09/30/07 3:55 AM - 25 comentarios

Los usos de Fox y la lucha por el PAN

A lo largo de la semana el círculo de poder en torno a Felipe Calderón se hizo ascuas sobre el escándalo de Vicente Fox provocado por la exhibición gratuita y morbosa de una fortuna a todas luces mal habida. Los hombres y mujeres del Presidente analizan los pros y los contras y el posible impacto que tendría para Los Pinos: ¿Qué hacer para controlar daños? ¿Ha llegado el momento de recurrir al quinazo aunque sea en versión “light”?

El origen de la imprudencia de Fox sigue exactamente el mismo camino que las anteriores: la necesidad de Marta Sahagún de validarse en “sociedad”. El beso en el Vaticano, las pretensiones presidenciales de la consorte, los escándalos de las cabañas de Los Pinos (toallas incluidas), el desaseo de Vamos México y el voraz apetito de su parentela, son cuentas del mismo rosario. El arribismo protagónico de Marta empata cabalmente con el deseo nunca satisfecho de Fox de ser intensamente amado. Por razones distintas a las de Carlos Salinas, un verdadero adicto al ejercicio del poder, Fox será también un ex presidente incómodo. Pero el guanajuatense lo será por su absoluta incapacidad para ausentarse de los reflectores y dejar de ver su imagen o de oír su voz.

El asunto no es si Fox y Marta dejarán de hacer escándalos algún día; el tema de fondo es qué es lo que hará Calderón al respecto. Y más concretamente, qué hará con el aquelarre que se armó esta semana.
En principio la irritación de la opinión pública no carece totalmente de desventajas, pero a condición de saberlas aprovechar. Por un lado, permitió distraer la atención de los medios de comunicación del mucho más preocupante tema del encarecimiento de la canasta básica (30 % en los últimos meses). Pero esta ventaja dejó de serlo cuando quisieron presumir la intervención de Calderón para congelar los precios de gasolina y otros productos por lo que resta de año.

Las indiscreciones de Fox y Marta benefician a Calderón porque debilita la fuerza de la mancuerna Espino-Fox contraria a sus posiciones dentro del PAN. Ha sido tan completo el desguace de Manuel Espino, que el Presidente decidió enviar a Germán Martínez a competir por la dirigencia nacional del PAN y no a César Nava, su secretario particular, quien habría sido un candidato de mayor consenso. Como es bien sabido, durante meses el grupo calderonista especuló con la posible candidatura de ambos, para arrebatar el control del PAN a las fracciones de derecha. César Nava, quien tiene vínculos familiares y personales con los sectores más conservadores del panismo era la opción más conciliadora. Pero Calderón se siente con tal confianza en el balance de correlación de fuerzas, que optó por Martínez Cázares, un heredero de la corriente de Castillo Peraza, vista con suspicacia por los grupos conservadores.

Las presiones para que sea investigada la riqueza de los Fox obligaron a adelantar la renuncia de Germán Martínez de la Secretaría de la Función Pública, ministerio que en teoría es responsable de tales pesquisas. Sin importar lo que haga la SFP al respecto, las pretensiones de Martínez a la dirección del PAN habrían sido insostenibles de haberse quedado algunas semanas adicionales. Para muchos panistas habría resultado inaceptable votar por un inquisidor del ex presidente Fox. Y, en caso contrario, si la SFP eximiera a los Fox, su renuncia dentro de algunas semanas sería percibida como producto de la presión de la opinión pública, es decir como resultado de un fracaso.

Pero el escándalo de Fox no sólo ha sido inoportuno para Germán Martínez. Las muestras de la riqueza y los excesos del ex presidente y su pareja, dejan mal parado al gobierno de Calderón, pues permite a sus críticos exhibir la doble moral del candidato de “las manos limpias”. Frente a la creciente acumulación de datos sobre las corruptelas de los familiares de Fox y Sahagún las opciones de Caderón son de pierde-pierde.
No hacer nada erosiona la calidad moral del mandatario y la legitimidad misma del gobierno. El último funcionario de primer nivel llevado a una prisión fue el ex gobernador Mario Villanueva en 1999, durante la administración del priista Ernesto Zedillo. Pese a que los panistas criticaron durante décadas a la corrupción y la impunidad de los priistas, ahora que son gobierno han carecido de voluntad para hacer justicia en su propia casa. Esta omisión habrá de convertirse en una factura política creciente en contra de Calderón.

Pero hacer algo en contra de la familia Fox entraña enormes riesgos para el Presidente. Puede abrir un cisma en el partido si el proceso se le va de las manos. Resulta sintomática la reacción de la bancada panista a lo largo de la semana: en un primer momento apoyó la formación de una comisión investigadora de la riqueza del ex presidente. 48 horas más tarde había reculado enfáticamente.
Fox visitó a Caderón hace unos días y para nadie es un secreto la naturaleza de la conversación. El equipo del Presidente está preparando un esquema que permita negociar con la pareja una investigación y una posible averiguación previa sobre personajes menores, a condición de blindar al matrimonio de toda responsabilidad. Pero los Fox no quieren saber del asunto, ni confían en que el gobierno federal pueda ejercer un pleno control de daños una vez que las investigaciones estén en marcha.

Los Pinos sabe que no puede desdeñar las posibles reacciones de Marta Sahagún ni desestimar los recursos políticos y la información confidencial con que cuenta para incomodar o, de plano, desestabilizar a Calderón. Pero del otro lado, las evidencias sobre los Bibriesca seguramente ofrecen abundantes municiones para negociar en condiciones de fuerza con la madre.
Por lo pronto, la SFP anunció el viernes que se realizarían auditorias al patrimonio de Fox. ¿Es el principio de un salinazo? ¿O un montaje de equilibristas simplemente para liberar presión? Demasiado pronto para saberlo. ¿Usted qué cree?

25 comentarios » Archivado en Artículos, Artículos dominicales por Jorge Zepeda Partterson a las 09/30/07 3:55 AM.

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09/23/07 3:44 AM - 67 comentarios

¿Quién le teme a Luis Mandoki?

Mucho antes de que en la capital de la industria del cine se hablase de “Frijoliwood” gracias la irrupción de de González Iñárritu, Cuarón, Del Toro, Salma, Gael o Diego Luna, Luis Mandoki ya andaba allí. Hace 20 años su película “Gaby, una historia verdadera”, logró la nominación a un Oscar y dos Globos de Oro. En los siguientes años Mandoki si convirtió en un director eficaz y competitivo en Hollywood y en rápida sucesión dirigió a algunos de los actores más cotizados en su momento: Paul Newman, Meg Ryan, Andy García, Kevin Costner, Jennifer Lopez, Charlize Theron, Sonia Braga, Susan Sarandon, James Spader, James Caviezel, Melanie Grifitth, Don Johnson, Courtney Love, Kevin Bacon, entre otros, en una decena de películas.

Sin embargo, sus dos últimos filmes han sido estelarizados por Andrés Manuel López Obrador: “El Señor López”, que vendió casi dos millones de copias, y “El Fraude que nadie vio”, de la que muchos desearían que no vendiera ninguna. Algunos de sus amigos y colegas consideran inexplicable que Mandoki haya puesto su carrera en “stand by”, y desperdiciado las oportunidades que ofrece el prestigio del que gozan los realizadores mexicanos en este momento. Ciertamente hacer documentales de denuncia política no es la mejor manera de consagrarse entre la élite profesional de la cinematografía mundial.

Lo curioso es que Mandoki no se caracterizaba precisamente por tener intereses políticos. Muchas de sus películas son de suspenso, pero también hay comedias y un par de historias románticas. Él mismo carece de formación política y, como muchos colegas del medio artístico, sus preocupaciones giran más en torno a aspectos culturales que estrictamente sociopolíticos. Lo que Mandoki sí tiene es una mirada profundamente humanitaria hacia el dolor de los otros. Su primera gran película, “Gaby” describe la dramática historia de una escritora que pese a tener parálisis cerebral y escribir con su pie, logra abrirse camino en un mundo que la desdeña y desprecia. Y la última, “Voces inocentes” (2006), aborda la tragedia de los niños salvadoreños usados y ultrajados por la guerra de sus mayores. En ambas se trata de historias que ahondan en los escondrijos de la condición humana, no en la política.

Quizá por eso la película “El fraude que nadie vio” resulta tan peligrosa para muchos. No es una denuncia que ponga en evidencia las triquiñuelas de las altas esferas para impedirle a López Obrador la conquista del poder. O por lo menos no es ese el eje narrativo. Es más bien el relato de los pequeños detalles, las micro infamias a lo largo de todo el proceso y la manera en que fueron vividas, padecidas, por los actores sociales que participaron en él.

Hay una escena en la película que, para mi gusto, ejemplifica aquello que verdaderamente importa a Mandoki. Durante una de las marchas al Zócalo, un reportero de televisión se acerca a un hombre que lleva a su hijo en brazos y le increpa: “¿le parece correcto traer a menores a una marcha? Sí, contesta el hombre, “venimos a protestar”. A lo cual en tono indignado el reportero insiste: “¿Y no cree que es irresponsable? ¿Qué la muchedumbre puede lastimar a su familia?”. A lo cual, extrañado, el marchista simplemente responde: “señor, nosotros somos la muchedumbre”.

Periodísticamente hablando lo más relevante son las grabaciones de algunas sesiones de los comités distritales en las que se observa la manera en que algunos presidentes de la mesa precipitan la votación, sabiendo que cuentan con la mayoría, pese a que el representante del PRD mostraba pruebas fehacientes de alguna irregularidad. “Señor, en la urna que estamos revisando hay más votos a favor de Calderón que boletas en la casilla”, protestaba. “Sí, ya oímos su argumento, ahora vamos a votar”. Mandoki presenta varias escenas de este tipo que parecerían una parodia, una broma de mal gusto, si no supiéramos que son reales.

Gracias al insumo de 35 horas de entrevistas con López Obrador, el director logra algunos minutos que sin duda son los más espontáneos y personales que el tabasqueño haya tenido frente a una cámara. Por momentos consigue sacar a Andrés Manuel de su rol de líder político, y arrancarle algunas expresiones íntimas sobre los acontecimientos y su responsabilidad personal en ellos. A partir de esas 35 horas AMLO escribió el libro La mafia nos robó la presidencia, publicado hace un par de meses. Pero por la misma razón que López Obrador es político y no escritor, y Mandoki es cineasta y no político el documental es mucho mejor que el libro: Es un relato más convincente, a ratos conmovedor, sobre las razones que llevaron al tabasqueño a tomar decisiones controvertidas.

Me da la impresión que el director se acercó a López Obrador hace ya más de año y medio simplemente atraído por lo que parecía un buena historia: ¿qué había detrás de este fenómeno de masas? ¿Por qué seguían su causa tantos hombres y tantas mujeres? En el proceso de responder a esa pregunta terminó cautivado por la intensidad de las esperanzas de tantos, primero, y luego por la insondable tristeza que produjo la caída.

Alguna vez pregunté a Mandoki porque había hecho esto (“interrumpir” su carrera, hacerse de tantos enemigos poderosos). Él simplemente respondió, “porque no se vale lo que hicieron”. Y justamente eso es lo que la película refleja: la indignación honesta y documentada, y la profunda desesperanza que ocasiona la derrota mal habida.

El boicot que se ha intentado en contra de la distribución de la película, implica asestar una doble derrota: los saldos del 2 de julio propiamente dicho, y la posibilidad de escuchar la versión de los vencidos.

Sin duda, hay razones para temer a Luis Mandoki. Será interesante aquilatar la manera en que reaccionarán las audiencias del cine cuando se den cuenta de que viven en un país diferente al que describe la televisión y, como diría el documental de Mandoki, con un presidente distinto al que deberían tener.

67 comentarios » Archivado en Artículos, Artículos dominicales por Jorge Zepeda Partterson a las 09/23/07 3:44 AM.

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09/16/07 4:26 AM - 8 comentarios

La Tiranía Invisible

Un memorándum del gobierno federal ha conseguido lo que judiciales y políticos poblanos, gobernador incluido, no pudieron lograr: desaparecer a Lydia Cacho. Desde hace algunos meses las autoridades han establecido un cerco informativo en televisión para evitar que se siga hablando de su caso.

Dos distintos programas de televisión fueron “enlatados” luego de que sus respectivos conductores la entrevistaron extensamente. La conductora del programa de radio de media mañana más escuchado en el país, tuvo que amenazar con retirarse del aire si le impedían tener una conversación con la periodista, luego de los acontecimientos en la Suprema Corte sobre su caso.

El boicot a Cacho ha adquirido ribetes ridículos en un par de ocasiones, en que los noticieros de televisión han tenido que recoger imágenes de algún acto importante en que la periodista estaba presente. Por ejemplo, la reunión que a su paso por el país Irene Khan, cabeza de Amnistía Internacional, sostuvo con algunas ONGS vinculadas a la defensa de derechos humanos. La nota trasmitida esa noche tuvo que hacer acrobacias para eliminar a Lydia de las imágenes, a pesar de que se encontraba al lado de la líder internacional. Los paneos de cámaras hacían un extraño brinco cada que intentaban reflejar los participantes que rodeaban a la funcionaria internacional.

Todavía más cantinflesca resultó la nota sobre la ceremonia de entrega del premio nacional de periodismo, en abril pasado. Televisa ofreció una amplia cobertura en su noticiero nocturno toda vez que el programa Tercer Grado había sido uno de los premiados. López Dóriga dio a conocer a las y los galardonados con imágenes del momento en que habían recibido su trofeo de manos de miembros del jurado en la ceremonia celebrada unas horas antes. El problema es que Lydia Cacho, en calidad de jurado, entregó uno de esos premios. Ocho de los nueve periodistas triunfadores recibieron su galardón y un abrazo de parte de un miembro del jurado. Todos salvo el otorgado por Lydia. El corte de la televisión hizo que uno de los periodistas lo recibiera de unos brazos anónimos.

La primera señal se dio cuando Víctor Trujillo, Brozo, fue objeto de un proceso administrativo por parte de la Secretaría de Gobernación por transmitir las grabaciones de las conversaciones del “gober precioso” y Kamel Nacif, porque usaban un lenguaje “soez”. ¡Justo un año después de que todo el país las había escuchado ad nauseaum durante meses! El mensaje que Gobernación quiso dar fue claro: “no se habla más del asunto”.

Lo más grave en este momento no es la desaparición de Lydia Cacho de las pantallas (ella misma venía reduciendo su exposición a los medios desde hace tiempo), sino que el boicot es apenas el primer paso de una estrategia mucho más insidiosa. Las autoridades han hecho circular entre directivos y dueños de medios un “expediente” de Lydia con el propósito de destruir su imagen pública.

Es un perfil que la describe como oportunista, histérica e irresponsable y que en sus afanes protagónicos exageró las violaciones a sus derechos. El 2 de septiembre, la revista dominical de El País publicó una larga semblanza de Rachel Carson, una pionera de las causas ecológicas en el mundo, quien en los años cincuentas publicó libros sobre el tema y encabezo las protestas que lograron suprimir el DDT en los pesticidas. El artículo destacaba que las grandes compañías y los intereses creados se habían gastado fortunas intentando desacreditarla acusándola de histérica, fanática y protagonista. Exactamente los mismos argumentos que se buscan para infamar a Cacho.

Lydia está viva simplemente gracias a que se le defendió en la opinión pública. Pero el sistema es implacable. Le permitió denunciar a Marín, Yunes y Gamboa mientras tales denuncias podían explotarse electoralmente. Ahora que Calderón debe tomarse la foto con Marín, negociar con Gamboa e incluir a Yunes en su gabinete, Lydia Cacho es un personaje incómodo, aunque defienda a víctimas de pederastas. Si bien a “los malosos” no les falten ganas de desaparecerla, sería un escándalo internacional; lo único que les queda es destruirla en vida, enlodar su reputación para que aquello que ella diga deje de ser peligroso, para que las causas que ella defiende sean indefendibles.

Jacinto Rodríguez publicó hace unos días el libro La otra guerra secreta, en editorial Debate, una investigación a partir de los archivos secretos de Gobernación de los años sesenta y setenta. En él da cuenta de la manera en que el Estado mexicano controlaba a la opinión pública mediante represión, censura y cooptación de la prensa y los medios electrónicos. En el libro se incluye un manual de gobernación encontrado en el Archivo General de la Nación que da elementos para construir una tiranía invisible. Dominar y adormecer a la opinión pública de tal forma que: “Bajo esta condición [el control de los medios], una democracia como la mexicana puede obtener niveles de control popular equivalentes a los que lograría por la violencia y el terror una dictadura…”. Y continúa, “Por la acción de la propaganda política podemos concebir un mundo dominado por una Tiranía Invisible que adopte la forma de gobierno democrático”. Y sigue la recomendación: “Las dictaduras reprimen por la fuerza las ideas y las expresiones populares. En un gobierno democrático, este control debe alcanzar calidad de arte, toda vez que intente manejar ciudadanos libres…”

Para muestra una tarjeta de Moya Palencia a Echeverría: “…podría fijarse en la opinión pública el ya extendido rumor de que [el periodista] Mario Menéndez está a servicio de la CIA o de algún organismo semejante…” y termina sugiriendo que una organización membrete publique un desplegado en contra del entonces director de la revista ¿Por Qué? El caso de Lydia Cacho y otros periodistas y miembros de ONGs cuya imagen pública se intenta desacreditar, mostraría que la Tiranía Invisible es una noción desempolvada y puesta en operación por la nueva derecha. La pregunta de fondo es saber de quién es la mano que mece la cuna: ¿Gobernación? ¿Los Pinos?

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09/9/07 10:50 AM - 5 comentarios

La Televisión y la guerra por el IFE

La mayor parte de las cosas decisivas en este país suelen suceder en lo oscurito. Pero la batalla que el Congreso y las televisoras están librando se realiza en terreno descampado y a la vista de todos. La colina que se disputa palmo a palmo es la permanencia o la salida de los consejeros del IFE, pero nadie ignora que eso sólo es el pretexto. Primero un recuento de hechos, luego una explicación de lo que podría seguir.

El miércoles pasado los legisladores acordaron un proyecto de dictamen sobre la reforma electoral. Ya se sabía que vendría un recorte en el período de las campañas, y en los topes de gasto; se anticipaba también un mecanismo de recambio de los consejeros electorales que el PAN estaba concediendo a regañadientes. Pese a la oposición de Manuel Espino y su corriente, los panistas no tenían opción porque sus rivales habían condicionado la salida de Ugalde y compañía como requisito para votar la reforma fiscal. Y desde luego nadie estaba dispuesto a sacrificarse por el cuestionado presidente del IFE. El martes pasado todo mundo había asumido que, así planteada, la reforma electoral estaba totalmente cocinada.

Pero el proyecto del miércoles incluyó una verdadera bomba: la prohibición de contratar tiempos de televisión y radio para las campañas políticas. Esto significa que los medios electrónicos dejarán de recibir el equivalente al 70% de lo que se gastan los partidos políticos con dinero proveniente de nuestros impuestos. Una fortuna que en 2006 representó 2% de la facturación de Televisa y hasta 30% de algunos concesionarios de radio regional. Que los legisladores incluyeran este punto no fue una total sorpresa, pero las televisoras habían confiado en que sus presiones lograrían eliminarlo del proyecto de reformas. Posteriormente Labastida Ochoa, ahora senador, señaló que algunos de sus colegas con aspiraciones de convertirse en gobernadores, habían sido advertidos por Televisa de no promover ese punto de acuerdo o serían eliminados en términos mediáticos.

La reacción de las televisoras fue fulminante. La noche del miércoles el noticiero de López Dóriga fue convertido en una plataforma de misiles en contra de los partidos. Durante media hora desfilaron declaraciones de empresarios, intelectuales y presidente del IFE para clamar en contra de la partidocracia y el crimen que se estaba cometiendo en detrimento de la ciudadanía. Obviamente el campo de batalla que eligió Televisa no fue el asunto de los gastos de campaña, sabedora de que la opinión pública nunca apoyaría sus pretensiones. Prefirió hacer de la defensa de Ugalde y los consejeros del IFE el instrumento para torpedear la reforma electoral con la esperanza de que una revisión posterior eliminara las cláusulas que le perjudican.

No calcularon mal. En el noticiero de la noche siguiente ya recogían el testimonio de legisladores panistas y de algunos partidos pequeños sobre la necesidad de volver a discutir el tema e incluso lanzarlo a una consulta popular. Más de un priista coincidió con ellos. Una vez más, parecía que las televisoras habían ganado la batalla.

Pero el viernes los legisladores contraatacaron. Ese día varios diarios nacionales destacaron en portada el ataque de las televisoras y publicaron los testimonios de senadores sobre la amenaza a sus carreras políticas. Pero sobre todo se sacaron de la manga un as inesperado: anunciaron la reanudación de los trabajos para elaborar una nueva ley sobre televisión, informando que revisarían el periodo de las concesiones y la conveniencia de romper monopolios (es decir, tercera cadena). En el noticiero de esa noche, Televisa prefirió concentrarse en los huracanes y en el cambio climático. La semana había terminado con un empate de fuerzas.

Lo que sigue sucederá en las cámaras pero no en las de televisión. Probablemente ni siquiera en las legislativas, sino en las recámaras ocultas de las negociaciones entre los poderes de facto. La reforma electoral requiere dos tercios del voto legislativo, para lo cual necesitad del PRI y del PAN. Es al interior de esos partidos donde se dará la batalla decisiva.

Por el lado del PRI, Manlio Fabio Beltrones, coordinador de los senadores, ha convertido este dictamen en su carta de presentación para convertirse en eventual candidato presidencial. Pero algunos gobernadores poderosos (Bours, Natividad y Peña Nieto), no quieren enturbiar sus relaciones con los medios electrónicos para no entorpecer sus propias aspiraciones presidenciales. Por otra parte, habrá que analizar con lupa el comportamiento de Emilio Gamboa, pieza clave de este entuerto, por ser el coordinador de los diputados priistas. Hasta el miércoles apoyaba decididamente el dictamen pero en los últimos días se ha limitado a hablar de la reforma fiscal. No hay que olvidar que Gamboa es considerado el gran personero de los intereses de Televisa en el poder legislativo.

En el PAN estará por un lado Santiago Creel, coordinador de los senadores, y por el otro el ala dura de su partido encabezado por Manuel Espino y Federico Doring (hace tiempo que Televisa sólo entrevista a Doring, Creel desapareció de sus noticieros). La ausencia de Calderón, de visita en Asia y Oceanía, y la intrascendencia del secretario de Gobernación, permiten suponer que esto no se resolverá hasta el regreso del presidente a media semana. En principio, Calderón coincide con Creel: conceder en lo electoral para obtener su ansiada reforma fiscal. Pero no hay que descartar la presión que los medios electrónicos ejercerán sobre Calderón. Para ellos habrá llegado el momento de cobrar algunas facturas políticas pendientes del verano del 2006.

Con frecuencia se ha dicho que el éxito o el fracaso de Calderón dependerán de su capacidad para imponer límites a los privilegios de los monopolios que impiden los cambios de fondo. Ha llegado la hora. Si no consigue ganar esta batalla, que ni siquiera ha sido suya, la suerte estará echada. En cierta forma el sexenio habrá terminado en cuanto a la posibilidad de cambios reales. Sólo le quedará dedicarse a gestionar cinco años y tratar de evitar que el país se desfonde. www.jorgezepeda.net

5 comentarios » Archivado en Artículos, Artículos dominicales por Jorge Zepeda Partterson a las 09/9/07 10:50 AM.

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09/3/07 10:17 PM - 13 comentarios

Comentarios a los comentarios

Algunos comentarios coinciden y otros difieren con los argumentos del artículo escrito abajo. Pero me llama la atención la cantidad de personas que me enjuician y descalifican simplemente por considerar que he escrito un artículo favorable a Calderón. Para empezar diría que el texto no es favorable al gobierno de Calderón en lo absoluto. Pero incluso si lo fuera, lo que habría que cuestionar son los argumentos, no las supuestas intenciones del autor (“ya te vendiste” Jorge).
Lo que intento es explicar porque todas las encuestas señalan que alrededor de dos tercios de la población aprueban el gobierno de Calderón. Yo no coincido con esos dos tercios, pero eso no quiere decir que no existan o que las encuestas están amañadas.
Me parece de honestidad intelectual reconoce este hecho y tratar de explicármelo a pesar de no coincidir con él. La izquierda nunca será capaz de hacer triunfar sus causas si no está en condiciones de comprender cómo se da “la tiranía invisible”; esa que provoca que los sectores empobrecidos voten a favor de El PRI, esa que permite a la derecha controlar a la opinión pública. Los siete factores que abajo se analizan constituyen una exploración en ese sentido.
Yo preguntaría a los que me descalifican, ¿A que atribuyen el conformismo de la población? ¿Cómo se explica que la mayoría esté aprobando al gobierno calderonista? Si tienen mejores respuestas me encantaría conocerlas.

13 comentarios » Archivado en Apostillas por Jorge Zepeda Partterson a las 09/3/07 10:17 PM.

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