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La Prensa en México o la víctima soberbia
Artículo publicado en Cuadernos de Periodistas Revista española de la Asociación de Prensa de Madrid. Núm. 2, enero 2005.
Jorge Zepeda Patterson
México es un país sin lectores, pero posee diarios de enorme influencia en la vida nacional. El periodismo, como muchas otras cosas en México, está en franca contradicción con los números. Pese a que se trata de una de las urbes más grandes del mundo, con casi 20 millones de habitantes, la tirada de todos los diarios de la Ciudad de México no llega a 700 mil ejemplares. Paradójicamente, la importancia de la prensa es inmensa en la vida pública. Las razones no se encuentran en el realismo mágico, por desgracia, pero sí en la más cruda de las realidades.
Primero, la desigualdad de la sociedad mexicana. Puede ser que los diarios lleguen apenas a un 8% de los hogares en las grandes ciudades. Pero justamente en ellos reside la élite empresarial, política, intelectual que toma las decisiones.
Segundo, en ningún país como en México enraizó el modelo francés del intelectual de gran influencia en las esferas políticas. El prestigio del intelectual es algo que siempre intimidó al poder, incluso a dictadores semi letrados como Porfirio Díaz (mandatario de 1877 a 1910) quien intentaba salirse por los espejos de Palacio, pero se afanaba en leer en francés. Alfonso Reyes hace un siglo, Octavio Paz o Carlos Fuentes hace algunas décadas, y Enrique Krauze o Carlos Monsiváis actualmente, han influido en los centros de decisión política, a través de sus colaboraciones en la prensa tanto o más en que en sus propios libros.
Y tercera, y la más importante: los mayores recursos periodísticos siguen siendo las Salas de Redacción de los diarios, no los noticieros de radio o de televisión. Los periódicos son los principales generadores de noticias en el país. Las plantillas de reporteros y corresponsales de El Universal o de Reforma superan a los medios electrónicos y sus agendas de investigación suelen ir por delante de la competencia no escrita. Más aún, el contenido de los noticieros de radio y televisión procede en gran medida de las páginas de los diarios matutinos. Todos estos factores contribuyen a generar ese peculiar fenómeno de una prensa tan poderosa en un país sin lectores. Pero no bastan para explicarlo.
Los usos de la prensa
Mucho antes de ser Cuarto Poder, la prensa en México fue una extensión del Primer Poder. Durante muchas décadas los periodistas han constituido en México una subclase de la clase política. Desde luego, la politización de la prensa no solo existe en México; pero aquí adquirió, como el tequila, denominación de origen. La prensa no sólo se hacía para el consumo de la élite gobernante, además era esencialmente el vehículo que esta usaba para comunicarse consigo misma. A través de las columnas diarias y los editoriales la clase política intercambiaba amenazas veladas, opiniones y anticipos de decretos. Todavía en los noventas prevalecía la antigua tradición del “columnista” sexenal; todo presidente al llegar al poder adoptaba a un editorialista, y lo utilizaba para anticipar proyectos, proponer cambios, lanzar rumores. Ahora bien, este recurso no era privativo de los presidentes. Los principales actores políticos (ministros poderosos, gobernadores, líderes de partidos e incluso instituciones claves como la Iglesia, los militares o las cámaras empresariales) solían buscar un periodista o una columna que les permitiera participar en este juego de luces y sombras. En un país en que el poder no estaba definido por el voto del electorado, sino por la voluntad de los actores políticos, la decodificación y la exégesis de sus proyectos e intenciones se convertía en el verdadero arte al que se dedicaban los periodistas. Pero luego llegó la democracia y todo este orden se desmoronó de la noche a la mañana.
Una Transición atropellada
Resulta imposible establecer el grado en que la prensa fue el factor detonante para precipitar la caída del viejo régimen. Lo que sí es cierto es que la deuda se pagó rápidamente: el sismo que los periodistas ayudaron a construir regresó a la prensa en la forma de un Tsunami que barrió todos los patrones que sustentaban la manera de hacer periodismo en México. Esta revolución puede percibirse cabalmente en la trayectoria de las empresas periodísticas que dominan el panorama.
En estricto sentido sólo hay tres periódicos en la capital, el resto es coro de acompañamiento. El Universal, Reforma y La Jornada no sólo son los de mayor circulación y los de influencia decisiva en la agenda pública. Son también los únicos que viven de los ingresos generados por su circulación y su facturación de publicidad.
Los protagonistas
El Universal y Reforma son los dos grandes diarios del país. El primero circula más, con una tirada de 130 mil de lunes a sábado, 180 mil el domingo; pero Reforma (entre 80 y 120 mil ejemplares) ha conquistado los lectores más pudientes. La rivalidad de ambos es proverbial. Sus dos plantas editoriales, de casi 300 personas incluyendo corresponsales, disputan palmo a palmo las grandes primicias, los reportajes de investigación y las principales plumas del país. Ambos también se reparten, casi por partes igual, el grueso de la facturación de publicidad en prensa (dos tercios del total).
A la usanza norteamericana, los dos son de formato extenso y sus ediciones suelen rondar las 200 páginas diarias, con profusión de secciones y suplementos. Aunque en materia de articulistas ambos han optado por la pluralidad, Reforma sigue una línea editorial más cercana a la centroderecha y a la iniciativa privada. En sus páginas se cuestiona a Fidel Castro, a Hugo Chávez y a Andrés Manuel López Obrador (el izquierdista alcalde de la capital y principal conteniente a las elecciones presidenciales del 2006).
Por su parte, El Universal se asume como un periódico de centro, más cercano a la clase política y aunque crítico de los excesos de los poderes públicos, tiende a ser más contemporizador de las instituciones, no importando el partido político del que se trate. Gracias a su predominio sobre el aviso de clasificados, El Universal tiene presencia en un amplio espectro de la población.
La historia de ambos diarios no podría ser más distinta. Su trayectoria resume en buena medida la historia del periodismo reciente en México y sus impresionantes cambios.
El Universal es la única de las grandes compañías periodísticas del pasado que supo adaptarse a la desaparición del antiguo régimen. Durante años, los periódicos vivieron domesticados y controlados por una estrategia muy eficaz. El Estado ejercía el monopolio del papel periódico, controlaba los sindicatos o cooperativas del personal de talleres, y en muchas plazas regenteaba los sindicatos de voceadores responsables de la circulación. Ejercer una línea independiente o crítica resultaba poco menos que imposible. Con todo, aquí y allá siempre hubo breves muestras de valentía, frente a los excesos del poder, pero nunca fueron toleradas de manera sistemática. Frente a las amenazas de cierre o la incosteabilidad de un periódico desafecto del gobierno, los propietarios se convirtieron en los mayores censores de sus propios medios.
Incluso bajo estas circunstancias, algunos diarios se hicieron célebres. Excélsior por su cobertura internacional y su sección cultural; Novedades por sus deportes; El Heraldo por sus notas de crónica social; El Universal por el aviso de clasificados, El Sol de México por su extensa cadena de diarios regionales.
De todos ellos sólo sobrevivió El Universal (algunos siguen formalmente vivos, pero sin lectores). Juan Francisco Ealy se hizo del control del diario a mediados de los setenta (por vía familiar) y pronto entendió que el viejo orden se estaba desmoronando. Invitó a sus páginas a prestigiosos disidentes comunistas recién ex carcelados y a los políticos de derecha que estaban triunfando, todo ello sin despedir a las firmas oficialistas del viejo corte. A lo largo de los años ochentas y noventas, El Universal experimentó una larguísima pero constante transformación, que le llevó a convertirse en un periódico moderno e independiente.
El caso de Reforma es distinto. Alejandro Junco es un hombre que bien podría pasar por vendedor de biblias de puerta en puerta. En cierto modo lo es. No sólo por su riguroso atuendo negro y la piocha forzada en su rostro lampiño. También por la jaculatoria mesiánica con que impregna su cruzada editorial. Aunque apenas cuenta con 55 años de edad, a él debe atribuirse la construcción de un verdadero imperio periodístico, a partir de El Norte de Monterrey, fundado por su abuelo. En los años setenta logró quedarse con el diario que estaba en manos de su padre (una dramática historia familiar digna del programa Dallas) e inició una modernización radical, tomando como modelo los grandes diarios del sur de Estados Unidos, particularmente los de Texas. Tan importante como el aporte editorial (periodismo de investigación, códigos de ética, diseño gráfico moderno) resultó la aplicación, por vez primera, de una filosofía de negocios moderna y ambiciosa. Cuando llegó el cambio, y el mercado desplazó al gobierno como factotum del éxito y la rentabilidad, nadie estaba mejor preparado que Junco. El hecho mismo de tratarse de un periódico lejano de la capital, favoreció una mayor permisividad de parte de la ensimismada clase política nacional. En 1993, juzgando que la apertura favorecía un proyecto nacional, Junco abrió Reforma en la Ciudad de México con una infraestructura espectacular, un plan de negocios de largo plazo y una serie de guiños a socios comerciales norteamericanos a manera de escudo de protección. En los siguientes años el periodismo moderno de Reforma aceleró el proceso de cambio de El Universal y ayudó a sepultar los viejos periódicos vinculados al antiguo régimen. En poco tiempo los dos diarios constituían con mucho los preferidos por los lectores ávidos de información profesional, excepto por una folclórica salvedad: La Jornada.
La Jornada nació hace 20 años, de los residuos de dos proyectos heroicos cancelados por la censura oficial: Excélsior y Unomásuno. Lejos de disminuir su combatividad, los sucesivos golpes habían radicalizado a reporteros y editores. La Jornada (1984) un tabloide de inspiración europea, se convirtió en el diario de los intelectuales y de los universitarios. En sus páginas se han ventilado muchos problemas sociales, el feminismo, la ecología, la desigualdad. Cuando el Subcomandante Marcos tomó la plaza de San Cristóbal en Chiapas el 31 de diciembre de 1993 el diario alcanzó la cresta de la ola. Por desgracia, el profesionalismo de La Jornada ha estado con frecuencia por debajo de su compromiso social. Muchos de los intelectuales fundadores tuvieron que salir por diferencias con la dirección atribuibles a discrepancias ideológicas. La cobertura periodística no siempre ha tenido el rigor deseable por razones partisanas. La contratación y ascensos dentro de la sala de Redacción han seguido criterios de filiación política antes que merecimientos profesionales. En los últimos años el diario ha perdido lectores, aunque conserva un tercer lugar con una tirada que ronda los 50 mil ejemplares. Por debajo de La Jornada, el viejo Excélsior aun da boqueadas con poco menos de 20 mil ejemplares y Milenio, un tabloide con cinco años de vida, estabilizó su crecimiento en una cifra similar.
La prensa de provincia es mucho más importante que estos terceros lugares. La transformación del periodismo en México ha sido en buena medida el resultado de los jaloneos de una media docena de grandes diarios del interior. El de Siglo 21, es un caso emblemático. Fundado en Guadalajara en 1991 a imagen y semejanza de El País de Madrid, el diario se convirtió en un éxito repentino y en un punto de referencia por sus coberturas profesionales, la investigación periodística, la novedad de sus suplementos y un estilo de redacción elegante y desenfadado. Adquirió premios, fama y fortuna y desapareció ocho años después, tan repentinamente como había llegado, por las torpezas empresariales de su dueño. El caso de El Imparcial de Hermosillo y el AM en León, siguiendo el modelo norteamericano de El Norte, se convirtieron en empresas muy sólidas con un periodismo moderno y profesional. Mención aparte merece El Diario de Yucatán, un periódico conservador y de gran calidad, que constituye un fenómeno de circulación y prestigio en la lejana Mérida.
Los retos
El triunfo de Vicente Fox en el verano del 2000, que pone fin a 75 años de gobiernos priistas, demostró que la conquista o preservación del poder ya nunca más residiría en la propia clase política sino en el electorado, es decir, en la opinión pública. No fueron los únicos que llegaron a esta conclusión. Los periodistas, los editores y los dueños de los medios de comunicación se dieron cuenta que, en cierta manera, se habían hecho más poderosos que los poderosos. Súbitamente los políticos dependían de los medios de comunicación para construir una imagen pública, para preservar sus carreras,
Desde luego este proceso no se dio en un día. Pero lo que en otros países tomó varias décadas, en México sucedió en el lapso de una generación de profesionales. Y el resultado dista de ser satisfactorio.
La emergencia de un mercado político, con tres grandes partidos compitiendo entre sí, generó una vida pública hiperventilada. Para los partidos políticos ha sido más fácil hacer campañas electorales por la vía expedita de destruir la reputación de los rivales que por el esforzado camino de construir proyectos de futuro. Un día es un video con imágenes de una extorsión; otro es la publicación del expediente sobre la riqueza de una amante de gobernador. Por desgracia no se trata de un ajuste de cuentas con los responsables de los grandes desfalcos del pasado o los causantes de los males crónicos que aquejan al país. Es más bien el fusilamiento del que va pasando, del candidato que estorba a otro político, del eslabón débil en la cadena alimenticia.
Aunque la opinión pública ha quedado horrorizada, se ha vuelto adicta a estas ejecuciones sumarias. Durante tanto tiempo los contribuyentes fueron víctimas cautivos de la corrupción oficial, que ahora todos asisten fascinados al linchamiento.
En esta masacre purificadora, los periodistas viven en temporada de caza sin ninguna restricción. Los más ingenuos gozan embelezados su repentina gloria. Los más cautos perciben que ninguna cacería es genuina si la presa es colocada enfrente de la mira atada de manos. La investigación periodística se ha convertido en una mera edición de los expedientes filtrados por los enemigos de la víctima sacrificada. Pero no es fácil escapar de ello. Las empresas de comunicación son las más interesadas en alargar el período de ejecuciones públicas porque las denuncias de corrupción elevan las tiradas y ofrecen una imagen aparente de independencia y profesionalismo.
Es tal la fuerza de la prensa ante los políticos, que recientemente fue aprobada una ley de transparencia de la información (que obliga a la burocracia a hacer pública la información solicitada), de la que se eliminó toda mención a mecanismos de sujeción legal de los medios de comunicación frente a asuntos de difamación, privacidad de terceros o derecho de réplica.
Al enorme protagonismo que los periodistas y los medios de comunicación tuvieron en el pasado (a cambio de la sujeción) ahora se suma el disfrute de la autonomía. Lejos de transformarse en una mejor práctica del oficio, el fenómeno se ha traducido en una soberbia que inhibe la autoexigencia, la capacitación profesional y el sentido de responsabilidad.
El trópico
Una vez más, es la prensa de provincias la que ofrece las perspectivas más interesantes. Por un lado, todavía hay bolsones en los que la transición política ha avanzado más lentamente y los periodistas enfrentan la intransigencia de gobernantes poco tolerantes hacia las críticas. Esto ha obligado a un ejercicio más cuidadoso en la investigación de vicios públicos y a una puesta en página más responsable frente al lector. Resulta imposible en este espacio detallar los numerosos casos en los que la prensa local sobrelleva con dignidad los desafíos que enfrenta.
El principal reto en algunas zonas del país reside en el espinoso trato de los asuntos de narcotráfico. A diferencia de los políticos, a los cárteles no les importa la factura política que representa asesinar a un periodista incómodo. En las dos fronteras y a todo lo largo de las costas, el narco constituye un poder autónomo que está por encima de la ley. No hay defensa en contra de un sicario que atenta contra un reportero. Incluso los diarios que han optado por ignorar estos temas terminan involucrados cada vez que cubren asuntos de delincuencia común y crimen organizado, pues resulta que se trata de las mismas bandas policíacas que dan protección al tráfico de drogas. Después de Colombia, México es el país con los números más altos en materia de asesinato de profesionales. En los últimos dos años, las estadísticas han escalado y no se perciben cambios en este historial sangriento.
El periodismo mexicano pasa por una extraña paradoja. Por un lado, la democracia le permite gozar de una aparente período de oro: en la capital enfrenta a una clase política que vive poco menos que aterrorizada por las grabadoras, cámaras y micrófonos de una prensa omnipresente e impune que posee todos los derechos y privilegios típicos del primer mundo, pero sin ninguna de sus responsabilidades. Del otro, en muchas zonas del país, la prensa está acosada por el lado más oscuro del capitalismo tropical: autoridades anacrónicas y hostiles, y barbarie desencadenada por el crimen organizado. En la periferia los periodistas ponen en riesgo sus vidas día a día; en el centro, sólo su conciencia.
Jorge Zepeda Patterson ha sido director y subdirector de diarios en México y Guadalajara; actualmente dirige Día Siete, el dominical de mayor circulación en México.





Sábado, 7 de Octubre, 2006 a las 6:10 pm:
[…] • LEA “LA PRENSA EN MÉXICO” Por su lado Kirchner volvió a abonar con hechos la tesis de que los presidentes no pueden hablar y expresarse como si fueran cualquier ciudadano. La sociedad les cede poder, pero como contrapartida tienen deberes y obligaciones que implican determinados límites: deben actuar con transparencia, están sometidos el escrutinio público, y no pueden decir lo que quieran y menos atacar e insultar a diestra y siniestra y a quien sea. […]
Martes, 26 de Diciembre, 2006 a las 6:23 pm:
SON UN INTERESADO EN EL DESARROLLO DE LA PRENSA EN MEXICO, NO SOLO EN LA ERA CONTEMPORANEA, SINO DESDE LA ADMINISTRACION DE PORFIRIO DIAZ, -LA PRENSA EN MEXICO EN EL GOBIENRO DE PD- ASÍ COMO LAS TAREAS DE SUPERAR LAS TRABAS DE GRUPOS DE PODER, (GOBIERNO, INICIATIVA PRIVADA, NARCOS, ETC) HACEN PARA EVITAR LA PLENA LIBERTAD DE EXPRESION, GRACIAS