contra AMLO; que negoció con Elba Esther el apoyo del PANAL y acordó la designación del candidato de ese partido; introdujo en las elecciones a Dick Morris, el estratega de las campañas del miedo; intercambió favores con Televisa para contar con una cobertura favorable a Calderón.
En otro capítulo los colaboradores de Fox confirman la participación de Diego Fernández de Cevallos y de Carlos Salinas para golpear a AMLO con los videos de Ahumada. El libro documenta una reunión en Los Pinos entre el Jefe Diego, Fox y el procurador Macedo de la Concha antes de pasar los videos a Televisa. Quizá muchos lopezobradoristas no quedarán sorprendidos por esos datos, pero no deja de ser sorprendente que los confirmen dos miembros del círculo interno de Fox.
Más allá de las anécdotas y revelaciones, lo más interesante del libro es la visión descarnada que ofrecen del ex presidente, quizá de manera involuntaria. Una y otra vez al analizar algunas coyunturas (el aeropuerto de Atenco, el desafuero, las elecciones) dan cuenta del frecuente divorcio entre los deseos del presidente y la realidad. Una frase muy usada con la que describen el comportamiento de Fox es “falsa ingenuidad”. Remite no a la ingenuidad de Fox, sino a la capacidad de autoengaño del ex presidente. Los autores nos pintan a un hombre de buenas intenciones; sí, pero incapaz de darse cuenta de las muchas ocasiones en que actuó con malas intenciones.
El breve capítulo sobre Marta Sahagún, es un texto para curarse en salud. Y de hecho lo hacen “bajo protesta”. Los autores argumentan que no era su papel ponerse hablar de la familia Bibriesca toda vez que el asunto está en tribunales. Pero no debieron ignorar el papel político de la consorte y sus pretensiones de convertirse en sucesora de su marido. Marta no es un simple affaire en la presidencia, como el de la señora Sarkozy. Cualquier análisis del gobierno foxista sin abordar a la primera dama queda sospechosamente incompleto.
Encuentro muchas razones para estar en desacuerdo con este libro, pero también muchos motivos para leerlo con atención. En la presentación en la FIL de Guadalajara Castañeda se autodefinió como “un mercenario” en búsqueda de mayor venta de ejemplares. Podría ser también una descripción de su paso por la política que lo ha llevado a ser asesor de Cárdenas, de Gordillo o de Fox. En su calidad de protagonista interesado, sus testimonios nunca serán objetivos, pero sin duda forman parte de una historia con la que podemos coincidir o diferir, pero nunca ignorar. (www.jorgezepeda.net)
12/2/07 8:59 AM - 28 comentarios
El viernes pasado, 36 horas después de que la Suprema Corte fallara a favor del gobernador Mario Marín, Lydia Cacho recibió la llamada de una niña aterrada. Se trataba de una de las víctimas de Succar Kuri y una testigo clave en el juicio que se sigue en contra del pederasta. “Nos van a matar”, dijo al teléfono entre balbuceos. Y razones de preocupación no le faltaban. Durante meses personeros de Sucar han presionado a la niña y a su madre con amenazas de toda índole para que se retracte del testimonio en el que describe las maneras en que fue abusada. Ha resistido el acoso porque abogados y defensores de derechos humanos le habían pedido confianza en la posibilidad de que se hiciera justicia. El viernes le dijo a Lydia, entre sollozos que le cortaban el aliento, que el perdón a Marín confirmaba que Succar tenía razón: tienen comprados a los jueces y al gobierno.
Lo que han hecho los seis ministros de la Corte que fallaron a favor de Marín es preocupante y sospechoso por donde se le mire. Si alguna vez hubo una causa ciudadana era esta. Si alguna vez hubo algo que pareciera la confrontación entre “el bien y el mal” era ahora. No sólo porque se trataba de la represión artera de empresarios y políticos de poder en contra de una periodistas por haber denunciando el abuso sexual de menores; también porque la opinión pública toda se había involucrado luego de las ominosas grabaciones escuchadas por todo el país.
Lo que sucedió en la Corte tiene muchos signos de haber sido decidido en otros ámbitos. Una y otra vez pudimos observar a lo largo de los meses la disputa de los ministros entre dos posiciones encontradas: por un lado, la defensa a ultranza de Marín por parte de Aguirre Anguiano, Mariano Azuela y Ortiz Mayagoitia, este último presidente en funciones. Un trío decidido a impedir que la denuncia periodística de una ciudadana terminara por afectar la autoridad de un gobernador, así fuera un “gober precioso”. A lo largo de todo el proceso mostraron su disgusto por el hecho de que el caso hubiese llegado a la Corte y recurrieron a todo tipo de argucias para retrasarlo y desecharlo.
Del otro lado, varios ministros, entre ellos, Silva Meza y Góngora Pimentel, entendieron que el caso entrañaba mucho más que los derechos individuales de una periodista y que lo que estaba en juego eran las redes de crimen organizado a favor de la pederastia que Cacho había denunciado.
Sin embargo, parecía que las diferencias quedarían zanjadas por el contundente dictamen presentado por Silva Meza en el que se comprobaba la culpabilidad de las autoridades poblanas. Fue una investigación, encargada por la propia Corte, que durante meses recopiló pruebas, entrevistó a cientos de testigos y exigió documentación y expedientes a todo tipo de autoridades. La operación para reprimir a la periodista por encargo de Kamel Nacif fue demostrada amplia y meticulosamente. Sólo quedaba la votación final para emitir un fallo definitivo.
Se sabía que los tres ministros “marinistas” votarían en contra del dictamen pretextando distintos tecnicismos, pero que prácticamente el resto del pleno reconocería la investigación de su colega. No había razón para no hacerlo, porque ninguno de ellos había hecho su propia investigación, ni tenía más datos que los contenidos en las mil y tantas fojas de la descripción de los hechos descritos por Silva Meza. La controversia simplemente parecía resumirse a los términos en que saldría la resolución en contra de Marín.
Sorpresivamente las dos ministras, Olga Sánchez Cordero y Margarita Luna Ramos, cambiaron su voto en el momento justo de la votación, pese a que dos días antes durante sus intervenciones habían respaldado el dictamen de Silva Meza. El fallo a favor de Marín fue tan inesperado, que el propio presidente, Ortiz Mayagoita, no pudo reprimir una sonora carcajada de alivio cuando dio por concluida la votación final. ¡Había cumplido¡ ¿Con quién?
¿De quién es la mano que movió la cuna de la Suprema Corte? Sabemos que durante meses los cabildeos del gobierno de Puebla y de la cúpula priísta habían conseguido “la simpatía” de los tres ministros “marinistas”, pero el resto parecía blindado frente a los encantos poblanos. ¿Qué fuerza fue capaz de arrancar una decisión que a todas luces parecía improbable?
Todo parece indicar que la resolución saltó del plano jurídico a una consideración de “Estado”. O dicho en plata pura, a un arreglo político. Ya parecía suficientemente sospechoso que se hubiese retrazado el fallo hasta después de las elecciones del mes pasado en Puebla; peor aún, trascendió que el gobierno federal había solicitado al PAN que sus candidatos en Puebla no hicieran campaña mencionando al “gober precioso” y el caso Lydia Cacho. Hace un año, Calderón ganó en una Puebla gobernada por Marín, hace unas semanas, Marín arrasó en Puebla con Calderón como presidente.
¿Quién habría perdido si Marín hubiese sido declarado culpable por la Suprema Corte? Sin duda, el gobierno federal. Y habría perdido en cualquier escenario: si la PGR ejecutaba detenciones en contra de autoridades poblanas o emprendía acciones que propiciaran la caída del gobernador, habría torpedeado su alianza con el PRI en el congreso. Y por el contrario, si se quedaba cruzado de brazos luego del fallo se habría exhibido frente a la opinión pública nacional e internacional por su evidente complicidad. Todo indica que prefirió exonerar a Marín, tragarse el escándalo momentáneo, y hacer una contención de medios de comunicación durante algunos días (sugiero al lector revisar qué noticieros y periódicos han dado relevancia u opacidad a la nota y que tan rápido la han desaparecido).
Con la decisión de la Corte el mensaje que envía el Estado mexicano es doble. Primero, se permite informar a ciudadanos y a periodistas que con los poderosos no deben meterse o serán castigados. Y segundo, invita a gobernadores y procuradores de todo el territorio hacer con sus ciudadanos lo que les plazca porque, cortesía de la Corte, cuentan con plena impunidad. (www.jorgezepeda.net)
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