07/29/07 4:02 AM - 6 comentarios

Mitos y realidades sobre el chino Ye Gon

La historia de Zhenli Ye Gon tiene todos los ingredientes para convertirse en la telenovela del verano en México. Ya lo ha hecho: dinero en cantidades irreales, corrupción entre la clase política, escándalo internacional, orgullo patrio lastimado por las autoridades estadounidense. Pero lo cierto es que en medio del festín mediático han circulado toda suerte de mitos, verdades a medias y fantasías, que convendría clarificar. Por ejemplo:

Mito 1: Ye Gon recibió el dinero durante la campaña presidencial de parte de Javier Lozano, hombre cercano a Calderón y actual secretario del Trabajo en su gabinete. Supuestamente era un “guardado” destinado a desestabilizar el gobierno en caso de un triunfo de Andrés Manuel López Obrador.
Realidad: La tesis es absolutamente inverosímil, por donde se le mire. Basta decir que el PAN, o cualquier otro grupo o institución política, nunca habría entregado tal cantidad de dinero a alguien que no formase parte del círculo de personas de su mayor confianza. Pero eso no quiere decir que autoridades y políticos de los gobiernos de Fox y Calderón estén exentos de alguna responsabilidad. Por un lado, por las muchas instancias involucradas en el tráfico de seudoefedrina para la fabricación de drogas sintéticas que Ye Gon venía realizando desde hace tiempo: Aduana, Secretaría de Salud, Secretaría de Hacienda y PGR (miembros de esta última institución lo habrían extorsionado seis meses antes de descubrirse los 204 millones de dólares). Por otro lado, el hecho de que Vicente Fox lo distinguiera en febrero de 2003 como uno de los once nuevos mexicanos que recibieron de su mano su certificado de naturalización, en nombre de 1737 que los acompañaban, revela que Ye Gon tenía relaciones de alto nivel dentro del gabinete del sexenio anterior. Ernesto Derbez, ex Canciller, a quien se señala como el responsable de tal distinción al chino, se ha negado a ofrecer alguna explicación.

Mito 2: El gobierno de Calderón ha buscado diseminar una cortina de humo, haciendo saber que Ye Gon habría tenido relaciones cercanas con prominentes priistas.
Realidad. Ciertamente al gobierno panista le han caído de perlas las referencias que la defensa de Ye Gon ha hecho sobre gobernadores y políticos priistas: por ejemplo, que habría conocido a Enrique Peña Nieto, gobernador del estado de México, quien incluso habría visitado su fábrica asentada en esa entidad; o que fungía como asesor de Fidel Herrera cuando éste era senador; o que él mismo, el chino, pertenecía al PRI. Fidel Herrera, actualmente gobernador de Veracruz, ha dicho que inexplicablemente las autoridades federales no han sometido a peritaje oficial la credencial que acreditaba a Ye Gon como un asistente suyo cuando él era senador. Empleados de Herrera aseguran que la credencial es falsa, pero que la PGR ha demorado en divulgar esa información. Asimismo, el PRI rechaza que Ye Gon haya sido militante de su partido, y Peña Nieto afirma que nunca lo conoció. Hasta el momento es la palabra de todos ellos contra la del chino; pero ha sido suficiente para que el PRI se haya mostrado más cauto en sus exigencias de que se investigue al gobierno de Calderón sobre este asunto.

Mito 3. Ye Gon fue detenido en Estados Unidos por el cargo de introducir de manera ilegal y fabricar drogas por el equivalente a una cantidad apenas de medio kilo, cuando en México habría traficado más de un centenar de toneladas, lo cual supondría una pena mucho menos severa en aquél país que en el nuestro.
Realidad. No es así. La ley norteamericana considera que a partir de medio kilo pueden imputarse al detenido cargos como narcotraficante; eso significa que para efectos de aprehenderlo y quitarle el derecho a fianza da lo mismo medio kilo o una tonelada. Una vez iniciado el juicio, los fiscales tendrán la tarea de aportar las pruebas y precisar las cantidades que Ye Gon efectivamente traficó ilegalmente en Estados Unidos, antes de que se dictaminé su inocencia o culpabilidad y, en su caso, la severidad de la condena.

Mito 4: Ye Gon forma parte de una banda fabricante y distribuidora de metanfetaminas, lo cual muestra la existencia de un nuevo cártel en el país.
Realidad: No es así. En su carácter de importador Ye Gon habría comenzado simplemente como proveedor de la seudoefedrina procedente de China, a los cárteles que ya se dedicaban a la fabricación de metanfetaminas. En algún momento decidió establecer laboratorios reales, fuese como camuflaje para las importaciones de estos químicos o quizá con la ambición de ponerse a fabricar la droga misma.
Recordemos que los tianguis de todo el país están inundados de ropa, juguetes, zapatos, relojes y todo tipo de mercancías procedentes de China. Es un fenómeno que se ha extendido desde hace varios años no sólo en México, sino en buena parte del mundo occidental. Detrás de este tráfico se encuentra una red de comerciantes e intermediarios chinos instalados en nuestros países, que operan con grandes márgenes de ganancia gracias a su habilidad para contactar a los proveedores de oriente con los circuitos comerciales y las autoridades locales. Es un comercio que con frecuencia bordea los límites de la legalidad, pues los subterfugios para burlar las normas y los topes de importación con frecuencia incluyen el reetiquetado de mercancías y la alteración de guías de embarques. Ye Gon estaba en la posición correcta para dar un destino ilegal a sustancias aparentemente legales. Pero eso no lo convierte en cabeza de un nuevo cártel dedicado a la venta y distribución de metanfentaminas.

La saga de Ye Gon habrá de extenderse en tanto Estados Unidos siga dorando la margarita respecto a su posible extradición. Mientras tanto, los intereses políticos y el frenesí mediático seguirán ofreciendo nueva información del caso, pero también urdiendo nuevas y fascinantes fantasías. Habrá que estar atentos para no separar la realidad de los cuentos chinos.

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07/22/07 3:14 AM - 12 comentarios

Calderón y el Echeverría que lleva dentro

El problema de Vicente Fox fue la frivolidad. El de Felipe Calderón podría ser el autoritarismo. De Fox podrán decirse muchas cosas, pero no que haya sido un tirano. Fox no cometió excesos de intervencionismo, salvo en el caso de López Obrador, quien le provocaba urticaria Más bien se caracterizó una actitud displicente hacia la política, pendiente sólo de sus encuestas y ratings de aprobación. No es el caso de Calderón. En esto hay buenas noticias, pero hay algunas pésimas.

Podemos estar en desacuerdo con la manera en que Calderón se ha arropado en el ejército (y en Elba Esther Gordillo) para compensar la debilidad de la presidencia y la ambigüedad del apoyo de su partido, pero puede atribuirse a necesidades de la “real politik”: el presidente estaba obligado a dar una imagen de mano firme a la Nación, luego de la lasitud mostrada por Fox.

Sin embargo, me parece que los tonos autoritarios que ha utilizado Calderón en distintos momentos responden más a su talante personal que a motivos de estrategia política. Tal es el caso de sus denuestos en contra de Marcelo Ebrard, único funcionario de alto rango que se le opone; a las desafortunadas declaraciones presidenciales en el caso de la anciana indígena muerta en Veracruz, o la grosera respuesta ante los empresarios que le solicitaban mantener a la filantropía en el rubro de deducciones fiscales. Hay varias situaciones más que ilustran la tendencia presidencial al autoritarismo, pero estas bastan para argumentarlo. Son casos en los que Calderón pudo haber actuado a través de sus propios funcionarios o dejar que las instituciones a su cargo operaran de acuerdo a sus designios (Conagua, PGR o Hacienda, según el caso). Sin embargo, el presidente prefirió dar un golpe de autoridad. Antes de que concluyeran las investigaciones oficiales sobre la muerte de Ernestina Ascensión, Calderón informó al país que la causa del deceso era una gastritis. Pudo haber esperado a que las autoridades responsables terminaran el peritaje, como cualquier mandatario está obligado hacer frente a las normas y procedimientos. Pero atribuyéndose responsabilidades de ministerio público el presidente dictaminó su versión oficial. Como el hombrecito del Cuarto Reich de los cartones de Palomo: “yo digo que es ésto, y se acabó”.

El caso de la filantropía es el más revelador. No sólo por la forma en que respondió sino, y sobretodo, por el fondo. Para defender su propuesta de que se elimine la exención a las donaciones con fines filantrópicos, Calderón les dijo que la pobreza no se resuelve con caridad, sino con políticas públicas y que para eso el gobierno necesita dinero. Fue una respuesta típicamente echeverrista. Seguramente el presidente estaba irritado por la resistencia que ha encontrado en los empresarios a su reforma fiscal. Pero muestra una enorme ignorancia o mala fe al desquitarse con las ONGs que operan servicios asistenciales en áreas en que la acción del Estado no alcanza o es insuficiente. La estabilidad de algunas regiones de Chiapas no podría entenderse sin la enorme ayuda que han volcado instituciones como Caritas. Miles de niños seguirían inválidos si no existieran los CRIT financiados por el Teletón. Los refugios para mujeres y niños golpeados representan la única esperanza de cientos de miles de víctimas para quienes el DIF no es una alternativa por la complicidades que suele exhibir con autoridades y hombres de poder.

La postura de Calderón traiciona una de las más entrañables tradiciones panistas, por lo menos en dos sentidos. Por un lado, porque el PAN hace de los principios de la doctrina cristina su fundamento para la acción social. “Ama a tu prójimo como a ti mismo” no es un mandato para la meditación contemplativa, sino un imperativo a la caridad, a la acción social en beneficio de los desamparados. Por ello es que desde sus inicios el PAN ha estado vinculado a organismos de beneficencia social. Gran parte de su base y de sus cuadros regionales está nutrida por hombres y mujeres que dieron sus primeros pasos en la vida pública justamente en organismos para la ayuda a la comunidad. La actitud de quien fue secretario general y presidente del PAN no deja de ser un contrasentido, por decir lo menos.

La segunda objeción es aún más grave. La comparación con Echeverría no es gratuita, porque la respuesta de Felipe parte de una filosofía política que considera que es mejor tener más Estado y menos sociedad civil. El PAN nace a fines de los treintas en buena medida como respuesta a la enorme desconfianza que ejercía la omnipresencia del Estado. Eran momentos en que los regímenes emanados de la Revolución mostraban una tendencia natural a imitar a los estados fascistas de partido único (Italia, Alemania y España). Gómez Morín y otros intelectuales y profesionistas fundaron el PAN para proponer, a contrapelo, un programa político que daba preeminencia a los ciudadanos y a la sociedad civil, y se oponía a la monopolización de la educación, la asistencia social y las políticas públicas, por parte del Estado.

Puede entenderse que Felipe Calderón esté buscando otorgar más solvencia al gobierno federal, pero ello no puede construirse dando un giro de 180 grados, volviéndose contra las convicciones más caras del grupo que lo llevó a la Presidencia. Aunque de signo opuesto, también hay algo de Echeverría en eso: un político profesional, gris y disciplinado durante décadas, hasta que llegó al poder y dio rienda suelta al dictador que llevaba dentro.

Quizá sea demasiado pronto como para adelantar categóricamente un paralelismo entre Calderón y Echeverría. Pero hay rasgos que comienzan a ser preocupantes. Como la decisión presidencial de sangrar a las ONGS y organismos privados dedicados al servicio social, y sustituirlos con políticas públicas que serán instrumentadas por Elba Esther Gordillo y su grupo, quienes están a cargo de la educación, el ISSSTE y la Lotería Nacional, por ejemplo. Hace temer lo peor, ¿o no?

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07/15/07 8:37 PM - 3 comentarios

Marchas o explosiones, un dilema

Para Miguel Ángel Granados Chapa en sus 30 años de Plaza Pública

Entre las marchas que colapsan las calles de la Ciudad de México y los atentados a ductos de PEMEX, nunca había sido más pertinente la pregunta y título de aquel famoso libro de Julieta Campos: ¿Qué hacemos con los pobres? Las clases medias y acomodadas en México tienen un problema: la mayoría de la población vive en la pobreza y una quinta parte padece pobreza extrema. Peor aun, la mayoría de los que se encuentra en la miseria ha descubierto que la situación no ha mejorado, o de plano ha empeorado con los años.

Por lo anterior es imposible no esperar altos niveles de inconformidad. En teoría, el sistema político de una sociedad sirve justamente para canalizar las insatisfacciones de los sectores afectados y dar cauce a sus requerimientos y proyectos. Para nuestra desgracia, el sistema político mexicano ha perdido gran parte de su capacidad para cumplir dar salida a las expectativas de los sectores desprotegidos.

Con esto no quiero defender al viejo sistema priísta, al cual habría que atribuirle la responsabilidad de haber generado esta sociedad tan desigual, en primera instancia. Pero habría que reconocer que sus estrategias populistas, su oficio político y sus mecanismos de cooptación eran percibidas como válvulas de escape en momentos de confrontación. Ya se ha dicho, por ejemplo, que gobernadores como Ulises Ruiz, de Oaxaca, o Mario Marín, de Puebla, repudiados ambos por sus administraciones corruptas, ya habrían sido desechados en el viejo régimen. Hoy, en cambio, constituyen una fuente permanente de inestabilidad.

En este momento el sistema político mexicano no está procesando los conflictos sociales y políticos, o lo hace de manera por demás precaria. Desde casos complejos como Oaxaca o Atenco, hasta multitud de microexplosiones a todo lo largo del territorio nacional: vecinos que toman calles para exigir agua; comunidades agrarias que impugnan un despojo; obreros que buscan sacudirse un líder corrupto, más un largo etcétera. Ciertamente México ha experimentado avances democráticos en lo electoral. Pero tales avances significan muy poco para los más pobres, porque siguen experimentando en carne viva el sistema de “injusticia” y la persistencia de privilegios y abusos a lo largo de toda la estructura económica y política. Además, la sensación de fraude electoral que dejaron los comicios del 2006 en estos grupos, no hace sino incrementar la incredulidad y el hartazgo que acusan estos sectores sociales.

Todo lo anterior significa que la geografía mexicana tiene altas probabilidades de convertirse en un largo territorio minado, con multitud de microconflictos potenciales explotando de manera alternada, cada uno con su propia lógica. No es factible que al mediano plazo disminuya la pobreza, la desigualdad o la percepción de injusticia; tampoco es probable que el sistema político salga de su parálisis e inoperancia en el corto plazo. Dicho de otra manera, nos esperan muchos años de pequeñas y grandes explosiones de inconformidad, multitud de marchas, acciones desesperadas dictadas por la rabia y la desesperanza.

La pregunta de fondo es ¿qué vamos a hacer frente a ello? EPAN del Distrito Federal ha iniciado una campaña en contra de las marchas, con polémicos anuncios que llegan a acusar de asesinos a los manifestantes (hace unos años una persona murió en una ambulancia detenida por un embotellamiento). Es una táctica oportunista que busca el apoyo de los millones de capitalinos afectados por la locura insana de una ciudad con la vida cotidiana colapsada. Parecería formar parte de una estrategia panista para conquistar el Distrito Federal de una vez por todas (estrategia en la cual se incluiría el embate de Felipe Calderón de las últimas semanas en contra de Marcelo Ebrard).

Sin embargo, reprimir o cancelar las posibilidades de protesta de los inconformes equivale a jugar con fuego. El sistema no tiene solución para la mayoría de los problemas que motivan las protestas; pretender, además, que no “vengan a molestarnos” con sus quejas, implica cerrar todas las salidas posibles, salvo la violencia. El PAN capitalino exige un reglamento para que las marchas se limiten a ciertas zonas y horarios para que no afecten la vida de los demás. Pero justamente esa es la esencia de la protesta: presionar a la opinión pública como último recurso frente a la incapacidad o la infamia de autoridades e instituciones ante determinadas reivindicaciones o agravios. No son grupos que tengan poderosos abogados y redes de influencia para resolver su “agenda” a la manera en que lo hacen otros sectores sociales.

Esto no quiere decir que no puedan establecerse normas que faciliten el derecho a protestar tratando al mismo tiempo de salvaguardar el interés común. Lo peligroso de la propuesta panista es el espíritu que la anima: la descalificación al derecho mismo a expresar la inconformidad.

No hay manera de justificar los atentados en contra de las instalaciones de PEMEX que se adjudica el EPR. El daño a toda la sociedad en su conjunto es incalculable, incluyendo a sus sectores más desprotegidos. Son acciones con las que perdemos todos. Pero los grupos conservadores tendrían que asumir que no pueden mantener un doble discurso: una sociedad que genera pobreza y, al mismo tiempo, pretender que los pobres no existen. Establecer criterios para no tener que verlos u oírlos nos condena a un silencio hipócrita y aparente, que tarde o temprano será interrumpido por explosiones violentas de odio y desesperación. Por cada cien o cada mil marchistas reprimidos creamos un guerrillero o un terrorista al que hemos convencido que el sistema no tiene más posibilidades que ser destruido. No es una cuestión de aritmética o de multitudes; bastan unos cuantos dedicados a la subversión violenta para sembrar la inseguridad, desplomar las variables macroeconómicas y precipitar la ingobernabilidad.

No hay soluciones fáciles a la desigualdad e injusticia. Lo único que no podemos permitirnos es pretender que no existen. O hacemos algo con los pobres, o ellos terminarán haciendo algo el resto de la sociedad.

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07/8/07 3:37 AM - 30 comentarios

Seis mitos sobre prostitución

Se afirma que es la profesión más antigua del mundo. Pero también se dice que no es una profesión sino una lacra social aunque, en efecto, es tan antigua como la corrupción o el robo. En momentos en que la Asamblea del Distrito Federal discute un proyecto de ley con el propósito de legalizar la prostitución en la capital, valdría la pena precisar algunas confusiones sobre el tema. Lo peor que podría pasar es que el debate y la ley resultante estén basados en falsas premisas. Como las siguientes.

1.- Es un oficio legítimo al que tienen derecho hombres y mujeres que lo asumen de manera voluntaria. Falso. Los y las sexoservidoras no se dedican a ello como resultado de una decisión vocacional. No es que un día se dijeron a sí mismas “yo quiero ser prostituta; es lo mío”. Aunque en las encuestas superficiales muchas respondan que es una actividad elegida y pueden dejarlo en cualquier momento, los estudios de caso demuestran justamente lo contrario. La venta del cuerpo y el sometimiento a los abusos correspondientes suele ser una opción impuesta por la cultura y las costumbres. Por circunstancias que estas personas han encontrado “al final del camino”. En muchas ocasiones se trata incluso de una prostitución forzada, eventualmente, asumida por la víctima. La prostitución es una estrategia de sobrevivencia dictada por la falta de alternativas. La legalización de la actividad no hace sino legitimar una relación que de suyo es de explotación, abuso e indignidad, y que convierte en víctimas quienes la ejercen (por restricciones de espacio omito las encuestas y estudios en se que se basan estas anotaciones; pueden encontrarse en “La prostitución, claves básicas para reflexionar sobre un problema”, en el sitio http://www.apramp.org).

2.- La reglamentación permite controlar a la industria del sexo y la trata de personas. En realidad es lo contrario. Como señalan las ONGs dedicadas al tema, la ley es un regalo para los proxenetas. Entre otras cosas les permite aterrizar en una zona legal el último eslabón de una larga cadena delictiva: el tráfico de personas para la explotación sexual, la otrora llamada “trata de blancas”. Cada vez es más evidente que la prostitución no es una actividad que resulta de la suma de decisiones laborales de personas que deciden dedicarse al sexoservicio. Más bien se trata de una oferta de sexo a partir de una industria que recluta víctimas mediante el engaño y la explotación. Las famosas ventanas en Ámsterdam hace mucho que dejaron de exhibir a mujeres holandesas; hoy muestran exclusivamente asiáticas, africanas y rubias de Europa del Este, producto de esos circuitos de tráfico humano. La legalización permitiría “blanquear” el capital humano de estas cadenas delictivas.

3.- La participación de las autoridades beneficia y protege a las prostitutas. Dudoso. Para ellas la legalización tiene más desventajas que ventajas. Ciertamente los controles médicos proporcionan mayor certidumbre, pero en beneficio del consumidor. Nadie verifica el estado de salud de los clientes, con lo cual los riegos para los y las “profesionales” siguen siendo los mismos. Por otra parte, para las prostitutas ocasionales, aquellas pocas que en efecto podrían afirmar que desempeñan un oficio elegido y que pueden abandonarlo en cualquier momento, la institucionalización de la prostitución les obliga a profesionalizarse y a entrar necesariamente a las normas de los circuitos establecidos.

4.- Legalizar la prostitución es una medida progresista, propia de países desarrollados. En realidad comienza a ser lo contrario. Países como Holanda, Suecia, Australia y España, algunos de ellos pioneros en la legalización de la industria del sexo, están en proceso de modificar los códigos correspondientes, o ya lo hicieron. El saldo de estas políticas de tolerancia, luego de varios años de aplicación resultó negativo. Prácticamente en todos los casos el efecto neto fue la expansión de la industria del sexo. Entre otras razones ello se debe a que aumenta el número de clientes y la frecuencia con la que recurren a la prostitución, en la medida en que se convierte en una actividad regulada y con un entorno social más permisible.

5.- La reglamentación elimina la explotación clandestina. Si no ha sido el caso en España o en Australia, mucho menos será en México en el que predomina la corrupción entre autoridades y proxenetas. El sexo con menores de edad continuará ejerciéndose de manera clandestina, clientes que buscan el anonimato fomentarán “circuitos” marginales, sexo servidores que no desean someterse a controles y lenones que eviten pagar derechos e impuestos mantendrán viva la economía informal del sexo, poniéndose en mayor indefención a las personas explotadas.

6.- Legalizarla es un acto de realismo porque seguirá existiendo a pesar de todo. Los impulsores de esta ley aseguran que siendo la prostitución una actividad no erradicable es más conveniente extraerla de la sombra e institucionalizarla. Pero el argumento es peligroso porque termina por incentivar y promover una práctica social nociva. El mismo criterio valdría para la corrupción o la violencia intrafamiliar (no deja de ser significativo que prostituirse o corromperse han terminado por ser sinónimos). Puede ser que la prostitución, o la corrupción, no sean totalmente extirpables, pero eso no significa que tengan que ser endémicas. La sociedad puede, y debe, establecer políticas públicas encaminadas a disminuir y acotar prácticas que envilecen a sus protagonistas y emanan de actividades criminales. Aceptarlas invocando al “realismo” equivale a claudicar frente a una industria que no por antigua deja de ser infame.

No resulta fácil para las autoridades abordar el tema, pero por lo mismo debe enfocarse correctamente. En Suecia han disminuido los índices de prostitución mediante una legislación que castiga al cliente y al proxeneta, no a la sexoservidora. Como en el caso de las drogas, mientras exista demanda habrá oferta. El verdadero combate a la prostitución pasa por campañas y políticas públicas con las nuevas generaciones para promover una práctica sexual más sana y una cultura que dignifique el cuerpo, propio y ajeno, y el derecho a disfrutarlo sin degradarlo, sin convertirlo en mercancía.

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07/1/07 2:58 AM - 14 comentarios

AMLO y la mafia, un libro revelador

La versión de Andrés Manuel López Obrador sobre el 2 de julio no tiene muchas sorpresas, pero está llena de revelaciones. Y digo que carece de sorpresas porque el libro que esta semana ha puesto a circular el llamado “Presidente Legítimo”, La mafia nos robó la presidencia (edit. Grijalbo), reitera la noción del complot y carece de autocríticas sobre la forma en que perdió la ventaja de 10 puntos que mantenía apenas dos meses antes de la elección. Pero en cambio, es un testimonio en el que abundan pasajes desconocidos y anécdotas de algunos hombres y mujeres de poder que maquinaron en su contra.

Por ejemplo, la forma en que Carlos Salinas operó la exhibición de los videos de Ponce y de Ahumada está detallada minuciosamente. O las reiteradas maneras en que Fox violó la ley para evitar su ascenso. Incluye largos pasajes sobre Roberto Hernández, el ex dueño de Banamex, y sus esfuerzos para precipitar su caída. Son de interés las revelaciones sobre algunos columnistas y conductores de televisión captados en diálogos vergonzosos con personajes como Emilio Gamboa. Las “plumas de vomitar” de AMLO siguen siendo Salinas y Fox, y algunos grandes empresarios; a todos ellos les dedica las páginas más punzantes. Pero en el libro menudea también su resentimiento en contra de personajes de los que se sabía menos. Tal es el caso de Enrique Krauze, quien le había catalogado como “Mesías del Trópico”. Krauze es un intelectual orgánico del PAN, disfrazado de demócrata dice AMLO, pero claramente evidenciado por sus intereses e ideología que le llevan a considerar al porfirista Luis Terrazas como un héroe de la historia, a pesar de haber sido el famoso dueño de Chihuahua durante décadas. Claro, diría AMLO, Terrazas es bisabuelo de Santiago Creel.

Sin embargo, habría que decir que la mayor parte de las 300 páginas del libro no están dedicadas a los rencores o agravios, y ni siquiera al 2 de julio. El primer capítulo aborda su infancia y su juventud en Tabasco, el segundo relata sus andanzas como presidente del PRD y el tercero su experiencia como Jefe de Gobierno. Sólo el cuarto y último de los capítulos remite a la presidencia que no llegó.

En realidad la intención del libro de López Obrador es ubicar la batalla por la presidencia como un mero capítulo de una guerra más basta y prolongada cuya meta última es la justicia social en México. AMLO concibe su vida como una especie de gesta épica en pos de ese sueño imposible, en el que el guerrero carece de control sobre las infamias y poderosas fuerzas que lo obstaculizan, pero cuenta con su inquebrantable fe en la verdad que le asiste y la fuerza de sus convicciones. Llama la atención, por ejemplo, el calor y la pasión con la que describe la primera marcha del sureste al Distrito Federal en 1991 para impedir un fraude electoral en un pequeño municipio de Tabasco. Su vehemencia al describir esta primera experiencia de resistencia es tanta o más que la empleada 200 páginas más tarde para narrar el plantón en Reforma para reivindicar su triunfo por la presidencia del país.

Como cualquier narración épica, el libro de AMLO está cruzado por la lucha entre el bien (representado por los humildes y sus defensores) y el mal (los políticos poderosos y empresarios depredadores). Por eso es que proliferan las convocatorias a la congruencia moral y a la visión de la política como un compromiso ético. Sin embargo, cualquier lector avispado encuentra contradicciones que sólo el autor es incapaz de percibir. Al hablar de la necesidad de aceptar candidatos externos, ex priistas, López Obrador afirma que no se vale el maniqueísmo: “los políticos no se dividen entre buenos y malos”, o de quién llegó primero. “No se puede cuestionar o juzgar a priori, a rajatabla. Hay que cuidar los principios pero debe darse el beneficio de la duda”. Tres páginas más tarde el autor retoma su insistencia en el imperativo de nunca negociar con las convicciones y los principios.

No se cómo habría sido Andrés Manuel López Obrador como presidente. Lo que sí sé es que Felipe Calderón ha podido serlo en gran medida gracias al comportamiento de Andrés Manuel como adversario. Si bien muchos cuestionamos sus decisiones cuando convocó al plantón de Reforma o cuando decidió erigirse como “Presidente Legítimo”, habría que reconocer que a partir de la toma de posesión de Calderón, el tabasqueño prefirió eclipsarse de la escena nacional y eligió evitar convertirse en el temido y presagiado enemigo de de la gobernabilidad. Algunos dirán que no tenía ninguna otra opción. Pero desde luego que sí la tenía: pudo haber cumplido las profecías de sus detractores y, efectivamente, convertirse en un peligro para México. Pudo haber encabezado a los radicales de su bando (que eran muchos) y ponerse al frente de los conflictos sociales que proliferan en el país, paralizar aeropuertos y carreteras y obligar al gobierno a la represión. Pudo fácilmente incendiar al país. Ciertamente era un suicido político, pero a cambio podría haber condenado a México a la ingobernabilidad. Él pudo haber convocado a la violencia y eligió no hacerlo.

Por el contrario, en estos meses López Obrador ha recorrido el país sin mayores aspavientos y ha escrito un libro de manera callada. Un libro que a ratos es candoroso, y a ratos revelador. Un libro indispensable para completar la visión de lo que fue el 2 de julio. Ciertamente es una versión parcial: no podía ser de otra manera tratándose de un protagonista; pero un protagonista decisivo que por vez primera ofrece una perspectiva tras bambalinas sobre su derrota y, más importante, cuál podría ser su papel en el futuro inmediato de México.

14 comentarios » Archivado en Artículos, Artículos dominicales por Jorge Zepeda Patterson a las 07/1/07 2:58 AM.

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