7/12 2014

No, mejor que Peña Nieto no renuncie

Esta no va a ser una columna del agrado de los lectores y colegas de izquierda o del 62 por ciento de los mexicanos que reprueban la gestión de Enrique Peña Nieto (y sospecho que son mucho más: las encuestas que miden el rechazo al Presidente fueron realizadas hace semanas y todavía no tenían el efecto “Casa Blanca”). El problema es que a partir del 1 de diciembre se cumplieron dos años de gobierno, lo cual significa que ante la ausencia del ejecutivo por renuncia o fallecimiento la constitución establece que este sea designado por el Congreso de la Unión. Es decir, la decisión no pasa por los ciudadanos ni por las urnas, sino por la partidocracia. Peor aún, el PRI y sus partidos satélite elegirían a uno de los suyos sin necesidad siquiera de que el perfil resulte atractivo a los votantes, como tienen que hacerlo cada seis años.

Se me dirá que la renuncia de un presidente como resultado del repudio de la calle sería un logro histórico; sentaría un precedente y la clase política tendría que enmendarse en el futuro. Asentaría la noción de que el poder reside en última instancia en personas de a pie y no en los políticos engreídos de sí mismos. En la práctica, lo que sucedería es que los políticos nombrarían a un colega, cambiarían un rostro por otro, y la gente seLEER MAS

Publicado en El País
4/12 2014

Un tren sobre vías podridas

Del presidente que sorprendió al país hace dos años con el golpe de mando de un novedoso y unánime Pacto por México, a este jefe de bomberos desbordado por los incendios, media un gran trecho. Peor aún cuando percibimos que las pipas apagafuegos parecen verter gasolina. El problema del gobierno es que su estrategia de largo plazo fracasó y ahora está fallando la táctica para enfrentar las consecuencias de ese fracaso.

La estrategia. Peña Nieto apostó a que sus reformas económicas bastarían para rescatar al país de la parálisis y el atraso. No había necesidad de ocuparse de la inseguridad o de la corrupción, porque la economía sería la locomotora que jalaría el tren y lo sacaría del túnel en el que había quedado estancado. Por lo demás, tampoco es que al PRI le interesara mucho meterse a fondo en el combate a la corrupción, el clientelismo o el tráfico de influencias: son parte sustantiva de un sistema de prácticas que explican su ascenso al poder y su sobrevivencia. Bastaba con hacer crecer la economía y permitir que parte de ese crecimiento irradiara al resto de la población.

La estrategia falló al menos en dos premisas: primero, que la locomotora, las reformas económicas, resultaron demasiado débiles como para que pudieran rescatar cualquier cosa. Nacieron endebles, cargadas de contrapesos, lentas en su aplicación. El segundo año de gobierno el PIB alcanzará con suerteLEER MAS

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30/11 2014

Tiempo de reacción (arios)

El meme que circulaba este viernes lo decía todo: “Tiempo para que Peña reaccionara por la muerte de 43 estudiantes: 12 días; tiempo de reacción por la muerte de Chespirito: 12 minutos”. Y el post incluye el texto presidencial tuiteado: “Lamento profundamente el fallecimiento de Don Roberto Gómez Bolaños, Chespirito. Mis condolencias a su familia”.

No sé si el contraste entre 12 minutos y 12 días refleja con exactitud las prioridades de Peña Nieto, pero me temo que no anda muy errado. Muchas personas se enteraron de la muerte de Chespirito justamente por el mensaje trasmitido por el Presidente instantes después del deceso. En cambio se necesitó que la prensa extranjera machacara una y otra vez sobre la tragedia de Ayotzinapa para que Los Pinos se diera por enterado. Qué le vamos a hacer: uno era estrella de Televisa, los otros pertenecían al 50 %de los mexicanos que no existen para la élite, salvo el día de las elecciones.

Quizá por eso inspira tanta desconfianza el asunto de los 10 puntos presentados por Peña Nieto como el gran instrumento capaz de establecer el Estado de derecho en México y acabar con la violencia, la impunidad y la corrupción. Un anuncio que más parece confeccionado por una oficina de relaciones públicas con el propósito de hacer control de daños, que por un grupo de estrategas verdaderamente preocupados por el tema. Un maquillaje apresuradoLEER MAS

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16/11 2014

Iguala: ¿qué sigue?

La indignación generalizada y las movilizaciones históricas que han surgido para protestar por las muertes de 43 estudiantes pueden ser “un antes y un después”, un punto de inflexión en materia de justicia y políticas de seguridad pública. O no. También podrían quedarse en llamaradas de petate, en desahogos colectivos terapéuticos, tras los cuales la losa de la vida cotidiana acaba imponiendo su despótica regularidad y la tragedia termina devorada por las noticias de la siguiente semana. O quizá no sea ni una cosa ni la otra: no un detonante social que obligue a las autoridades a modificar las cosas, pero tampoco un incidente olvidado en la larga lista de infamias archivadas en la memoria histórica.

Es decir, unna tercera posibilidad es que lo de Iguala constituya una mojonera para ver el pasado; una marca a la que regresemos para tratar de entender lo que sucedió tiempo después. Una especie de 2 de octubre del 68 que no impidió que todos los mexicanos se sumergieran en las olimpiadas, y no obstante es una fecha que hoy vemos como el principio del fin de un sistema político agotado.

¿Cuál será el impacto de Iguala? No hay ecuaciones matemáticas que puedan determinar la trayectoria exacta de un meteorito sociopolítico. Alguien mata a un archiduque en Sarajevo y se desencadena la Primera Guerra Mundial. Pero millones protestan en Hungría frente a los tanques soviéticos yLEER MAS

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12/11 2014

El cuarenta y cuatro

Con todo respeto, a los otros 43, donde se encuentren

Morirse no es como lo pintan. Me gustaría decirles que vi un rayo de luz o que escuché la música de los arcángeles, pero la negrura sólo dejaba ver reflejos de luna sobre las pistolas de los pinches matones y los fogonazos intermitentes cuando apretaban los gatillos. Y de oír, nada. El corazón me tronaba más fuerte que los gritos de mis compas o quizá sería el balazo que me rompió el oído un rato antes cuando tumbaron a José porque no quiso bajarse del camión. El caso es que yo ya nomás oía para adentro. Aunque adentro tampoco había mucha música: traía ya las tripas revueltas y me sacudían arcadas como las que le dan al perro del conserje de la escuela.

Pensé que andaba con suerte. Esa misma mañana Matilde me había mandado a decir que sí. O casi; es hija de los riquillos del pueblo, los Fonseca de la ferretería, y para su papá soy punto menos que el diablo. Ni siquiera me conoce, pero prefiere como yerno a cualquier pelagatos que a un normalista que nunca saldrá de pobre como yo, trabajando de maestro de escuela pública. Pero la Matilde es de buena ley, quedamos de vernos el sábado atrás del camposanto para platicarnos. Si agarro el camión de las siete, para el mediodía estoy llegando a Tarinco.LEER MAS