04/29/07 3:33 AM - 4 comentarios
Con el tema de la despenalización del aborto sucede lo mismo que aseguraba la propaganda de la película Alien vs. Depredador: “no importa quien gane, nosotros ya salimos perdiendo” (citado por José Harbin, ilustre bloguero). Y en efecto, el debate que se ha dado con motivo de esta nueva ley deja atrás a una sociedad dividida y, en muchos casos ofendida. Más que un debate lo que vimos fue un linchamiento público entre ambos bandos que se acusaron mutuamente de asesinos o fascistas, según el caso.
Los medios de comunicación hicieron muy poco para favorecer un debate civilizado. Por un lado, porque la lógica del raiting o la circulación siempre hace más impactante la difusión de las posiciones extremas. Es más espectacular invitar a dos ponentes radicales para que discutan acaloradamente posiciones irreductibles, que convocar a dos personas inteligentes y tolerantes que puedan entender las razones que llevan al otro a pensar diferente. El debate entre los radicales de ambos lados suele terminar en descalificaciones e insultos, e invariablemente deja la sensación en la opinión pública de que no hay posibilidades de avenimiento en las diferencias, sino saldos en términos de victorias y derrotas, con la consiguiente secuela de odios y revanchas.
Por otro lado, los medios de comunicación también introdujeron su propia agenda. Sea porque su ideología de izquierda o derecha les impulsó a favorecer una u otra posición, o simplemente porque se inclinaron hacia donde soplaba el viento de los grupos de poder. Lo cierto es que la televisión nacional hizo una cobertura informativa parcial e interesada.
La distorsión es tan sutil que cuesta verla. En sus noticieros la cobertura ha mostrado aparentemente “los dos lados”: por una parte, la Iglesia, el PAN y los manifestantes de la sociedad civil que se oponen a la legalización del aborto (desde Pro Vida hasta la Asociación de Abogados Católicos); del otro lado, las declaraciones de los asambleístas del PRD con sus argumentos a favor de la nueva legislación.
En su mensaje parecería que es la sociedad en su conjunto la que se opone al aborto, en contra de los legisladores perredistas. En las noticias transmitidas no aparecen las organizaciones de mujeres, y en general de ciudadanos, que defienden el derecho a abortar y que se han expresado intensamente durante semanas. Si alguien llegase de otro país y sólo viera la televisión quedaría convencido de que se trata de una imposición contra la sociedad de parte de los perredistas gracias a su mayoría en la Asamblea. Ninguna palabra sobre el hecho de que, según las encuestas, la mayoría de la población favorece la despenalización del aborto. También es cierto que los asambleístas del PRD hicieron un pobre papel al argumentar los motivos para establecer la ley, o para convocar a otros actores sociales con mejores argumentos. Igualmente débiles fueron las razones externadas para rechazar la posibilidad de un plebiscito.
Frente a la posición de fuerza de los asambleístas (somos mayoría y háganle como quieran), los grupos antiabortistas aumentaron su estridencia con mensajes crecientemente radicales y peyorativos. Al final, “la conversación pública” quedó entrampada en la descalificación mutua.
Quizá por ello tenemos que remitirnos a espacios públicos no tradicionales para atisbar “lo que no se vio en televisión” en materia de debate real. El martes pasado Katia de Artigues invitó a un diálogo colectivo en su blog de El Universal. Participaron 8,461 personas y colocaron un total de 510 comentarios. A diferencia de las cartas y telefonemas que llegan a los programas de radio que suelen ser unilaterales, los blogueros avanzan a los largo del día en un diálogo múltiple que se convierte en una conversación crecientemente madura. Si bien la mitad de los comentarios consiste en la típica descalificación de uno y otro lado (“Asesinos vs. Fascistas”), la otra mitad son argumentaciones que intentan convencer, explicar o simplemente enriquecer un diálogo, luego de escuchar la versión de los otros. Mejor aún, a lo largo del día puede leerse la manera en que esta conversación fue modificando o matizando las posiciones originales.
Tal es el caso de Norma: “En lo personal no voy con el aborto, sin embargo respeto la decisión de quien se lo practica pues creo que es en la mayoría de los casos una decisión desesperada”. Por su parte, con similar madurez, Natalia afirma: “Por favor, que no se nos olvide que el debate del aborto, porque dudo que termine aquí, debe ser en términos sociales/ético/morales, no religiosos. No podemos imponer nuestras creencias a todos los demás”.
O la “Vecina”, una de las estrellas del ciberespacio: “Es triste que la discusión trate de plantearse desde el ángulo de que se está convocando a abortar; los que estamos en contra de practicarnos un aborto no vamos a cambiar nuestras convicciones y salir corriendo a un hospital a abortar. Y como yo no quisiera que mis hijas aborten, procuro atender todas sus dudas sobre educación sexual… Las mujeres que deciden abortar lo van a hacer con y sin Ley (así lo han hecho), este es un problema que requiere una solución y los proabortistas dicen que la solución está en la despenalización… Creo que oponerse a la despenalización es válido. Pero desde una postura argumentativa, propositiva, no con amenazas de muerte contra los legisladores. Los que se niegan a despenalizar el aborto tampoco promueven medidas legales que representen un verdadero apoyo a esa maternidad no deseada ni a la integridad familiar”.
Por desgracia este tipo de comentarios no circuló ampliamente en los debates públicos. La lectura de estos blogs muestra al menos dos cosas: que con frecuencia los ciudadanos son más sensatos que los “expertos” y los “militantes” que los medios convertimos en voceros de la sociedad. Y segundo, que han nacido nuevas formas de construcción de la opinión pública, sin mediadores ni gestores, de los que apenas comenzamos a darnos cuenta. Enhorabuena.
04/26/07 11:59 AM - 2 comentarios
El tema del aborto ha dado motivo para todo tipo de excesos declarativos, debates encendidos entre la clase política y buena parte del espectro ideológico.
Pero también ha enseñado el cobre y el oro de los medios de comunicación. Una vez más, Televisa no ha salido muy bien parada que digamos. En sus noticieros la cobertura ha mostrado aparentemente “los dos lados”: por un lado, la Iglesia, el PAN y los manifestantes de la sociedad civil que se oponen a la legalización del aborto (desde Pro Vida hasta la Asociación de Abogados Católicos); del otro lado, ha reporteado las declaraciones de los asambleístas del PRD con sus argumentos a favor de la nueva legislación.
Una cobertura “neutral” y supuestamente plural. Pero sólo en apariencia. La distorsión de Televisa es tan sutil que cuesta verla. En su mensaje parecería que es la sociedad en su conjunto la que se opone al aborto, en contra de funcionarios del PRD. En las noticias transmitidas no aparecen las organizaciones de mujeres, y en general de ciudadanos, que defienden el derecho a abortar. Las movilizaciones y manifestaciones han sido más numerosas de los que están a favor de los que están en contra, pero sólo estas últimas son mostradas en televisión.
La consulta Mitovsky o las menciones a las encuestas brillaron por su ausencia, quizá porque en todas ellas el saldo no favorece a las posiciones de la Iglesia. Si alguien llegase de otro país y sólo viera la televisión quedaría convencido de que se trata de una imposición contra la sociedad de parte de los perredistas gracias a su mayoría en la Asamblea.
Los diarios también tomaron posiciones. Reforma muy claramente en contra del aborto; La Jornada decididamente a favor. Habría que decir que El Universal hizo un esfuerzo para mostrar ambos puntos de vista, aunque la mayor parte de las notas reflejan el sentir de la mayoría. El martes pasado el contraste entre los diarios no pudo ser mayor.
El periódico Reforma minimizaba los argumentos de los “abortistas” de dos distintas maneras. Su portada incluía una nota sobre el hecho de que el delito prácticamente no se castiga (el aborto “es delito, pero no se castiga”), implicando por consiguiente la idea de que despenalizarlo no tendría mucho caso. Pero El Universal, el mismo día, publica como foto principal la imagen de una mujer en una celda, bajo el título “Condenadas por abortar”, sobre las personas que han terminado en la cárcel justamente por esa ley que penaliza al aborto. Las imágenes pueden ser vistas en en “Una fuente.com”.
Un día más tarde, el miércoles, El Universal entrevista a Paulina, adolescente que fue obligada a tener un hijo producto de una violación en Baja California. “Es muy duro tener un hijo que no se desea”, reza el artículo en el cual la joven recreimina que le hayan negado el derecho a decidir sobre su cuerpo.
Por su parte, el Reforma además de minimizar el impacto de la ley en estas víctimas, incluía una estadística significativa, aunque el diario la titulaba en sentido contrario: “Baja el apoyo a la iniciativa”, en la que se destaca que ha disminuido el número de los que apoyaban la despenalización del aborto, pues eran 59% en marzo y en abril son 53%. Lo que no se decía es que en los dos casos, antes y después, el margen era muy superior a favor del aborto. Cuestión de enfoques.
Añado una perla sobre el tema del aborto. El cura de Piedras Negras Carlos Aguilera aseguró ayer que el tornado que dejó asolada a esta ciudad de Coahuila es el castigo de Dios por la despenalización del aborto. ¿Qué esperaban, que Dios nos mandara tostaditas de maíz por lo que hacemos? dijo el sacerdote. Lo único que le faltó aclarar es como podría entrar en la lógica divina un castigo a los de Piedras Negras por algo que hicieron los del DF a más de mil kilómetros de distancia. En efecto la Iglesia tiene una crisis de sacerdotes.
04/22/07 11:54 AM - 7 comentarios
Los textos delirantes del surcoreano Cho Seung Hui podrían convertirse en profecías fatales: “muero como Jesucristo, para inspirar a generaciones de débiles e indefensos”, afirma el verdugo de la Universidad de Virginia, en un texto difundido por la NBC. Y en efecto, todo indica que legiones de débiles mentales e indefensos emocionales podrían hacer de este psicópata un personaje de culto y, peor aún, un motivo de imitación. En los últimos días varias universidades norteamericanas han tenido que cancelar actividades por la oleada de amenazas que emuladores del surcoreano han lanzado, prometiendo de matanzas de igual o mayor magnitud.
La tragedia del Tecnológico de Virginia revela de manera brutal la descomposición de valores y la entronización de la violencia en la cultura moderna. Las razones son muchas y demasiado complejas para ser abordadas dentro de los límites de un artículo. Pero hay un debate urgente y puntual que deja esta tragedia: ¿Deben los medio de comunicación abstenerse de difundir videos y materiales proporcionados por los agresores y victimarios?
No es un tema sencillo. Las redacciones de los periódicos y noticieros de televisión en México están divididos por esta pregunta. ¿Qué deberíamos hacer con el próximo video que los narcos difundan sobre alguna ejecución? ¿Publicamos la foto de una cabeza degollada? ¿Damos a conocer la nota intimidatoria que dejan clavada en el cuerpo de su víctima? Las razones que tienen los narcos para enviar tales mensajes son obvios: marcar territorio, intimidar al enemigo, aterrorizar a la opinión pública para que nada se les resista, someter a los cuerpos policíacos, apagar el ánimo de los funcionarios que les combaten, etc. Es un hecho es que estas bandas criminales desean que se difundan sus mensajes y los medios de comunicación lo estamos haciendo. El sentido común indicaría que no es correcto hacer aquello que le interesa y conviene al crimen organizado.
Sin embargo, tampoco es sencillo para los medios de comunicación erradicar estos temas. Si bien es cierto que los noticieros de televisión se han convertido en un inventario de nota roja, no es tan fácil dejar de hacerlo. Entre otras cosas, porque es gravísimo lo que está pasando. Los periodistas haríamos un flaco favor a la comunidad si nos pusiéramos hablar de otras cosas, mientras el crimen organizado toma el control de Monterrey, el narcomenudeo se enseñorea de nuestros barrios y escuelas, y los tribunales y cuerpos policíacos terminan por ser quebrados totalmente por los carteles. Y justamente eso es lo que está sucediendo. En este momento se está librando una verdadera guerra en nuestras calles y en nuestras sierras. Una guerra que estamos perdiendo. Pero aún menos oportunidades tendremos de ganarla si ofrecemos sucedáneos a la opinión pública y construimos una operación “avestruz” distorsionada pero tranquilizante.
Una de las razones por las que hemos llegado hasta es la parálisis que caracterizó al gobierno de Vicente Fox en materia de combate al narcotráfico. Mientras la pareja presidencial vivía en el mundo rosa de Foxilandia, los cárteles de la droga hicieron del país un territorio de consumo. Ello requirió el despliegue de un verdadero ejército de operadores, cuyo tamaño haría palidecer las ventas en pirámide y multilínea. De la exclusiva presencia en rutas de tráfico y producción, los narcotraficantes pasaron a controlar redes de venta y protección policíaca en muchos barrios de todas y cada una de las ciudades de la geografía nacional, desde Tapachula hasta Tijuana. Mientras los narcos establecían la infraestructura, reclutaban células locales, y contrataban redes de protección en cada lugar, Martha y Vicente jugaban a Los Pinos. Un autismo en el cual todos somos cómplices.
No es del todo claro que una estrategia basada en operativos militares sea la mejor manera de combatir al narcotráfico (no es el tema de este artículo). Lo que si está claro es que el Estado mexicano no podrá ganar esta guerra sin una intervención decisiva de parte de la sociedad en su conjunto. Y eso requiere de una opinión pública informada y participante, que sepa de la gravedad de la situación y las incidencias de esta lucha. Justamente esa es la responsabilidad de los medios de comunicación.
Desde luego que podría matizarse la violencia de algunos mensajes. Particularmente aquellos que son contraproducentes. En este momento la cadena NBC es objeto de una severa crítica en la sociedad norteamericana, por haber transmitido las imágenes y los audio proporcionados por Cho Seung en los que éste se presenta como un violento redentor de los oprimidos. Ciertamente la opinión pública tenía derecho de saber los detalles sobre la identidad del responsable de esta masacre. Pero resulta evidente que sus mensajes de odio, su atuendo bélico y su “inmolación” hacen una mera cuestión de tiempo la aparición de un imitador y su respectiva matanza.
Los periodistas no podemos dejar de informar las malas noticias. Ocultarlas o minimizarlas sólo provocarán que al paso del tiempo se conviertan en noticias peores. Pero esto no quiere decir que debamos transmitirlas indiscriminadamente. La exhibición reiterada de escenas brutales tiene efectos terribles en la sociedad. El umbral de tolerancia hacia la violencia se va recorriendo y la capacidad de conmoción y asombro disminuye en la misma proporción. De allí que el siguiente video o mensaje del narco deba ser más atroz que el anterior. Al final los medios de comunicación corremos el riesgo de lograr justamente lo contrario a una opinión pública informada y participante. Frente al asco y el temor que inspiran esas escenas, la sociedad podría derivar en actitudes pasivas, dictadas por la insensibilidad y el bloqueo. A fuerza de “cotidianizar” la violencia extrema podríamos terminar por normalizarla y asumirla como un hecho inevitable. La resignación es el paso natural a la derrota definitiva.
Los periodistas tienen una tarea delicada y difícil que cumplir. La discusión de la mejor manera de lograrlo apenas comienza. Urge hacerlo antes de que llegue el video con la siguiente matanza.
04/15/07 4:01 AM - 1 comentario
Es muy pronto para saber quiénes y por qué mataron a Amado Ramírez, pero ya han pasado demasiadas cosas como para que algún día lleguemos a creer en la versión que finalmente se nos ofrezca. Algo similar a lo que ha sucedido con la anciana indígena de Veracruz, Ernestina Ascensión, cuyo asesinato se atribuyó a elementos del ejército. Son casos que ilustran claramente el estado de la justicia en México: en la gran mayoría de los delitos nunca se encuentran a los culpables; y los casos extraordinarios, los que se ventilan en la opinión pública, suelen ser “resueltos” a cincelazo puro, bajo presión política: primero se resuelve, luego se ajustan los hechos. Llama la atención de que en ambos casos Felipe Calderón se apresuró a dictaminar “sentencias”, en momentos en que las respectivas investigaciones apenas iniciaban. Quizá porque en ellos resultan afectadas dos instituciones claves para el ejercicio del poder político y la estabilidad: el Ejército y Televisa.
El caso del asesinato del corresponsal de la televisión en Guerrero, Amado Ramírez, ejemplifica cabalmente esta justicia expedita. Tan expedita que no tiene ningún inconveniente en sacrificar los datos de la realidad. Resulta difícil de tragar la versión de que el presunto sicario, Genaro Vázquez (vaya nombre, precisamente en Guerrero) y su acompañante zigzagueaban intoxicados, y con un arma en el auto, tres días después de liquidar al periodista. Algunas versiones aseguran que ellos mismos se habrían entregado por temor a ser asesinados, otras dan cuenta de que fueron detenidos por su manera de conducir. Algún policía avispado habría reconocido el retrato hablado y los habían relacionado con el crimen de Amado (aunque la procuraduría estatal aceptó que había dos retratos y no se parecían entre sí). Algunos testigos ubican a Genaro en la escena del delito. El acompañante, quien apenas lo había conocido el día de la detención, afirma que Genaro le confesó ser el asesino. El móvil: la competencia por los amores de una joven. Todo muy conveniente. Salvo que no aparece el arma, Genaro rechaza la acusación, nadie lo vio disparar y tras las pruebas realizadas no se encuentran rastros de pólvora en el supuesto brazo asesino.
Mientras tanto, organizaciones del crimen organizado y grupos guerrilleros, cada cual por su lado, se han atribuido el crimen. La noche del jueves las amenazas de los carteles en contra de Televisa Acapulco obligaron a acordonar la zona. Lo único que está claro es que Genaro Vázquez no es gatillero profesional. Luego del video que da cuenta de su primer interrogatorio resulta obvio que las neuronas del sospechoso hace mucho que no están en su sitio. Si en verdad él es el responsable de la muerte del corresponsal de Televisa, es probable que se trate, en efecto, de un asunto personal. Pero existen aún demasiadas lagunas para poder incriminar a este sospechoso tan “a modo”. Lo cual no fue obstáculo para que el jueves pasado, en un acto público, Calderón afirmara que era un alivio la aprehensión de “los asesinos materiales del periodista”.
Algo similar al caso de la anciana. La Procuraduría de Veracruz encontró evidencias de que la mujer había sido violada y golpeada salvajemente, y ella misma antes de morir responsabilizó a los soldados, según afirmación de familiares. Pero las evidencias resultaron contaminadas o no se conservaron, y una investigación posterior por parte de la CNDH reveló que la anciana había muerto por causas naturales. La contradicción entre las autoridades se exacerba por las declaraciones de Calderón, quien aseguró mucho antes que lo hiciera la CNDH que la indígena había muerto por una gastritis mal cuidada. ¿A quién creer? ¿A los familiares, a Calderón, al gobierno de Veracruz, a la CNDH?
Las investigaciones del crimen de Amado muestran que nuestras policías y ministerios no son precisamente candidatos para recibir el ISO 9000. No están capacitados o acostumbrados a trabajar bajo presión para ofrecer resultados eficaces y confiables. Desde luego, Televisa y el gremio periodístico están en su derecho de exigir justicia, pero debemos cuidar que la respuesta policíaca no se traduzca en la fabricación de pruebas y culpables. Hay demasiadas contradicciones e irregularidades (entre otras, la incineración anticipada del cuerpo del reportero en momentos en que apenas iniciaba la investigación) y mucha presión política para “resolver” y enterrar el asunto.
En lugar de anticipar sentencias como si fuese el jefe de los jueces, sería muy conveniente que Felipe Calderón otorgara vida real a la fiscalía para investigar crímenes en contra de periodistas. Una fiscalía que nació hace un año, pero ha mal vivido sin presupuesto, ni recursos jurídicos para hacerse valer ante las autoridades. En la práctica ha sido un mero membrete sin relevancia. Un acto demagógico para que los gobernantes se olvidaran del tema. Y, mientras tanto, continúa el acoso a los comunicadores.
Hay que insistir en que la muerte y desaparición de periodistas, por razones de su trabajo, es un agravio a la sociedad en su conjunto porque cercena su derecho a la información. Es cierto que “sólo” son 37 casos reportados desde el 2000. Menos que las ejecuciones que se registran cada semana. Pero por desgracia cada agresión deja como saldo un medio de comunicación que termina optando por la autocensura. Esto significa que la comunidad pierde su derecho a enterarse del avance del crimen organizado, del narcomenudeo, de la corrupción. Cada periodista asesinado termina por silenciar a muchos cientos más y deja a la sociedad ciega y sorda antes la diseminación de sus cánceres. Quizá Amado murió por razones “particulares” como tantos mexicanos víctimas de la violencia y la inseguridad. O quizá murió por su trabajo. Los errores de la investigación y las urgencias políticas están llegando a un punto en que cualquiera sea el resultado nunca sabremos que pasó. O simplemente no lo creeremos.
04/8/07 3:08 AM - 8 comentarios
Es un taxista como cualquier otro de toda urbe norteamericana: de piel morena, pésimo inglés, conduciendo entre las calles que conoce como la palma de su mano pero cuyos nombres apenas puede pronunciar. Nuestro conductor es etiope, pero de inmediato identifica en sus pasajeros mexicanos a compatriotas cercanos por el simple hecho de que ambos somos ajenos al primer mundo.
Es un taxista filósofo. Para confirmar nuestra pertenencia a la ciudadanía universal de los desposeídos suelta una pregunta inicial ¿Qué encuentran distinto entre México y Estados Unidos? Lo primero que se nos ocurre contestar es que en nuestro país la gente todavía no corre enajenada de un sitio a otro, atiborrándose en el camino de comida rápida, angustiada por la búsqueda de algo que nunca parece encontrar. Por la sonrisa amplia que cruza el rostro del chofer, nos damos cuenta que nuestra respuesta pasa la prueba. “Exacto”, dijo. “No entiendo a los ricos. Poseen cosas y placeres que en Etiopía nunca soñaríamos tener, pero no parecen ser felices”, afirmó. “En mi familia muchas veces sólo podíamos comer una sola vez al día, pero recuerdo que siempre estábamos riéndonos y que bailábamos mucho”. Luego de una pausa, añadió caviloso “Aquí no bailan”. Como si fuese una revelación científica, un criterio categórico del estado de infelicidad del ser humano. Descendimos del auto fascinados por nuestro sagaz conductor, aunque también divertidos por lo que interpretamos como una muestra folclórica de la mejor jungla neoyorkina.
En los siguientes días aprendí que las reflexiones del taxista etiope eran mucho más consistentes y “científicas” de lo que podría juzgarse a primera vista. Una semana antes había hojeado un ejemplar de la revista Mother Jones del mes de abril con un artículo de Bill McKibben, luego me encontré su libro: Deep Economy. The wealth of communities and the durable future (todavía no publicado al español, la traducción literal del título sería: Economía profunda. La riqueza de las comunidades y el futuro duradero. El artículo puede consultarse en http://www.motherjones.com/toc/2007/03/index.html)
Las revelaciones de McKibben constituyen una demostración notable de la tesis de nuestro taxista. El autor analiza diversas investigaciones que revelan el estado de infelicidad creciente del habitante del primer mundo, tanto en términos individuales como colectivos.
Desde luego que los seres humanos son desgraciados si no pueden satisfacer sus necesidades básicas. Pero una vez cubiertos los requerimientos de alimentación, cobijo, vestido y educación, todos los indicadores muestran que la felicidad tiene que ver con factores distintos al ingreso de un país o de una familia. En otras palabras, los miembros de una familia de clase media tienen igual o más posibilidades de ser felices que los de un hogar adinerado.
A partir de 1972 el Centro de Investigación de Opinión de Estados Unidos ha preguntado a los ciudadanos sobre sus niveles de satisfacción y felicidad en la vida. Las respuestas optimistas han decrecido sustancialmente, a pesar de que el ingreso per cápita y el consumo se han multiplicado varias veces. Y no se trata de una medida del todo subjetiva. La respuesta es cruzada con indicadores tales como niveles de estrés, conflictos en los que se ven envueltos en el trabajo o en la familia, disposición para ayudar o ser ayudado por otros, temores vigentes, etc. La declinación de la felicidad en el terreno individual, coincide con otros indicadores relativos a la sociedad en su conjunto: niveles de endeudamiento de las familias, suicidios, violencia, dependencia de drogas y otros sustitutos. Un reporte en el 2000 mostró que el nivel de ansiedad de un niño promedio era más alto que el de los niños que se encontraban en terapia siquiátrica en los años cincuenta en Estados Unidos. Con similares indicadores, el autor muestra que lo mismo está pasando en Japón, Inglaterra y países similares.
Estudio tras estudio muestra que la felicidad está mucho más relacionada con la posición de cada persona en relación a sus redes sociales, que al número de satisfactores de los que se rodea. Pero el hombre moderno camina justamente en la dirección opuesta. Estamos dejando atrás miles de años de “comunidad humana” para profundizar nuestro individualismo. Año con año los ciudadanos modernos pasan cada vez menos tiempo con sus amigos y familiares, y cada vez más con sus trabajos y sus aficiones individuales. La comunicación inmediata ha aumentado (con celulares y correo electrónicos), pero la calidad de la conversación ha disminuido. Una investigación de psicología social mostró, por ejemplo, una elevada correlación entre el grado de felicidad declarado por las personas y el número de confidentes íntimos con los que acostumbraban conversar sus problemas. Las casas norteamericanas son crecientemente amplias y dotadas de facilidades para “miembros de una familia que quiere saber lo menos posible uno del otro”).
Otro autor, Benjamín R. Barber, ha identificado las tendencias de la sociedad moderna como una especie de regresión infantil a la inmadurez (en su libro Consumed. How markets corrupt children, infantilize adults, and swallow citizens whole). Priorizamos, dice Barber, las imágenes en detrimento de las ideas, el placer y no la felicidad, lo privado y no lo público, el egoísmo contra el altruismo, la gratificación instantánea en lugar de la satisfacción duradera, el placer sexual y no el amor erótico, el dogmatismo contra la duda.
Por donde se le mire, afirma McKibben, toda investigación confirma que la gente que tiene amigos, se relaciona de manera íntima con su familia y participa en grupos sociales es más feliz. Lo cual no deja de sorprender, porque las ataduras sociales disminuyen la libertad individual que se supone es el “bien máximo”. Después de todo ser un buen amigo impone algunos sacrificios.
Nunca pregunté el nombre de nuestro taxista etiope. Pero estoy seguro que es más feliz que la mayoría de los adinerados pasajeros que conduce en Manhattan. La mayoría de ellos no bailan.
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